La invisible marea de tu pelo,
encumbrada aquella vez por mis manos,
torbellino.

Mi deleite el caminar de tus maneras
invisibles al dolor, a esperanza.

¡Huyen los caballos, corren las bestias!
Pero tus ojos impasibles me miran entre dientes.

Y un respingo brutal de rencor me estremece en un lugar del inconsciente.

Caminando la indiferencia a intervalos, me vas dejando atrás en tu inconsciencia,
y a solas intento comprender el salvajismo de tu inerte indiferencia.