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El Chasqui

Tema en 'Fantásticos, C. Ficción, terror, aventura, intriga' comenzado por Kein Williams, 9 de Febrero de 2026 a las 11:01 AM. Respuestas: 0 | Visitas: 25

  1. Kein Williams

    Kein Williams Poeta fiel al portal

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    Hombre
    Inti Raymi se acercaba al final cuando Qhapaq Ñan, el gran camino del Inca, me vio partir de Quito con el quipu urgente atado al pecho. Mi nombre era Mallku, hijo de Curaca de Cayambe, y llevaba la orden de avisar al Sapa Inca en Cusco que los rumores del norte eran ciertos: hombres barbados llegaban por el mar.

    Corrí un día sin descanso, por el altiplano helado, entre las pirámides de Cochasquí y los volcanes dormidos de Yanacocha y Jamancocha. En el tercer día, cuando la luna se alzó roja sobre el Imbabura, sentí que algo me seguía.

    No eran pasos. Era la ausencia de pasos. El viento dejaba de soplar cuando yo me detenía. El silencio me pisaba los talones. Decidí tomar descanso.

    Al amanecer del cuarto día, cerca del lago Imbakucha, oí el llanto. Un bebé lloraba en medio del camino, envuelto en una lliclla de colores vivos. Me acerqué, porque ningún padre abandona a su hijo en el Qhapaq Ñan. Cuando lo levanté, la manta se volvió pesada como piedra. El bebé creció en mis brazos, sus piernas se alargaron, su rostro se arrugó hasta convertirse en el de un anciano con ojos negros sin fondo.

    —Apallimay… —susurré.

    El ser sonrió, mostrando colmillos de puma.

    —Mallku, chasqui del Inca —dijo con voz de niño y de viejo a la vez—. Te he esperado.

    Intenté soltarlo. Pesaba como si cargara una montaña. Sentí cómo mi vida se escapaba por los brazos.

    —¿Por qué no me matas ya? —jadeé.
    —Porque debes ver —respondió, y su aliento olía a tierra recién abierta—. Debes llevar la noticia. Los que vienen traen una cruz de madera y hierro. Esa cruz quema mi nombre. Ya no podré engañar a nadie más. ¡Corre, Mallku! Corre antes de que sus campanas me vuelvan polvo.

    Se desvaneció entre mis brazos, dejando solo la lliclla vacía. Seguí corriendo.

    Corrí por cuatro días más, por Sarance, Caranqui y Cayamburo, siguiendo el Qhapaq Ñan. Al llegar a un tambo aproveché para descansar. Allí, el aire olía a grasa quemada y sangre vieja. De pronto, un hombre pálido como la luna me esperaba. Vestía ropas de extranjero pero su rostro era andino, sus ojos dos carbones. Llevaba un cuchillo de plata.

    —Pishtaco —dije, retrocediendo.

    El ser lamió el filo del cuchillo.

    —Te conozco, Mallku. Corriste delante de mí cuando eras niño y tu madre te llevó a la fiesta de Inti Raymi. Te corté un mechón de pelo mientras dormías. Aún lo guardo.

    Di un paso atrás. El Pishtaco sonrió.

    —No te mataré. Yo no. Los que vienen traen espejos que reflejan mi verdadero rostro. Sus villaq umu me llamarán demonio y me atarán con agua bendita. La grasa ya no servirá. Vete. Dile al Inca que el Pishtaco también muere esta vez.

    Diciendo eso desapareció dejando un rastro de grasa que humeaba en la tierra fría.

    Corrí días y noches. El esfuerzo fue sobrehumano. Pero tenía una misión. El corazón me retumbaba como si algo enorme caminara bajo la tierra. Al alba llegué a páramos donde el viento corta como obsidiana.

    Allí estaba Él.

    Supay. El Señor del Uku Pacha.

    Era más alto que un curaca, con largos cuernos retorcidos y rostro andino severo, poblado de dientes afilados; piel oscura como la tierra fértil. Olía a mineral húmedo y vestía un unku negro con placas de cobre. A su alrededor, sombras y llamas danzaban en la penumbra, sin fuego visible.

    —Mallku —dijo, y su voz era el trueno en las montañas—. Hijo mío.

    Caí de rodillas.

    —¿Por qué me persigues, Señor del Uku Pacha?

    Supay se acercó. Sus pasos abrían la tierra.

    —Porque eres el último que me verá tal como soy. Los que vienen traen un Dios clavado en maderos. Ese Dios ha vencido a los míos en otras tierras. Su cruz arde más que el sol. Ya no habrá equilibrio. Solo infierno para unos y cielo para otros. Yo, que fui guardián de las minas y de los muertos, seré llamado Diablo. Mis demonios serán sus demonios.

    —¿Y los incas? —pregunté con la garganta rota.

    Supay sonrió, y sus colmillos brillaban como el cobre.

    —Los incas serán polvo, como yo. Como el Pishtaco. Como el Apallimay. El Tahuantinsuyo caerá antes de que termines de correr. Los hombres de barbas y sus nauacas ya están en Tumbes. Llevan la cruz que nos mata a todos.

    Se inclinó hasta que su aliento quemó mi rostro.

    —Corre, Mallku. Lleva la noticia. Pero recuerda: el miedo que sentiste estos días no era por nosotros.

    Entonces lo entendí.

    Lo que me había perseguido desde Quito no eran los antiguos espíritus.

    Era el futuro.

    Supay se desvaneció en una nube de mineral. Seguí corriendo, descalzo, con los pies sangrando, con el quipu roto en mi pecho. Desvié mi ruta y corrí hasta perder la noción del tiempo. Seguí el Qhapaq Ñan hasta costa tumbesina.

    Llegué a la cima de un pukyu cuando el sol se ponía rojo como sangre. Abajo, en la costa, las vi por primera vez.

    Bestias desconocidas. Nunca las había visto. Les llamaban caballos. Y sobre ellos, hombres con armaduras que brillaban como el sol. Llevaban estandartes con una cruz. Disparaban truenos de metal que derribaban árboles. Quemaban chozas. Los niños corrían como llamas asustadas. Uno de ellos alzó la cruz hacia el cielo. Y en ese instante, desde lo más profundo del Uku Pacha, escuché un alarido que no era humano ni divino.

    Era Supay muriendo.
    Era el Pishtaco quemándose.
    Era el Apallimay deshaciéndose en polvo.
    Era el Tahuantinsuyo acabando.

    Caí de rodillas en la tierra fría y comprendí que el mensaje que llevaba en el quipu ya no importaba. Los espíritus no me habían perseguido para matarme. Me habían dejado vivir para que viera. Para que fuera testigo. Para que fuera el último chasqui que corrió antes de que todo terminara. Y mientras las bestias subían por el Qhapaq Ñan, mientras las cruces avanzaban como una enfermedad, mientras el imperio de los hijos del sol se apagaba para siempre, yo, Mallku, hijo de Curaca de Cayambe, grité al viento pidiendo me escuche.

    Y el viento, por primera vez en siglos, no respondió.
     
    #1

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