Hora de empezar a caminar, alejándose rápido de todas las penas
y dejando en el camino las huellas de un pasado de tristezas.

Hora de empezar a ver el sol escondido tras las nubes de la soledad

y dejar que sus rayos sequen nuestro cuerpo empapado por el dolor.

Hora de beber del lago del olvido unos cuantos sorbos, para

calmar la sed de angustia y poder así seguir con nuestro andar.

Hora de empezar a aceptar con gusto el lado claro de la vida,

que ella siempre nos convida y tantas veces despreciamos.

Hora de vestirse con las ropas de la alegría y volver a la fiesta de la vida, para bailar con la mujer más divina llamada felicidad.