Abracadabra,
porque me fuiste creando
conforme hablabas
bajito a mi oído…
Llegó de tierras lejanas cargado de pociones secretas,
ritos ancestrales y juegos de prestidigitación que yo desconocía por completo,
quizás por eso me rendí a sus dotes extraordinarias con la misma dedicación de quien se entrega al estudio de la alquimia y sus secretos.
Desde un principio me hipnotizó con aquella sonrisa seductora,
esa manera de ser afable y mimosa,
y unos besos brujos que fue derramando como dulces elíxires a lo largo y ancho de mi cuerpo.
Entre sus artilugios no guardaba una sino trece varitas mágicas.
Porque los diez dedos de sus manos,
su prodigiosa lengua,
su sexo inquieto y hasta su nariz de fuego usó para convertirme en una especie de sombrero mágico del cual fue sacando suspiros,
gemidos,
susurros y gritos.
Durante cinco días, con sus respectivas noches,
nos encerramos a hacer magia,
en un singular aquelarre de dos,
y mediante unos polvos fantásticos me transformó en fuego,
al tiempo que él se volvía líquido.
Pero este hechicero encantador no era discípulo de Merlín y sus conocimientos no provenían de la Tabula Smaradigna;
tampoco necesitaba recitar ensalmos,
invocar fuerzas ocultas o recurrir a ritos taumatúrgicos para transportarme a mundos sobrenaturales.
Él seguía a Epicuro y las enseñanzas de su Jardín ateniense,
por eso le bastó murmurarme al oído la frase mágica de “Deja volar tu imaginación” para que me nacieran un par de alas y,
fascinada,
remontara el vuelo.
Hoy, a pesar del tiempo transcurrido y la distancia que pareciera separarnos, lo recuerdo con el alma henchida de gratitud por develarme algunos misterios que me faltaban por descubrir y regalarme una filosofía de vida basada en el placer.