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El Fantasma

Tema en 'Fantásticos, C. Ficción, terror, aventura, intriga' comenzado por Kein Williams, 26 de Enero de 2026 a las 5:08 AM. Respuestas: 0 | Visitas: 16

  1. Kein Williams

    Kein Williams Poeta fiel al portal

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    No llevaba nombre en los papeles que quemé antes de salir. Solo el apodo que me pusieron en la cárcel de Tocorón: El Fantasma. El 3 de marzo de 2022 crucé la línea invisible entre Venezuela y Brasil con una camisa rota, unos jeans llenos de sangre seca y un rosario de plástico que le arranqué a un guardia antes de que me rompiera un par de dientes.

    Santa Elena de Uairén quedó atrás como un mal sueño. Desde allí empecé a caminar hacia el sur, siempre hacia el sur, porque en el sur había un país donde todavía no mandaba nadie con uniforme verde oliva.

    Primera noche en la Gran Sabana.
    El cielo era tan grande que dolía mirarlo. Dormí entre tepuyes negros y oí el silbido.

    Alto, largo, después bajo. Alto, largo, después bajo.

    El Silbón.

    Dicen que si lo escuchas cerca, estás lejos de la muerte; si lo escuchas lejos, te alcanza. Yo lo escuché lejano, como si viniera de los llanos que ya nunca volvería a pisar. Me levanté y seguí caminando. El silbido me acompañó tres noches más, cada vez más débil, hasta que una madrugada desapareció del todo. Supe entonces que había cruzado su territorio y que ya no me quería. O que ya no podía alcanzarme.

    En la trocha que sube al monte Roraima, antes de que empezara el verdadero infierno verde, encontré la maloca del capitán Jõ. Los pemón estaban en pleno Dabucurí.

    Habían matado un tapir enorme y asaban la carne en varas de cumare. El humo subía en columnas gruesas que olían a grasa quemada y a hojas de hormiga cachicamo. Las mujeres servían caxiri fermentado en grandes totumas de moriche. Los hombres bailaban en círculo, los pies pintados de rojo con onoto, las plumas de guacamaya temblando al ritmo de las maracas de semillas de acacia.
    El capitán, un hombre viejo con el pecho lleno de cicatrices de flechas wajibo, me vio llegar tambaleante y me reconoció de inmediato: venezolano, perseguido, con la angustia en los ojos.

    —Siéntate, hermano —me dijo—. El Dabucurí es para agradecer a los makunaima-teré que la selva nos siga dando comida. Hoy tú también eres invitado.

    Me pusieron una totuma en la mano. El caxiri era espeso, dulce y ardía en la garganta como fuego líquido. Bebí hasta que se me nubló la vista.
    Entonces empezaron los cantos antiguos.

    Los hombres formaron dos filas enfrentadas y comenzaron a moverse, golpeando el suelo con los pies descalzos. Cada vez que pisaban fuerte, el suelo parecía responder con un latido. El capitán se acercó y me puso en la mano un cigarro de mapanare tan grande como un antebrazo.

    —Fuma, hermano. Hoy los espíritus están contentos. Pero escucha bien lo que te van a decir.

    El humo era denso, negro, olía a tierra mojada y sangre. Le di una calada y sentí que se me abría el pecho. De pronto vi que entre los danzantes ya no había solo pemón.
    En el centro del círculo, un hombre alto, desnudo, con la piel pintada de negro brillante y cuernos de venado en la cabeza, bailaba más rápido que todos. Era Makunaima mismo, el creador, el que cortó el árbol del mundo y dejó caer las aguas del Kerepakupai. Sus ojos eran dos braseros.

    El dios se acercó, me tomó por los hombros y me habló en pemón, pero entendí cada palabra como si fuera mi propia lengua:

    —Estás vivo porque te dejé vivir.
    El Dabucurí de hoy es también por ti.
    Te doy fuerza para que llegues al fin del camino, pero lleva esta noticia:
    Cuando los hombres de hierro lleguen al Orinoco, cuando quemen los conucos y rompan las totumas, ni siquiera yo podré salvar a mi gente. El caxiri se acabará. El tapir huirá. Y el Dabucurí se bailará en secreto, hasta que un día ya nadie recuerde los cantos.

    El dios apretó más fuerte. Sentí que me crujían los huesos.

    —Corre, hermano. Corre antes de que el último fuego del Dabucurí se apague.

    Cuando recuperé la conciencia, estaba solo en el centro del círculo.
    Los pemón seguían bailando, pero ahora cantaban más bajo, casi tristes.
    El capitán me dio un morral pequeño lleno de casabe, un cuchillo de monte y una pluma de guacamaya roja.

    —Cuando ya no puedas más —me dijo—, quema esta pluma. Makunaima te recordará que una vez te invitó a su fiesta.

    Guardé la pluma contra el pecho, junto al rosario.

    En el monte Roraima los pemón me dieron yuca y me advirtieron:
    «No pases por la carretera vieja de noche; ahí está la Mulher de Branco».

    Pasé igual.

    A las dos de la mañana la vi: una mujer vestida de novia colonial parada en medio del asfalto roto. Lloraba sin emitir sonido. Cuando me acerqué, levantó la cabeza. No tenía ojos, solo dos huecos que brillaban como monedas. Corrí y la mujer corrió detrás de mí, pero sus pies no tocaban el suelo; flotaba. Tropecé con una raíz y caí. Sentí su aliento frío en la nuca. Entonces recordé lo que dijo el viejo pemón: «Si te persigue, grita tu nombre verdadero tres veces».

    Grité el nombre que me quitaron en la cárcel, el que ya nadie usaba.
    La mujer se detuvo. Inclinó la cabeza como si escuchara algo muy lejos. Luego se desvaneció en niebla. Desde entonces nunca más volví a pronunciar ese nombre.

    En Boa Vista me escondí en un camión de carga que iba a Manaus.
    En la BR-174, a la altura de Presidente Figueiredo, el conductor frenó en seco.

    Delante había un hombre descalzo, vestido solo con pantalón blanco, bailando en medio de la carretera. Tenía la piel llena de heridas que no sangraban.

    —É o Curupira —susurró el chofer, santiguándose—. Si lo miramos a los pies, nos mata.

    Los pies del Curupira estaban al revés.

    El hombre-bosque sonrió, mostró los dientes afilados y señaló hacia la cuneta. Allí había un cuerpo reciente: un migrante venezolano con la garganta abierta. El Curupira quería que lo viéramos. Quería que supiéramos que él también cobra peaje. El camión dio reversa y tomó un desvío de tierra. Nunca supimos si salvó al conductor o solo jugaba.

    En el Amazonas profundo perdí la cuenta de los días. Dormí en chozas yanomami que olían a humo y a sangre de mono. Una noche me despertó un llanto de niño. Salí y vi una canoa vacía en la orilla. Dentro, un bebé envuelto en hojas de plátano. Lo cargué por instinto. El bebé pesó más, después más, hasta que sus piernas se volvieron raíces y su cara se arrugó como corteza vieja.

    —Caipora —dijo una voz a mi espalda. Un indígena yanomami me miraba desde la oscuridad—. Suéltalo o te chupa la vida.

    Lo tiré al río. El bebé se hundió sin ruido y la canoa se alejó sola, empujada por una corriente que no existía.

    Meses después llegué al río Uruguay.
    Estaba tan flaco que mis costillas parecían varas de tambor. En Bella Unión, la frontera uruguaya, el agua del río corría extraña: mitad marrón, mitad transparente, como si dos corrientes se negaran a mezclarse. Los pescadores locales dicen que cuando las aguas se separan así es porque algo grande va a morir o a nacer.

    Crucé a nado de noche. En la mitad del río sentí que algo me rozaba las piernas. No eran pirañas. Eran manos. Muchas. Frías. Me agarraron de los tobillos y tiraron hacia abajo. Cerré los ojos y recé sosteniendo el rosario de plástico que aún llevaba colgando del cuello. Las manos me soltaron de golpe, como si el plástico quemara. Emergí del otro lado temblando, pero vivo. Cuando ya no me quedaban fuerzas, saqué la pluma roja. La prendí con el último fósforo que me quedaba. Una ráfaga de viento caliente llegó, e inexplicablemente me sentí renovado.

    Entonces en la orilla uruguaya me senté bajo un ceibo y lloré por primera vez en ocho meses. No lloraba por hambre ni por miedo.
    Lloraba porque caí en cuenta. Todos los espíritus que me persiguieron, que me rozaron, que me dejaron pasar, todos me estaban diciendo lo mismo con sus silencios y sus amenazas:

    «Vete. Corre. Sobrevive. Porque lo que dejaste detrás de ti es peor que nosotros».

    Y detrás de mí estaba el régimen, sí.
    Pero también estaba el dejar mi familia. Y el olvido de los que me conocieron. El olvido que borra nombres, que convierte a los muertos en estadísticas, que hace que los vivos se pregunten si alguna vez existieron.

    Llegué a Montevideo un 4 de noviembre, descalzo, con la camisa hecha harapos y el rosario roto.
    Una señora mayor me dio un mate y me preguntó de dónde venía.

    —Del infierno —le dije.

    Ella asintió como si entendiera perfectamente.

    A veces, cuando hay tormenta, todavía escucho el silbido lejano del Silbón.

    Ya no me asusta. Sé que no viene por mí.

    Solo viene a recordarme que sigo vivo; y que eso, en mi país, ya es un acto de brujería.
     
    #1

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