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Ellos votan

Discussion in 'Fantásticos, C. Ficción, terror, aventura, intriga' started by Kein Williams, Jan 29, 2026 at 11:57 PM. Replies: 0 | Views: 9

  1. Kein Williams

    Kein Williams Poeta fiel al portal

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    Mi nombre es Jack Rourke, exmarine, exreportero, ahora vigilante del cementerio de Evergreen, Virginia.
    La paga es muy mala, pero al menos los clientes no se quejan.

    La tarde del 5 de noviembre llovía como si el cielo quisiera borrar el país. Las nubes grises hacían parecer que ya era de noche. Había una oscuridad extraña y un ambiente denso. Yo estaba en la caseta viendo noticias de las presidenciales en el móvil.

    El candidato independiente, Robert H. Vale —predicador de voz como miel envenenada y ojos que parecían dos hoyos recién cavados—, iba barriendo estado tras estado. Algo increíble. Las encuestas lo daban en cuarto lugar.

    Salí a caminar por el cementerio y fue extraño ver a tantas personas de pie al lado de las tumbas. Al principio me parecía atípico. Pero luego me di cuenta: las tumbas estaban abiertas. Y entonces los vi. A todos. Corrí como si el mismísimo infierno me pisara los talones. Me encerré en la caseta con el corazón golpeándome las costillas como un martillo. Intenté respirar, pero el miedo era una bala de cañón dentro del pecho. Marqué el 911 con dedos temblorosos; nada. Ni una barra. Solo el zumbido muerto de la estática, como si el mundo entero se hubiera desconectado. Los miré desde la ventana. Todos estaban de pie, como esperándose los unos a los otros.

    Eran las 3:17 cuando iniciaron su marcha. Oí los pasos. Cientos de ellos. Sobre la grava mojada. Me armé de valor y salí con la linterna en mano para protegerme, por si acaso. Estaban en procesión. No noté signos de hostilidad en ellos. Parecían extrañamente normales; no como zombis de película. Perfectamente vestidos; con trajes negros impecables, vestidos de los años cincuenta, uniformes de la Guerra Civil. Caminaban derechos, sin ninguna rigidez. Solo tenían una cosa rara: los ojos apagados, como monedas oxidadas.

    Los vi y reconocí a muchos. Estaban enterrados aquí. Pasaron a mi lado, y solo me ignoraron. Formaron fila india y salieron por la verja abierta hacia el colegio electoral que estaba a dos kilómetros. Intenté detener a uno. El señor Hargrove, muerto en 1998. Le puse la mano en el hombro. Estaba frío como el mármol, e igual de firme.

    —¿A dónde va, señor Hargrove? Vuelva a su tumba, por favor.

    —Disculpe, señor Rourke —dijo con la misma voz ronca que tenía en vida—. Tengo que votar. Es mi derecho.

    Y siguió caminando.

    Luego intenté parar a la señora Miller, muerta en 2014 por sobredosis de Fox News.

    —Señora Miller, vuelva a su tumba, por favor.

    —Ni hablar, Jack —dijo con la misma voz que usaba para quejarse del precio de la gasolina—. Hoy voto por la tradición.

    Corrí al colegio electoral.

    Llegué empapado a las 3:31. Allí la fila era interminable. Las máquinas del condado en el colegio electoral actuaban irregularmente esa tarde, escaneando cualquier cosa. Nadie preguntaba el por qué. Miles de muertos perfectamente ordenados, mostrando DNI antiguos que las máquinas aceptaban sin chistar, como si estuvieran hechas para eso. Los inspectores, escrutadores y partidarios —pálidos como fantasmas, reconociendo abuelos y tíos en la fila—titubeaban con manos temblorosas. Uno murmuró:

    —Es mi padre… ¿lo dejo pasar?

    La chica de la cafetería, con ojos vidriosos ya, susurró:

    —No los detengas. Ya ganaron. Si los detenemos… ¡quién sabe lo que nos podría suceder!

    El miedo familiar los silenció; las máquinas zumbaban, aceptando DNI centenarios como si siempre hubieran votado en las últimas elecciones. Como si los hubieran renovado ayer.

    A las 5:00 cerraron las urnas del condado. Los resultados nacionales —escrutados a velocidad récord en todos los estados—, cayeron a las 9:12.

    Vale: 412 electores. […]

    Los muertos no se movieron de inmediato. Permanecieron en vigilia frente al Capitolio en pantallas improvisadas, celebrando en silencio su victoria. Chasquidos de gorras rojas. Sonrisas idénticas.

    —Hijo, los votos están a salvo —me dijo Hargrove al volver a las 11:11, hora en que los portales se abren—. Gracias por cuidar de nosotros todos estos años, hijo —dijo—. Ahora, a descansar… hasta la próxima.

    El día de su asunción, Vale dio su discurso de victoria desde el Capitolio. Tenía la sonrisa de quien ya ha leído el final del libro y sabe que gana. Predicaba con la calma de quien no necesita convencer: los muertos ya lo habían elegido hace tiempo. Y sabía que lo volverían a hacer. Llevaba un alfiler de solapa con forma de reloj de arena vacío; decía que el tiempo de los vivos se había acabado. Su voz era un trueno suave que hacía vibrar los vasos de agua en los hogares y los huesos en las tumbas. Detrás de él, había una grada llena de muertos sonrientes, perfectamente acicalados. Todos con una gorra roja con la sigla «Make America Grave Again».

    Allí presentó las primeras medidas del nuevo gobierno (aprobadas por unanimidad en minutos):

    a) Nueva edad mínima para ejercer el sufragio: ochenta años cumplidos… o no cumplidos nunca más.
    b) Eliminación del impuesto de sucesiones: «Los muertos ya pagaron bastante».
    c) Servicio militar obligatorio… para los vivos.
    d) Día festivo nacional: el Día de los Difuntos Votantes (antes conocido como Halloween).
    e) Prohibición de cremaciones: «El cuerpo debe estar listo para el deber cívico».

    Cada cuatro años la historia se repite. La participación es del 100 %. Siempre gana el Partido Necrocrático. Siempre con el mismo lema: «Un muerto, un voto».

    Y es que los muertos nunca cambian de opinión. Y la gente nunca deja de morir. Si alguien protesta, esa noche aparece una nota en su dormitorio con su nombre escrito en letra tipo carta con la siguiente inscripción:

    «Gracias por participar. Agradecemos tu afiliación al Partido Necrocrático.
    Ya contamos con tu voto…
    …El próximo primer domingo de noviembre en elecciones tienes cita. No llegues tarde. Porque cuando los muertos votan, la democracia ya no es de los vivos».

    Y créeme… tu nombre estará en la lista. Te lo prometo. Lo sé porque yo mismo acabé afiliado. Y te escribo desde dentro de mi féretro.

    Tuyo en la muerte,
    Jack Rourke

    Cementerio Evergreen, tumba 412
    Con la inscripción en la lápida:

    Vigilaba muertos… ahora voto con ellos.
     
    #1
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