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Tras hallarme resentido
donde falsas esperanzas
se fingen en tus templanzas
para darme a tanto olvido,
y que luego, sin sentido,
me jures amor sincero,
buscando solo dinero
a cambio de tu favor,
no me digas que es amor
que se vuelve traicionero.

O insistir en que tus labios
embriagadas de hermosura
solo enseñan su frescura,
sin querer hacer agravios,
a mis labios menos sabios,
para, luego, con esmero,
en verme tan caballero,
tan gentil y protector,
no me digas que es amor
que se vuelve traicionero.

Y menos en tu inocencia
insistir, si, calurosa,
me dices que pura rosa
es esa casta presencia,
cuando conoces la ciencia
que me daña con su acero,
cuando soy ya prisionero
de tu juego destructor,
no me digas que es amor
que se vuelve traicionero.

José Ramón Muñiz Álvarez
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