carlos lopez dzur
Poeta que considera el portal su segunda casa
Toda la curvez que esparcíste para el mundo
es mi bienaventuranza: el espacio curvo,
cielos abiertos, espirales del aliento,
curva onticidad, curva sabiduría
de los milenios y años-luz,
mi juicio ingenuo al viajar las distancias
y la onticidad de los cuerpos infinitos,
por tuyas las dí y las valoro
por causa de Malkuth,
mías las quiero,
por el grato impulso de gozar
lo existente, obsequiar, distribuir
tus riquezas, no para galfarros remolones
y su gente de bronca que espacian
su destino a capricho, pues son
los hijos de Nabal / la estupidez.
Para ellos no,
para los varones y mujeres
(con tu porvenir), hijos
del Ietzer hatov.
2.
En las curvas de las calles,
en sus esquinas sinuosas y sombrías,
como en el interior de mis pálpitos
curvo parece todo, curvo
como una cadera de Salomé
que urde contra la cabeza de los santos
con su danza hechicera de ritmo,
curvos como senos y nalgas
y el ombligo en el círculo.
Ha de ser porque el bien originario
es el ritmo, salto cuántico,
de una serpiente, con siseante
presencia de tumba’o.
Su onduleo vibra
para forjar el ascenso
al despertar el hombre.
¿Cómo cuadrar el círculo si antes
no entiendo como impulso del Bien
/ Amor / Conocimiento, tu matemática
más allá del Malkut, si antes
no te circulo como la noción primordial
de nuestras coparticipaciones?
De «Teth, mi serpiente»
es mi bienaventuranza: el espacio curvo,
cielos abiertos, espirales del aliento,
curva onticidad, curva sabiduría
de los milenios y años-luz,
mi juicio ingenuo al viajar las distancias
y la onticidad de los cuerpos infinitos,
por tuyas las dí y las valoro
por causa de Malkuth,
mías las quiero,
por el grato impulso de gozar
lo existente, obsequiar, distribuir
tus riquezas, no para galfarros remolones
y su gente de bronca que espacian
su destino a capricho, pues son
los hijos de Nabal / la estupidez.
Para ellos no,
para los varones y mujeres
(con tu porvenir), hijos
del Ietzer hatov.
2.
En las curvas de las calles,
en sus esquinas sinuosas y sombrías,
como en el interior de mis pálpitos
curvo parece todo, curvo
como una cadera de Salomé
que urde contra la cabeza de los santos
con su danza hechicera de ritmo,
curvos como senos y nalgas
y el ombligo en el círculo.
Ha de ser porque el bien originario
es el ritmo, salto cuántico,
de una serpiente, con siseante
presencia de tumba’o.
Su onduleo vibra
para forjar el ascenso
al despertar el hombre.
¿Cómo cuadrar el círculo si antes
no entiendo como impulso del Bien
/ Amor / Conocimiento, tu matemática
más allá del Malkut, si antes
no te circulo como la noción primordial
de nuestras coparticipaciones?
De «Teth, mi serpiente»