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Poemas Sólo Para Adultos Discutiendo poema Del Diario de Plotina en el foro Poemas Sólo Para Adultos; DE PLOTINA A ADRIANO. Adriano emperador: Adriano... o Apolo? En el silencio parece que no te veo, que no te escucho, que no te leo, pero algo de ti oxigena mis páginas. Me llegan los colores más alegres que surgen ...

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Anterior 13-feb-2007, 01:06   #1
artemisa
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artemisa está en un buen comienzo

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Predeterminado Del Diario de Plotina

DE PLOTINA A ADRIANO.

Adriano emperador:
Adriano... o Apolo? En el silencio parece que no te veo, que no te escucho, que no te leo, pero algo de ti oxigena mis páginas. Me llegan los colores más alegres que surgen de tu faz al amanecer y me embriago en el cielo de tu templo, sintiendo la invasión de tu divinidad, en fiel contacto de luz. Cuando tengo la fortuna de aspirar tus frases, con ellas comulgo en franca castidad. Al igual que una vestal, me alimento de ayunos y, aunque tú viertas menos tinta, un clamor me sostiene. Sigo de la mano del dios de mi utopía y sonrío cuando veo su visión en cuerpo y alma.
Infinitud de lenguajes tengo para hablar contigo, pero sé que el único que perdurará es el de mi virtud y mi silencio, porque nunca leerás esto que escribo. No hay lugar, no hay sonido, no hay palabra que no haga referencia a tí, pero tu presencia es ausencia a mi vida negada.
Qué pasa por la mente de Adriano, replegado en un rincón inaccesible, donde no caben diosas ni Musas, y a veces prefieres ninfas, esclavas o hetairas? Indiscutiblemente estamos solos, eminentemente solos en lenguajes inadmisibles a un corriente mortal, pero sin reconocernos, seguimos solos. Siento una gran afinidad con mi amigo epistolar que me incita a escribir, pues me inspiro en sus saberes y grandezas, en sus búsquedas y ganancias, en su soledad y en ese pequeño sufrir que ausculto en el latir de su silencio.
Por mí nunca te preocupes, yo sé estar sin lo que me cautiva, aprendí a vivir sin ello. Casada por deber y sintiendo un amor tibio por el gran Trajano, mi pasión por tí me devolvió la vida, pero a costa de mi agonía por silenciarlo. Tú sabes o sientes que eres poderoso en mis afectos y en mi piel.
Eres la claridad a mis noches sin luna, eres el foco referencial a donde dirijo mi pluma, eres el destino a donde marca mi atormentada brújula, eres calma y tempestad a mis olas augustas. Sé siempre como tengas que ser, que yo sabré conducirme en tu amistad, porque quiero ser sabia, y tú eres firme en lo que crees, y yo soy casta en extraer de ideales la materia prima de lo tangible en mis epístolas y versos, para saciar mi sed de no tocarte. A tí, soberano mortal que me mantienes cautiva con sólo disponer de mis flechas, conjuro los oráculos para que el dios se me muestre en más de una visión, para poder soportar la vida, ya que se esfuma la posibilidad en materia, como tu plácida estirpe de inmateriales héroes.
Búscame en la fuente de mis virginales aguas, sáciate de mis palabras contenidas en Eros, tómame del frágil hilo del laberinto de esta crucial distancia que no me dice dónde estás, parece que más lejos que Roma, en algún lugar digno de Apolo, tal vez en el norte oscuro y gélido, tal vez en el éter que mi aliento no alcanza. Captúrame en una página de tu misterioso diario, libérame luego en el yugo de unos ojos de fuego que se me muestren en los ojos que ocultar no pueden sus ganancias. Dime en los esotéricos astros el futuro de tus besos, cántame, ya que no sabes hablar a la Musa que te llama, sin voz, sin garganta, y que quiere que crees al compás de la brisa que conversa y te muestra en burbujas de plata los símbolos de Palas, las palabras más perfectas que pueden salir de tu alma. Hasta dónde me convocas? Príncipe amado, no sé ir más lejos que hasta donde mi flecha te alcanza. Róbame el aire que me mata y muéstrame en lo que respiras, las esencias que sanan. Deseo que no te suenen absurdas estas palabras, porque las vierto en conjunción con el dios, al cual estoy ligada.
Adriano es una feliz encrucijada, un jeroglífico imposible de entender, una verdad que descubro a medias en mis cartas, me conquista el alma, pero me deja fugitiva de asedios, de realidades, de deseos, no busco revelar todo el secreto de esos ojos de incendio que a veces se muestran más que calmos, fríos, pero ese hielo también quema, respondo a tus interrogantes, desde confesiones lejanas que te acerquen a mi templo, construyo caminos que se pierden en la noche de indecibles deseos, pues estás en todo lo que asoma en mi vida, sin embargo, te pierdes a mi vista, sé que aspiras la suave brisa que alienta mi herida, mas se apaga esta inmedible distancia en clamores de ecos en que te callas tú.
Persisto en descubrir historias, enigmas de tu sola vida, en lo confuso de mis días en que me embriago absorta en tus débiles fragancias, pálido te deja esta diosa que aparece y que de lejos te llama, porque no sabe decir historias floridas con su voz de campana, con su fragilidad de generoso estío, porque da muchos frutos, sin que quieras llamarme, me condenso en tu lluvia, pero de lejos resisto lo fuerte que puedes ser a mi piel. Te confieso una verdad: Me niego a tu maravilloso poseer.
Eres muy mítico, muy griego, pero también muy escéptico, creo que aún estás verificando los verdaderos motivos del rechazo, éso está bien. Sólo que siempre te tropezarás con lo mismo, con la hazaña incestuosa de Eros, con el fatal sino, con tu poder coronado, con mi casta voluntad, con tu barrera infiel, con el futuro a cuestas del presente, con un gran sueño o con un mito. Ahí estamos, confundidos, o unidos.
Es débil la luz que me guía, que no me muestra claramente cómo debo conducirme contigo, exploro mi interior, lo que te escribo cada día, mi inspiración, pero no extraigo mucho, sigo a tientas, procurando construir en palabras, lo que me detiene en suspenso de tus cortadas palabras, porque en tí me sustento para afinar mis cuerdas, las liras que me desgarran, pero cantan poesía al amparo de tu ser. No sé si debo ir a tus reuniones, sí quiero, aunque mi voz negada oculta la gravedad de mi falta que se delata con sólo pronunciar tu nombre, en algo me apaga el dolor de no ir a perturbarme en tus secretas mañanas, silenciosa distancia que me facilita escribir amorosas, reflexivas cartas, sólo suspirando el ardoroso aire de tu casa, confluyente vivir que me percata de tu árida sustancia.
Busco en tus lugares el incienso que sacraliza tus palabras, pues como en un templo te contengo, tu deidad en mi sosiego, conminando la alegría de tu hermoso suceder. Sigo absorta entre las líneas que preceden tus palabras, en ése espacio percibo todo el halo de tu ser. Contemplo efigies, códigos, batallas, y la de Eros se muda en mi ventana, concibiendo tu guerrear contra mi fe. Eres tácito consuelo, sé que estás, aunque no veo luz solar sobre mi red. Pinto hermosos paraísos de misterios que poseen vida propia en mi querer. En mis versos lo profano comulga con lo divino, tienes devoto arte que enciende mi pasión al amanecer. Con tus sueños yo me pierdo en fiel reinado bucólico de Dafnis en mi niñez. Me sorprendo en tu desnudez. Te sigo contando historias de Apolo en mi poseer. Canto como Euterpe la melodía de tu ser.
Adriano, nunca sabrás lo terrible que fue para mí renunciar a la entrega de los cuerpos, después de haber invertido tanto amor, cuidados, años, tanta castidad fiel. El silencio es el arma obligada a mi condición de mujer. Me enmudezco en lo que no sé decir, que supera mi comprensión en mi absurdo poder para negarme. Tú eres más sabio que yo, te veo divino, no sólo por tu erudición, no necesariamente común en los gobernantes, o por tu capacidad estratégica: la coartada perfecta al enemigo, o por la frialdad en el cálculo, o por la crueldad oportuna para limpiar de traición y sublevación, lo que vuelve dios a un príncipe, es sólo lo humano, las acciones llenas de sentido, de propósitos para el bien de la humanidad, el amor bien dirigido, sin egoísmos, todo esto puede a un hombre hacerlo sentir realizado como un dios. Adriano lo logra.
No quiero afectos tangibles, sé que te embriagas como yo al escribir lo más grande que nos atañe, hasta cuando puedas volver a visitarme. Cuánta identificación siento con tus palabras en este instante de mi vida en que me encuentro, por eso es para mí siempre grato, conocer sobre Roma y sobre Adriano, respalda mi búsqueda del autoconocimiento, porque mientras conocemos el mundo, lo evaluamos, lo juzgamos en mayoría de edad que supera los cuarenta años, podemos ser, extraer esa mínima causa por la que somos lo que debimos ser. Cuán poco cambiamos, sólo nos moldeamos y llegamos a ser seres realizados como lo logra Adriano, o nos quedamos en mitad del camino, existencia inconsciente, y por ende, inlograda.
Si tuvieras que leer estas páginas, tendrías que disculpar tanta efusividad, impropia para una madre, tanto encuentro con tus lugares prohibidos, porque también siento los prejuicios de la adopción y mi viudez. Pero mis filosofías me llevan más allá de la palabra y de lo que quiere el cuerpo, el amor puede más, así sea en escala mítica, histórica, que es como ahora te concibo en mi pluma, mágico ser que descansa en mis versos, en mis sueños que transportan tormentas a otros reinos donde el ayer y el ahora no cuentan, no hay futuro, sólo un eterno presente nos iguala a nuestros muertos, y comprometidos estamos en la tarea de superar el tiempo y olvidarnos del tránsito y de esta materialidad que sofoca y que no permite despertar a nuevos amaneceres divinos, dorados, donde la luz perfecta, eterna que respira vida, se impregne en felicidad que no conoce congojas, en dulce soñar con realidades nuevas, donde no existen contingencias al ser.
Oh Adriano amado, demasiado acariciado en mis cuerdas que susurran hechos que se levantan de los siglos, por los que vuelve la vida a la piedra de la ciudad que no conoce ruinas, pero hay dorados mausoleos de acariciante mármol que custodia los sueños de héroes que duermen en un pasado, aún caliente de 21 de abril, en los rayos de luz del Panteón invicto que reformarse puede en religiones perdurables. Esgrimo tu verdad como sacerdotisa y soy la doliente esposa intocada por ser madre. El Numen que hay en tí se configura en obra de arte. Te pareces a Júpiter, juez inclemente con rayos que no consienten, lejano allá en los cielos. Yo soy como Gea Genetrix, aspirando ardores de sátiros que vuelan sobre mi campo tratando de alcanzarme. A veces sueño con la alcoba de Afrodita, pero no me convierto. Amo al Apolo-Adriano frío, incontenido, imposeído de todos los deseos, los más excelsos.
A veces me siento como Cleopatra, dueña del imperio y de la seducción. O como Clodia, llena de cálculo y odio por los hombres. A veces me siento como Helena, envilecida por el rapto. A veces soy Medusa que no quiso ser madre. A veces soy Psique que no confía en su Eros. A veces soy Juno, celosa y madre. A veces soy Afrodita en el placer que ansío y que no acaba.
En tí veo también todos los dioses, todos lo hombres. Me gusta tu edad. Te soy infiel en todos ellos que tú mismo contienes. Amarte a tí es como amar múltiples causas, algunas castas, otras prohibidas, otras racionales, otras pasionales, con instintos. Definitivamente en toda mujer se esconde algo de hetaira, porque me siento capaz de satisfacer cualquier deseo, el más audaz, el más villano. Todo lo que te mueva a tu placer. Me inspiras todo lo pasional de aquello que no he sido, pero que en tus páginas soy.
Eres una mezcla de Apolo-sátiro, sólo que predomina más lo apolíneo, aunque tú te escondas en los cuerpos. Yo soy casta, pero también lujuriosa como Pasifae, deseando al toro, es decir, lo irracional, los instintos de la tierra, la verdadera pasión, el fuego. Los griegos conocían los excesos de instinto del animal, debido a que no poseen razón, y por eso se inventan seres mitad toro, mitad caballo, mitad macho cabrío. Sátiros, faunos, dioses Pan, dionisos, ménades, ninfas, todo eso subyace en algún rincón del hombre, a la par que la razón fría del día. Yo prefiero de tí lo apolíneo que es la fuerza que me reprime y me hace sufrir en la pasión que no capturo y por eso escribo, soy presa de tí mucho tiempo. Sólo que aspiro a que me captures en el último segundo de nuestro tiempo, porque no quiero perderte. Soy la primera y única mujer en conocerte. La esperanza languidece, pero te amo.
Escribo para conducirme por los predios donde puede pasearse Apolo.
Entre Apolo y Zeus te encuentro, sujeto en las alas de Eros, de cara a mis misterios, rodeado de esta Musa que no cesa de alabarte en historia central, protagónica de mis razonamientos, sentires que se vuelcan en palabras que detener no quiero. Cualquier día he de tropezarme con Apolo, y no he de reconocer en él a Adriano, rostro que esparce la miel que me sostiene en el solo ver, y sin probar tus aguas que desde mi torre tremulan. Sé que confluyen en algo estos líquidos ardores que me queman, pero sobre todo amo la intangibilidad, la sublimidad del contacto con la energía de tu alma. Eso acaricio, tus halos, lo que me inflama es otra cosa. Es el instinto de la tierra, la necesidad por tu género, la victoria de nuestros sumados saberes, debo ofrendarme a tí por eso, o debes saber que en su genio me engrandezco, y me siento mecida como una joven niña que aún no sabe de quereres. Porque tú sabes más, yo sólo soy una aprendiz que ha sido tocada en frígido himeneo. Tu abrazo sí debe ser de fuego verdadero, sé que dura mi pasión, sólo que no notarás que he clavado mis alas al pie de la estatua donde reposa el Zeus cisne que captura mis ansias.
En Apolo todo es posible, porque es inexplicable. Te pienso válidamente, placenteramente como alguien muy apreciado a mi vida, no sé qué pasa, pero pareciera que no importara el hecho de tú estar silencioso, con justa causa, porque no calmo tus enojos. Soy feliz con tu recuerdo, algo me duele, pero a la vez me trae sonrisas, si ello me inspira y eleva, luego escribo. Pero qué escribo? Lo que yo he hecho es una gran confesión de revelaciones, secretos incontables, mi pasión por Apolo, a este amigo e hijo mío, demasiado pensado, soñado, idealizado, deseado, en páginas asombrosas, impresionantes de sentimientos que he adquirido por tí, y que he deseado adquirir también, me han llegado como flechas de Eros que siempre nos coge desprevenidos, distraídos, es la mejor forma de llegar a un blanco. Ese es mi destino que con valor apruebo, y cuando inquieres por flechas, te digo que, si me miras, es porque yo misma soy también la flecha, no existen otras distintas a las de oro que se disparan solas en el lugar perfecto, porque no soy yo quien activo esos dardos, tú bien sabes cuando empezó este deambular de venablos desde tu mirada hasta mi casa y mi alma.
El amor es eso, un conjunto de venablos que una inteligencia superior permite que nos hiera, porque no somos dueños de ese Eros que habitar puede en nosotros. Yo también lancé todas las flechas que tuve o pude, sólo que estos venablos comandados por Eros se revierten en mí, el dios dispone de sendas flechas lanzadas al vacío y me ha obligado a correr y a la caza, en la búsqueda del amor escondido, dormido, guerrero del hombre. Aún no retiño claramente las facciones, pues es débil mi luz lunar, pero su deseo me avanza, sin ecos musicales, sólo me estremezco en su tiempo estable y fuerte como un árbol milenario, mientras yo soy ligera y me muevo con los vientos, y quiero estar allá, y la niebla me oscurece el mirar que me dice lo que necesito escribir cuando lo veo, y voy, y no estoy, y siento el poder de tomarlo, pero algo muy superior me detiene, y es mi condición de mujer.
Busco las mejores palabras para recrearme en tí, porque no creo un Adriano histórico, ni al Adriano hombre, me recreo a mí misma, crezco como mujer y soy Musa de mí misma en versos y epístolas sin tiempo, sin destinatario, tal vez el mítico Apolo griego o Eros, sean el causal de estas páginas. Te admiro en esa lucidez tan fría que alcanza regiones hiperbóreas, te deseo en la castidad de la luna y en la frescura eterna de ese inestrujable marfil. Te humanizo en el calor de mis flechas, me conmueve tu vida y cuando te miro, siento una emoción indescriptible porque siento que vivo, que late mi corazón, pero se empalidecen las mejillas en exánime éxtasis, augurando espacios que se pierden a mi vista, donde cerca tenerte para apreciarte en eso que callas, pero también dices a mis plantas, que sientes muchas cosas que yo no escucho en esos momentos porque sería prisionera en tu piel.
Sólo mi pluma conquista ese universo de mi amor prohibido, virgen, que tiene olor a tierra, y circula en mis venas cuando el héroe traspasa los muros de esta amazona condenada a su propio exilio de amor sin palabras. Me quedo con los silencios de tu armadura, pero igual me agito cuando veo tu varonil cuerpo en mis esquinas, y luego desapareces, me dejas caliente la sangre en mi espera, me dejas a expensas de un deleite fabricado en versos y consignas de que es muy difícil la vida con Eros o sin Eros, sólo que ya no me animo a esculcar en los armarios tus ardores divinos.
Auspicio el concierto que toco en mi lira más lento, ya no contrariada ni confundida por tantos sentimientos hacia un solo ser, simplemente me dejo embriagar de una melancolía inconclusa que me patetiza el alma en una noche sin claro de luna, porque el amado es un fantasma que me acosa, me tortura en fieles figuras que desaparecer pueden cuando lo encuentro, porque la herida me restaura con sus ojos cortantes, su sonrisa exquisita, mas muda de verdades, a veces hay lisonjas, pero espaciado en sus misterios el mito de su cuerpo que es una realidad, un punto de encuentro de los siglos que revivo en mi cerebro, porque su pluma es casta como Apolo, sujeta a delicias que expresan lo que no sabría decir ni vivir en cada hora, fantástico ir y venir de prodigiosos sentires, sujetos a errores circunstanciales, pero también me enquisto en la verdad de mi escritura, anunciada por todos los oráculos, y es la realidad de mi presente en que, así sea en esta sutil forma, estás tú.
Siempre encuentro una motivación para ayudarte a ser feliz, y el hermoso encuentro de dos personas afines, fue el prodigio y el mejor designio que a mi casa llegó. A partir de entonces, te acompaño en tus metas y algunos de tus caros sueños los pude ayudar a realizar. Soy una mezcla de madre-diosa-musa-amada que te toca sólo en la orilla de tus sueños, para cumplirlos en lo real de la vida material y siempre hosca de cada día. Por eso quiero que me veas como alguien dulce a tu existir, que vive en la abundancia de lo que soy. No me parezco a ninguna mujer de las que has conocido, porque todas han pretendido algo de tí, pero poco entregarte. Yo soy Musa, y tendrás siempre mi compañía, así sea ésta que aún me procuras en esta fría o caliente casa, pues yo la siento ya lo más caliente, porque desde allí me avivo y te llamo, no con reales requerimientos, porque voy más allá de la palabra o acto, sino desde mis ideales confines en que te busco y apareces, entonces, viajar puedo a tu estancia, pues siempre me encontré contigo y con tus encrucijadas, sólo que ahora podré resolverlas y con ellas el misterio de mi vida, y el de Eros en mi alma.
Reitero mis afectos en idealidades hacia arriba, porque lo demás meempequeñece y rebaja. Lo que ha parecido en mí requerimientos, tiene su justificación en el arte. Sueños que pueden ser tangibles, se parecen a mitos con los que a diario nos tropezamos en inmaterializables fantasías de las que está concebido el universo, y por qué el amor no? Si es una fuerza extrínseca que asumimos en un dictatorial destino, condición humana y divina o ausencia sin término en nuestra pequeñez, llega a nuestros sentidos y se ubica en nuestra razón. Tú me pareciste desde el primer día en que te ví, un hombre demasiado interesante, aunque bastante misterioso, silencioso, parco en lo que respecta a detalles de su vida, pero traduces algo hermoso en lo que eres, algo muy tuyo me cautiva, se infiltra en mis regiones dormidas, y ahora he despertado a un nuevo amanecer. Sé internarme en tu escondite que, a veces parece huída, pero llamas a gritos, invocas y convocas a esta Musa por doquier. En retazos de sueños le doy forma a tus germinados sentires, incluída tu extraviada pasión de anochecer.
He soñado contigo. No siempre recuerdo el sueño, pero me despierto con la sensación de haber estado hablando contigo mucho tiempo. Recuerdo uno en que se te veía el cuerpo más que apolíneo, rayando lo hercúleo. Me acerqué para determinar que no era una visión de un dios, y toqué esa masa de cuerpo firme, con tus rasgos, algunos vellos en los brazos, estaba el torso y cuerpo desnudo, si bien no veía completamente todo, me pareció que orinabas en esas fuentes preciosas de mármol y oro, dignas de reyes o dioses, y se veía una silueta atractiva, pasional. Sentí un fuego que me recorría el cuerpo y un poder sobrehumano me llevaba a acercarme y empecé a acariciarte, pero entonces la visión de Antínoo reemplazó a la tuya, y pude retroceder. En los sueños fracasa la soberana razón, Eros, el arte, pero algunas veces se revelan designios de dioses que no podemos entender.
Adriano, en tí hay música y palabras, de tí empiezo a recorrer lugares desconocidos, antes oscuros, pero no hay trampas. Tu vida es simple, tranquila, de pronto la muevo en demasía en estas huidizas páginas en que me asomo y escondo, porque me atraes, pero también huyo, tú lo sabes, queda expreso un sentimiento o un arte, no sé qué puede más en mi contacto contigo, sólo sé que batallo sola, sin armas, me ensombrezco cuando parece que te ausentas irremediablemente, pero sé que no es así, lo reconozco en tus cartas, sé que miras y basta una chispa de algo que ya surgió y es suficiente para animarme en esta empresa de escribir el amor que, siendo correspondido, no tiene necesidad de pareja.
Plotina es sabia y verás todo lo circunspecta que puede ser cuando algo muy grande la toca, sea el dolor, el amor, en fin, sé silenciarme, sé quedarme sola, sé renunciar, aunque se me revele el amor que en tí convoco sin palabras, porque quiero elevarte siempre, ser algo así como un ángel cuando te acuerdes de mí. Sólo que la realidad de mi amor, intocada, imposeída, es bien difícil, porque tantos años en una sola búsqueda, en un sólo hallazgo, en una sola imposibilidad, terminan como un sueño.
Siempre he llegado a tu presencia con mis emblemas y ritos. En cómo me muestro a tí está la magia. El baño de avena o leche guardo para esos días, el vestido que indique que es la emperatriz-diosa quien visita, el perfume, las esencias del cabello, las manos más cuidadas, el ánimo radiante, el triunfo en mi mirar arcano, el escudo de Palas repleto de arquetipos, las flechas de mi enérgico cazar, la lanza de Zeus padre, el pecho más erguido, el respirar más suave, la vida más calmada, el dulce existir en eruditas palabras exaltado, la elevación en tu templo de cándidas fragancias, me indican que sí es Apolo el sol de mis miradas.
Esto confirmo cada vez que te veo, hasta cuándo se mantendrá esta verdad? Hasta que me funda con tu alma, entonces será parte de mí, prolongación de Eros no truncado, no es necesario fusionar las mieles de los besos, si hay algo más profundo que da felicidad y no se acaba. No habrá más epitalamios fallidos, repletos de erotismo, con olor a Thánatos, habrá un Eros más excelso, aunque sólo pueda tocarlo con mi vista y mis palabras. Así será, emperador mío, lo quiere el destino, y está por encima de mí, porque yo a veces quiero no mirarte, no escribirte, no recordarte, y no puedo. Y hay lógica en esto, porque no es imposible que yo me niegue a estos afectos, sólo que eres válido en las entrañas de mí ser, por lo que sigo construyendo reflexiones que salen de un dolor extremado que no sana, y también de un placer.
Sigo sola, me gusta que me conozcas e imagines en esa soledad, a pesar de mi matrimonio con Trajano, y después de mi viudez. Nunca quise conquistarme un amante, ni siquiera a tí. La causa es el amor a mi soledad invicta, pura y bien sagrada. Lo demás tiene que ver con tus deseos de todo tipo, pero también adúlteros, mujer ajena apetecida, así estaba yo al principio de tu amor y de tus cartas, y no sabías la solitaria altura en que estaba, ajena a toda compañía que acaricie los cuerpos. Después de mi viudez, me he sentido más sensualizada, más sensible al amor de epidermis, a la voluptuosidad de un contacto verdadero del cuerpo que llegue hasta el espíritu, en abrazos con sedas y mirras, en licores y mieles, con el amante inmortal. Sólo que el hombre escogido es el amo del mundo y me impone una barrera que opaca su castidad.
Te sigo admirando en esa capacidad tuya para silenciarte, y me pregunto qué pasa por tu cabecita inteligente, excesivamente prudente, tanto, que me haces caso en mi negativa a amarte, y más sabia? Acosado entre la violencia de Juno y las redes de Artemisa, no creo que puedas ir muy lejos, más allá de los mórbidos cuerpos que saciar pueden tu pasión, pero no te curan del deseo, por el que vuelves a caer en estigmas que te hacen mantener la apariencia de amar lo que en el fondo no amas, porque asumir amar es una cosa y vivirlo para ser feliz, sintiéndolo y demostrándolo a cada instante, es otra cosa. Tú no sabes mucho de eso, deseo que algún día en mí aprendieras, en amaneceres bucólicos, aunque, al igual que los dioses, me sienta impedida ante el incesto de amar lo igual, lo hermanado de Apolo.
De cualquier forma en que la vida me permita decirlo o demostrarlo, quiero no tanto afirmar que te amo, sino que a tí lleguen esta áureas palabras escritas con la pluma de la flecha de Eros, mojada en la tinta de mi sangre que me hace decirte, dibujarte, conquistarte en la albura de tu casa, donde no entro, pero como diosa me aparezco, y en tu escritorio me aposento, me duermo mientras escribes, me recuesto en tu lecho, desnuda, sólo con transparentes gasas que te impiden tocarme, para que mi piel se esfume y sólo arda en tu aire el fuego de mi aliento que se esparce en tu chimenea, que es mi hogar.
Yo te envío todo lo que necesitas en barcos que surcan el Po que alimenta y alegra tus reinos, tus imperiosos caminos que llegan hasta el infinito y algún día iré a comulgar con su brisa, en amaneceres anaranjados que te vieron nacer. Yo me ufano de tener un amigo al que permito llevarme de la mano, en realidades más que plásticas, idílicas y utópicas, sin embargo sé dónde avanzas en la vida, y te sigo, aunque tú no me tengas, aunque tú no me veas, yo sí te veo, te aspiro, te siento en el mismo mar que te inspira y asfixia en movimientos que no siempre te devuelven la vida, y que me conceden la facilidad para ir a buscarte. Es inverosímil para mí esta variedad de sentires incestuosos, paganos, de voluptuosidad oriental e imperial. Te concedo los méritos de esta colosal aventura en mi espíritu.
A veces siento que me pierdo en la vía de mi Eros hasta Adriano, el camino no es siempre el que retorna, ni llega a dulce meta, me libro de lazos que a tu vista estorben, pero no alcanzas a comprender quién es la que te ama, porque te pierden otras miras, senos ajenos que pervierten tu deseo, mientras yo te dejo más que casto, mimado, rodeado de flores y de mirras, y me quedo sola, ahí, contemplando tu mundo, sin alcanzarlo para no profanarme, a tenue distancia que parece que toca las montañas de esa evocadora España, pero en verdad no toco, sólo miro, me espacio en el suave murmullo de tantos vivires que se asoman a tu altura y mancharte quieren con deseos mezquinos, oportunistas o impuros, yo a nada de eso me debo, animo mi alegría en la dicha de verte, porque es prodigioso tener este sentido de la vista para poder admirarte en ese emblema que escribir puedo, y acariciarte en mi aire que hasta tí llega desde el cálido aromar de mi dorada villa, que construye la vía en que respiras tú.
Adriano se sacia en la experiencia de ser hombre, por eso cuando te recuerdo, no te asocio a melodías pasajeras, te asocio al canto de la tierra a medianoche, ditirámbico, profundo, que huele a vida y en pasión trágica renueva el inefable licor de las aguas con que me riega tu cuidado.
Nunca te he dicho que siendo la más sensible de las mujeres, debido a las artes, la más sensual porque, siendo Juno, tengo los ardores de Venus, soy, a su vez, la menos carnal de las mujeres. Eso te consta. Sigues siendo valioso a mis ojos, no en lo que se puede compartir, que siempre es inferior al sueño, sino en lo que no comparto, lo que toco desde esa distancia a que me obliga la vida en ese destino que tú reverencias, precogniza un futuro sin Destino en invicto misterio de tu cuerpo, te consagro en mis aniversarios como sol que rota cada giro en su abrazo completo, mas silente.
Si supieras que sigo tus rumbos, amadísimo Adriano, elevándome en tus mitos, casta y sola, qué harías, qué pensarías? No hay condiciones, no hay preconceptos, nada te negaría, sólo que tú eres sabio para no tomarlo, entonces, yo llego hasta tus mundos y me uno a tí en el punto de tu más perfecto deseo, pero me detengo en mis silencios a la hora de admirarte y pienso que es mejor que sigas como mito intocado, como algo mucho más grande que eso, por el que serías en mi vida completamente mi cielo, mi Urano, no habría otros mitos, ya no aflorarían mis recuerdos de pesar por Trajano, no me lamento de no poseerte porque lo que conquisto es mucho más valioso, mi inspiración, mi utopía, porque en algún reino real o imaginario se realiza nuestro amor, y es lo que cuenta.
Eres más que mis epístolas y versos, eres lo cercano y lo visible que me da la calidez que abriga, eres nota taciturna en esas noches que te siento en mi puerta, mirando los umbrales en penumbra de esa canción en que no salgo. Impenetrable abismo es mi cuerpo, que ora desmaya, ora flaquea, sin que tú lo veas tirado. Cruel cerco es el que impongo a tus deseosas manos, por mí siempre tomadas, y calentadas del frío de esta absurda soledad que nos toca y desbarata.
Quisiera robarme en un segundo la calidez que te conforta cuando rozas mis labios, las palabras que no afloran, que sé que son más que las que profieres a mi vista, tu pecho bien cargado de tibias pasiones inconclusas, tus noches de travesura, donde te pierdes como mortal en un lecho visible que indigno no retiene, tu apolíneo mirar, para resguardarlo de ménades que sospechen del sátiro que azota en las noches más oscuras.
Para qué quiero tanto, si con existir me colmas? Tal vez una profunda necesidad no manifiesta de entregarme por completo, por primera vez a alguien que sea digno de la de Brunhilda hazaña. He creído en el pasado amar, pero debo reconocer que no he sabido amar del todo a alguien, y quiero completarme en tí.
Adriano me condena...


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