Petrikov
Poeta recién llegado
En Occidente hablan de las kommunalkas
como si hubieran sido una humillación histórica.
En los documentales siempre aparecen tuberías viejas,
pasillos oscuros,
mujeres cocinando sopa
y obreros fumando junto a ventanas llenas de hielo.
Después apagan la televisión
y vuelven a apartamentos compartidos
donde seis personas pagan media vida
por una habitación que apenas cabe una cama.
La diferencia es que allí
nadie conoce al vecino.
En las kommunalkas se escuchaban discusiones, claro.
Niños llorando.
Radios encendidas demasiado temprano.
Puertas golpeando a medianoche.
Pero también se compartía el pan.
Una anciana cuidaba al hijo de otra familia.
Alguien dejaba té caliente sobre la mesa común.
Un hombre arreglaba la tubería del pasillo
sin pedir dinero a nadie.
Había ruido.
Había cansancio.
Había frío.
Pero la gente todavía entendía
que sobrevivir era una tarea colectiva.
Ahora el silencio es total.
Cada uno cena mirando una pantalla.
Nadie pregunta cómo estás.
Nadie sabe quién duerme detrás de la pared.
Y aun así llaman libertad
a trabajar diez horas
para pagar un colchón junto a desconocidos.
A veces pienso
que Occidente no venció a las kommunalkas.
Solo les quitó la solidaridad
y les puso precio.
como si hubieran sido una humillación histórica.
En los documentales siempre aparecen tuberías viejas,
pasillos oscuros,
mujeres cocinando sopa
y obreros fumando junto a ventanas llenas de hielo.
Después apagan la televisión
y vuelven a apartamentos compartidos
donde seis personas pagan media vida
por una habitación que apenas cabe una cama.
La diferencia es que allí
nadie conoce al vecino.
En las kommunalkas se escuchaban discusiones, claro.
Niños llorando.
Radios encendidas demasiado temprano.
Puertas golpeando a medianoche.
Pero también se compartía el pan.
Una anciana cuidaba al hijo de otra familia.
Alguien dejaba té caliente sobre la mesa común.
Un hombre arreglaba la tubería del pasillo
sin pedir dinero a nadie.
Había ruido.
Había cansancio.
Había frío.
Pero la gente todavía entendía
que sobrevivir era una tarea colectiva.
Ahora el silencio es total.
Cada uno cena mirando una pantalla.
Nadie pregunta cómo estás.
Nadie sabe quién duerme detrás de la pared.
Y aun así llaman libertad
a trabajar diez horas
para pagar un colchón junto a desconocidos.
A veces pienso
que Occidente no venció a las kommunalkas.
Solo les quitó la solidaridad
y les puso precio.
me gusto