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Noon

Discussion in 'Fantásticos, C. Ficción, terror, aventura, intriga' started by harman, Jan 26, 2026 at 3:04 PM. Replies: 1 | Views: 24

  1. harman

    harman Poeta fiel al portal

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    Noon

    —¡Estamos en peligro, Mallory! ¡Olvide esa represa!
    —Váyase, Sanger. Haga una película sobre otra persona.
    —¡No! Es hora de construir un arca, doctor…

    J. G. Ballard



    Una apacible noche de verano aguardaba la llegada de los invitados al antiguo y suntuoso caserón, uno de los tantos que salpican la pintoresca región de Occitania. Las luces decorativas ya brillaban con una calidez medida, y el personal de recepción ocupaba diligente cada uno de sus puestos. Era solo cuestión de minutos antes de que los lujosos automóviles comenzaran a serpentear entre los muros de piedra.

    No muy lejos de allí vivía Nadine Leclerc, una mujer de veinticinco años que poco o nada sabía de lujos. De no ser por Aldis, —su amigo, o esa especie de novio cuya definición aún se les escapaba—no sabría distinguir un buen champán de uno mediocre, y mucho menos el Foie Gras del Paté en Croûte. Tampoco podría diferenciar a un parisino de un provenzal. Originaria del áfrica subsahariana, aún le quedaba mucho por explorar de la cultura francesa. Cuando alguien interpelaba su escaso conocimiento del país, evitaba las explicaciones extensas y respondía siempre, con humildad y gracia, que el rasgo más francés que poseía era su apellido.

    Esa tarde, Nadine aguardaba junto a la ventana de su pequeño apartamento mientras el cielo se oscurecía con una lentitud que siempre le había parecido fascinante. Eligió un vestido sencillo y tomó su bolso con la sensación ambigua de no saber si se dirigía a una cita o a uno más de esos encuentros sin nombre que compartía con Aldis.

    El timbre sonó a la hora exacta. Aldis estaba allí, impecable como siempre, aunque su sonrisa tardó un segundo de más en aparecer. Entró sin quitarse el abrigo y, tras una breve excusa sobre una jornada larga, le preguntó si estaba lista. Nadine asintió, pero no dejó de notar un leve cambio en su actitud, algo que no supo definir.

    Tomó su bolso y salió por la puerta; no había dado diez pasos cuando regresó al interior: había olvidado el broche para sujetar el cabello. Subió a su habitación, en el primer piso, y al tomarlo se detuvo junto a la ventana que daba al frente de la casa. Desde allí vio a Aldis, hablando por teléfono móvil, con una expresión grave y concentrada, una seriedad desconocida para ella hasta ese momento.

    Un instante después, Aldis guardó el teléfono y levantó la vista, como si presintiera algo. Nadine se apartó de la ventana y bajó de inmediato. No dijo nada cuando salió nuevamente al exterior, pero algo se había desplazado dentro de ella, una intuición silenciosa que la acompañaría durante toda la noche.

    El camino hacia el caserón transcurrió en un silencio denso. Al llegar, los automóviles de lujo destacaban en la noche, iluminados por luces decorativas que también realzaban la imponencia del lugar. En el interior, el murmullo de los invitados, el tintinear de las copas y la música suave componían una escena tan refinada como enigmática.

    Mientras avanzaban por el salón principal, un hombre de traje claro se acercó a Aldis. No intercambiaron palabras; apenas un asentimiento discreto. El hombre deslizó algo en el bolsillo interior de Aldis con la naturalidad de quien devuelve un objeto olvidado. Nadine lo vio.

    —Quédate cerca de mí esta noche —murmuró Aldis, sin mirarla—. Por si acaso.

    Nadine no hizo ninguna pregunta; por primera vez, la idea de que su presencia allí no fuera casual comenzó a instalarse en su mente.

    Aldis había sido elegido con cuidado. No por su elegancia ni por su puntualidad —aunque ambas resultaban útiles—, sino por su capacidad para volverse imprescindible sin hacerse notar. Aprendió rápido los silencios de Nadine, sus risas breves, sus inseguridades disfrazadas de humor. Supo cuándo escuchar y cuándo hablar de más, cuándo ofrecer ayuda y cuándo retirarse.

    Aquella tarde, mientras hablaba por teléfono frente a la casa de Nadine, Aldis no discutía asuntos triviales. Su tono grave no era producto del cansancio, sino del peso de una orden que no admitía desvíos. Al otro lado de la línea, una voz masculina hablaba con autoridad seca, acostumbrada a no ser cuestionada. No mencionó nombres; no hizo falta. Ambos sabían de quién se trataba.

    —Esta noche —dijo la voz—. No puede haber errores.

    Aldis cerró los ojos un instante antes de responder. No era miedo lo que sentía, sino una incomodidad antigua, enterrada bajo años de obediencia.

    —Está hecho.

    Guardó el teléfono justo cuando percibió un movimiento en la ventana del primer piso. Por un segundo creyó que Nadine lo observaba. Alzó la vista, pero ya no había nadie allí.

    Dentro del caserón, el lujo y la música cumplían su función: distraer, anestesiar, ocultar. Los invitados reían, ajenos a que aquella velada no era más que el escenario elegido para un tránsito silencioso.

    El hombre de traje claro se acercó a Aldis en el salón principal. El sobre marfil cambió de manos sin ceremonia. En su interior no había dinero ni documentos, sino una confirmación: rutas, horarios, permisos ya concedidos en nombre de un poder que no figuraba en ningún registro oficial.

    —Quédate cerca de mí esta noche —le dijo Aldis a Nadine.

    Ella asintió, sin saber que ese gesto sellaba algo más que una simple precaución. El destino que la aguardaba no era una madrugada francesa ni el regreso a su apartamento, sino un viaje forzado hacia una tierra que creía haber dejado atrás… una nación gobernada por un hombre que compartía su sangre y desconocía su rostro de mujer adulta.

    Harare, el dictador —su padre—, había dispuesto todos sus recursos y empeño para localizar a su hija en el vasto mundo. Una vez confirmado que la persona que buscaba se hacía llamar Nadine Leclerc, puso en marcha el puntilloso y malévolo plan que la devolvería a su país de origen, al seno de la familia que había dejado atrás.

    Nadine —cuyo verdadero nombre era Noon— cambió por completo de actitud y de semblante al oír las palabras de su padre. Aquella voz, y el idioma que creía olvidados, se apoderaron de su ser con una violencia silenciosa, despertando algo antiguo, casi primitivo. De pronto tuvo la extraña sensación de no haber estado nunca en un país llamado Francia, de no haber sido jamás Nadine Leclerc.

    —Bienvenida, hija. ¿Te acuerdas del doctor Mallory?

    Aguardaban, expectantes, su gente y los frondosos bosques de tamarindos; las ciénagas de papiros y los ríos espesos de vida que, largos y pacientes, serpenteaban entre la vegetación indómita. La esperaba también un caserón no muy antiguo, de grandes dimensiones y abundantes comodidades; platos generosos de la carne más tierna de cocodrilo, junto a frutos y especias tan variados como exquisitos. Le aguardaba un marido.

    Esa misma noche, Noon estaba junto al lago, observando cómo el cielo se oscurecía con una rapidez que siempre le había parecido fascinante.


    FIN

    Harman. Adrián Gogol
     
    #1
    Last edited: Jan 26, 2026 at 3:07 PM
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  2. Alde

    Alde Miembro del Jurado/Amante apasionado Staff Member Miembro del JURADO DE LA MUSA

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    Una historia con una trama compleja.
    Gran lección de reivindicar su identidad verdadera y confrontar su destino.

    Saludos
     
    #2

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