El tren se dirigía a los andenes
de la última parada.

El silbato anunció a los pasajeros
la llegada del tren. Los rezagados
compraban sus entradas en taquilla,
bajo un sol que quemaba los raíles,
donde se dirigían una manta
de maletas y bolsos de equipaje.

Era una tarde gris,
la familia de rayos
solares entre nubes de algodón
manchado se metían.

Mayo dudaba por la estaciones,
aunque la lluvias últimas dejaban
la nostalgia de invierno.

Los pañuelos volando,
completaban la frases abreviadas
de los “te quiero” y “no te olvidaré”,
entre “¿cómo se usa
la lavadora?” y “¿cuánto cuesta el pan?”.

El tren titubeó y despegó
sus ruedas de la vía.
El ajetreo de pañuelos blancos
luego multiplicó los sentimientos,
ocultos entre lágrimas y cosas
carentes de sentido.

El tren volvió a silbar,
mientras se disipaba en una nubes
heterogéneas de vapor y humo
procedente de la locomotora.

Los últimos pañuelos
se guardaron en bolsos y chaquetas,
mientras el tren marchaba más deprisa
hasta después perderse.