Me gusta esa sonrisa tuya
que a nadie engaña
pero enamora,
me gustan tus lágrimas ausentes
que en un cáliz sagrado
guardan los ángeles
para que Dios las cuente,
me gustan esos silencios tuyos
cuando hablas con la luna,
y me gusta, en fin,
el cascabel de la risa
del duendecillo loco
que recorre tu espalda
y muere en tu cintura.