A Doña Carmela, aquella viejita del pícaro riserío,
a las noches de dominó junto a ella


Alguno sabrá sobre la serpiente blanca
que rompió la ponzoña y su amargura oscura
y se enredó, peliaguda,
bajo el huipil del amor
en la mañana.

Es la que sigue siendo la nodriza, risa viva,
es también la plegaria más feliz, hijificadora.
Es Teth, con una cara que ama, ya viviéndote
al niño olímpico en desgracia, sin kairós.

Baubo se llama: quien abundancia de higos
dulcifica cuando ama, la que burla lo triste en el chamuyo,
la que en la casa de Celeo, deméter habla y pues, se cinga,
se magrea con más gusto, por cosecha
y se jode hasta la madrugada una vez que termina
el hornacho de la noche y se libera la serpiente,
Baubo vieja / Teth juvenil, la más sabrosa,
tan chistosamente jovial y tan berraca.

Alguien sabrá de Baubo, quien rompe la hostilidad
y canta, la guerra del placer y la energía.
A ella que fecunda la tierra, cochambrosa, y la lombriz
que crece en las braguetas.

De ella, la iniciadora de los sabios,
la que no pide como Hades / sacrificio,
ni ofrenda de jauto y tristes rostros,
la que bien comunica a los más tristes del mundo
que hay aún sol en las bardas y sirajo,
dulcificadora flor de río y hay pecesillos veloces
e inquilinos como un líquen interciliado
en lo profundo del matorral uterino de la amada.

2. La partera viene

Para ella, que nazcan los niños riendo con la madre,
pujando como amor lo discontínuo,
sacado a risa, aunque placentariamente
se eche al lado en el sistema vivo.

«Sé tú galopante, dáte solo a solo,
nalgas tuyas arriba. Ella que se ponga
culo abajo, pero bien trenzados los dos
como ondinas que disfrutan
un suave remolino con orgasmo; el dolor
que venga sólo con el parto;
pero voy a estar allí. No te preocupes.
Vamos a reirnos juntos, la parturienta
y toda la familia».

9-15-1990 / El hombre extendido


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