Los dolores…
¡Cómo pesan los dolores en el alma!
Son como roca caliente, roca volcánica,
como tizón zumbando en las manos.
Vuelven con la sangre hirviendo
a establecer que el recuerdo duele
como la herida de un sable
en la cabeza de un faraón muerto.

Los dolores tienen nombres ocultos,
no descifrables, pequeños asesinos
de la sangre y el espíritu,
dibujantes de boca rasgada y circular,
de grito silencioso
en la noche
en que Dios es sordo.

La tristeza madruga en el rostro
cuando el dolor se mete en las venas
y estalla en llamas
y el amor
se vuelve una cosa vacía.
Se mira a la pared para esconder la mirada
y uno desea hundirse en la nebulosa
de Picasso y desaparecer
y no querer hablar con nadie.

Mejor será encerrarse con llave
en la celda de un loco estulto.