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Tema: Carta a mi nieta

  1. #1
    Poeta recién llegado
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    12 may, 09
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    Predeterminado Carta a mi nieta

    Querida Agustina:

    Tus padres me han pedido que relate lo acontecido el 8 de septiembre de 2006, fecha en que nos regalaras tu presencia entre nosotros. De todas formas, creo necesario que también cuente un poco los prolegómenos de ese bendito día, de modo que allí voy.
    Un mes antes de tu nacimiento, llegué a España para estar junto a tus padres en el momento de tu advenimiento. Llevaba conmigo un presentimiento muy fuerte, de que sería yo quien conduciría en automóvil a tu madre al hospital puesto que tu padre estaría alejado por razones de trabajo, y así fue.
    Disfruté mucho verte crecer dentro del vientre ese último mes de “horno”, viendo tus involuciones dentro de él, palpándolas ocasionalmente y también sintiendo los acelerados latidos de tu corazoncito. Me maravillaba de ver a mi hija madurando su fruto y cada día la encontraba más bonita, mas serena y con la convicción de que llevaba dentro de sí al ser más puro y sabio por nacer.
    Tu abuela Olga llegó a España un par de días antes de tu alumbramiento y compartimos la “aventura” de llegar en tiempo al hospital de Tarragona para que nacieras allí, dentro de las mejores condiciones que podíamos imaginar.
    La noche previa llevé a tu abuela al paseo marítimo de Calafell, para que lo conociera y también refrescarnos de un día muy caluroso. El aire nocturno tenía una humedad refrescante y el cielo nos regalaba una hermosa luna llena como pocas veces vista, la que se reflejada en el mar Mediterráneo acrecentando su fulgor de plata.
    ¿Sería esa la noche de las nueve lunas? ¿Vendría mi nieta en ese tobogán de luz? Ese pensamiento me hizo dar un chucho, tenía que ir cuanto antes de vuelta a la casa para ver como estaban mis niñas.
    Cuando llegamos encontré a mi hija muy tranquila, como aprontándose... Con su enorme barriga como escollo insalvable trataba de depilarse (hay que estar presentable, che), a la vez comenta:

    - Papá, perdí un poquito del tapón mucoso así que me voy a quedar quieta para ver si logro que Agustina espere el regreso del padre para nacer.

    No recuerdo mucho más del diálogo, pero si me quedó la convicción de que no faltaba mucho, que el trabajo de parto ya había comenzado. Me apresuré a acostarme para dormir y estar descansado ya que seguramente el día de mañana iba a estar medio agitado...

    - Papá, ¿vamos?
    - ¿Qué, ya está?
    - Sí.
    - ¿Qué hora es?
    - Son las 7 papá.
    - ¿Cada cuánto son las contracciones?
    - Cada tres minutos...
    - ¿Tienes todo pronto?
    - Si papá, vamos.

    Estuve pronto y fuera de la casa antes que las mujeres a pesar de haber sido el último en levantarme. Ya en el coche me fui enterando de que mi hija había tenido contacto telefónico con su marido, que se había duchado y otros menesteres mas, esperando a último momento para despertarme.
    El día pintaba espectacular, la mañana algo fresca todavía me recordó su luna llena y entramos en ese sendero de plata para ir en un extraño éxtasis al acontecimiento.
    Mientras conducía el coche trataba de recordar de alguna manera las vagas imágenes que tenia en mente acerca de la entrada a la ciudad de Tarragona y trataba de visualizar una esquina en la que debería doblar y encontrar luego de algunas cuadras el Hospital Juan XXIII, pero tenía unos cuantos kilómetros por delante para pensar en el asunto, algo menos de 30. También rondaba por mi cabeza que había una llegada más rápida por autopista y que para tomarla tenía que encontrar una rotonda donde hubiese un cartel diciendo Roda de Bará (o algo así, al verlo lo identificaría), tomaría esa dirección y me llevaría a otra rotonda con salida a la autopista. Tomé la rotonda con el primer cartel, lo vi, calculé es la tercer salida, y sin dudarlo me metí en la cuarta creyendo que era la tercera. Para mi sorpresa íbamos entonces por la mismísima carretera que veníamos, la N340. La cosa no me preocupó demasiado, de todas formas tenía mas claro entrar a Tarragona por esta misma vía, podría demorar unos cinco minutos mas en tan poca distancia, pero nada mas.
    Mientras conducía, tu abuela Olga con reloj en mano cronometraba las contracciones de tu madre. Ya son cada dos minutos y medio decía y yo me imaginaba asistiendo un parto perfecto a un costado de la carretera, sólo faltaba que se me dijera que había roto la “bolsa de aguas” para realmente preocuparme un poquito en tal asunto.
    Tu madre iba muy serena, jadeaba en el momento preciso y no se quejaba de nada, llevaba un rostro que denotaba a pesar de todo, una expresión de gozo y alegría por la inminencia de encontrarte en breve del lado de afuera. Además, creo que iba más atenta que yo al tránsito vehicular como también a la entrada de la ciudad.
    Los cinco minutos calculados se acrecentaron, a los dos kilómetros de andarla nos encontramos con un atasco que nos llevó a paso de hombre por unos 10 minutos que se nos hicieron eternos, sólo pude adelantar dos o tres autos en forzadas maniobras de las que desistí al notar que además tenía por delante tres inmensos camiones uno tras otro, imposibles de rebasar teniendo en cuenta el tránsito contrario que venía muy rápido.
    En determinado momento, el andar se empezó a dar más ágil hasta que recobró la normalidad y en pocos kilómetros mas encontré la bendita entrada a la ciudad. Obras viales indicaban un desvío por unas laterales para luego poder retomar la avenida que nos llevaría hacia el centro. Por allí ya había transitado, hasta acá todo perfecto, la cosa era seguir los carteles indicadores, pero... alguno no vi, seguí la calle que me parecía correcta y prontamente nos encontramos trepando un cerro por una senda estrecha bordeada de vegetación, sin posibilidad de marcha atrás, y lejos de ir hacia el centro de la ciudad iba hacia donde nunca me enteraré por cuanto dificulto poder retomar esos caminos. En la cima encontramos una casona grande y antigua, en buenas condiciones, a su costado nacía un amplio y hermoso camino bordeado de árboles de pequeñas hojas que dejaban pasar bastante los rayos solares en agradable media sombra, lo que daba una fuerte sensación de paz. Asocié la imagen con el Paraíso y pensé: es un buen lugar para parir.
    La soledad del lugar y su magnificencia sólo era interrumpida por la presencia de un camión del ayuntamiento, recolector de residuos de jardinería seguramente, el mismo no era muy grande y su lugar de carga era absolutamente cerrado y accesible por abovedadas puertas corredizas en la parte superior. Uno de los empleados se encontraba sentado en el lugar del acompañante, mientras que el chofer estaba a punto de subirse al mismo. Presuroso descendí del automóvil y me dirigí a quien estaba de pie:

    - Mi hija está de parto y debo llevarla al Juan XXIII, ¿me puede indicar el camino por favor?
    - Bueno, es un poco complicado, tiene que descender por donde vino y luego...

    En eso se baja tu abuela Olga, temblando como una vara, y con su voz entrecortada, agitando los brazos, pedía que nos condujeran hasta el hospital. Tu madre la serenó y logró hacerla entrar nuevamente al coche. El hombre que estaba sentado miraba la situación con ojos de no creérsela y mientras su compañero balbuceaba intentando explicarme el camino, tomó la iniciativa y le dijo: ven, vamos hagamos que nos sigan hasta allí.
    Ante tan savia decisión el hombre tiro sus guantes de trabajo en una cajuela lateral y velozmente se subió y partimos de igual forma. Descendimos el camino y serpenteamos por otros laterales bordeados de inmensos yuyos, lugares que otros vehículos no tomaban, eran cortadas que sólo ellos podían conocer fundamentalmente por su trabajo específico. Me costaba darle alcance por cuanto los nervios de la situación parecía que los habían asumido por completo.
    Así llegamos en muy poco tiempo a la zona del hospital y visualicé la entrada, detuve el coche en ella pero el camión siguió, en décimas de segundo comprendí que no era la entrada correcta y que debía aún seguir al camión que ya había doblado la esquina. Retomé presuroso el andar y en un instante estábamos en la mismísima puerta de emergencias. El camión se detiene un poco por delante de la misma para dejarnos exactamente sobre ella. No había terminado de detener la marcha cuando al unísono se abren las dos puertas del camión y sus ocupantes sincronizadamente ponen pie en tierra y con caras desencajadas se nos aproximan un poquito y preguntan si está todo bien.
    Hubiera querido agradecerles de una manera más efusiva, abrazarlos, saber como se llaman... en fin, las circunstancias no admitían mayores demoras por lo que mientras caminábamos el corto espacio entre el auto y la puerta sólo alcanzamos a decirles un “gracias muchachos” que quedó muy pequeño en comparación con el servicio que nos habían brindado, creo que en realidad fueron Ángeles de la Guarda disfrazados de empleados del Ayuntamiento... Ángeles difíciles de olvidar...
    Entramos al recinto hospitalario donde rápidamente me hice una composición de lugar, poca gente en sala de espera, una ventanilla con funcionaria incluida, donde debíamos dirigirnos, me doy vuelta y Olga que va y viene sin saber si detenerse o que, entre mi y tu madre que quedó un poco por detrás detenida en una contracción.
    Bueno, ya está, acá ya no tengo mas nada que hacer, debo sacar el auto del camino pensé y así se los hice saber y me fui a tal fin.
    Conseguir lugar para estacionar en las inmediaciones de este hospital que además de ser enorme es universitario no fue tarea sencilla. Luego de deambular un ratito pensé que sólo San Germain podría encontrarlo, y sabes qué, fue como mágico 30 metros por delante había un lugar, un lugar que no veía, pero allí estuvo...
    Caminé presuroso las seis largas cuadras que me separaban del hospital por la amplia avenida, disfrutando de un espléndido clima y del regalo visual que es Tarragona. Rápidamente encontré la sala de partos y a tu abuela sentadita, en la dulce espera.
    Yo quería estar con mi hija, alentarla en ese último tramo, tomarla de la mano, que sintiera que estaba con ella, que el padre no la abandona, porque el momento es sublime y es como prolongar nuestra existencia por a través de los tiempos. Sí, decididamente tenía que estar con ella por lo menos en esa etapa, en el parto no necesariamente aunque no lo descartaba. Toqué a la puerta y esperé, en unos largos segundos aparece una enfermera a quien le hago referencia de mi deseo de estar con mi hija y me dice que sólo el esposo, le expliqué que él estaba trabajando y lejos y que yo había llegado desde Uruguay para expresamente estar en esos momentos. Con una amplia sonrisa que me dejo con el mayor optimismo me dijo que esperara un poquito que lo iba a hablar. Pasaron unos tres minutos y abrió la puerta una señorona que, con el seño muy fruncido, me dice que lo lamentaba, que eran normas del hospital que sólo podían pasar los esposos, a lo que repliqué tendría que haber dicho que era el padre de la criatura, con lo que quedó como impactada para reponerse casi inmediatamente y decirme “pero no lo es” y dándose media vuelta me dejó resoplando mi indignación.
    Todo lo que pasó en esa sala de espera donde entraban parturientas y salían mujeres con sus criaturas, no viene demasiado al caso, pero la ansiedad y la falta de mate me hicieron buscar alguna máquina expendedora de refrescos. Luego de adquirir una botella de agua bien helada volví a la sala de espera y Olga no estaba allí. Aguardé un momento por si hubiera ido al cuarto de baño, pero mi ansiedad era mas fuerte para esperar mas y consulté a la gente por la señora que estaba allí sentada, entonces me dijeron que había salido en camilla una señora y su bebé y que ella se había ido con ellas... Nació, salió y el abuelo no estaba, qué papelón.
    En la puerta que se me negara el acceso me informaron que el parto fue buenísimo y que las habían mandado al cuarto piso, donde van todas las madres con sus bebés.
    Me embargaba una emoción tremenda, no sólo había nacido mi nieta Agustina, también nacía mi hija como madre. ¡Mi niña, madre!
    En pocas zancadas estuve frente a los elevadores y en un santiamén en el piso deseado... Hacia dónde, derecha o izquierda. Llantos de bebés me indicaron la izquierda y me sumergí en un ala del hospital un tanto extraña, como atípica, pregunté a la primera enfermera que vi y me dice acá no señor, aquí es pediatría, las madres están en el ala opuesta. No fue difícil después dar con la habitación 402, la última del pasillo.
    Entonces te conocí... entonces conocí a mi hija madre... Como un cuadro dibujado en la retina lo llevaré por siempre, Ambas en un íntimo contacto, piel con piel, pecho con pecho, la sonrisa de gozo de tu madre, tu expresión de paz y tu cabecita con gorro apenas por debajo de su mentón denotaba por su humedad tu calidad de recién nacida. Fue muy emocionante verlas, con lágrimas en los ojos las besé con mi mejor ternura, te di la bienvenida en un íntimo enhorabuena, luego te miré un poco más y fue como ver nuevamente a mi hija recién nacida. El color de tu piel, tus cabellos renegridos, tus ojos, la frente... la similitud era muy grande...
    También nos saludamos con tu abuela Olga, ambos con muchas lágrimas felices en nuestros rostros.
    Aproximadamente dos horas después te vinieron a buscar para asearte y vestirte, y casi enseguida llegó tu padre luego de un agotador viaje hacia tu encuentro y al reencuentro con tu madre. Fue muy conmovedor verlos abrazarse, fue muy conmovedor abrazarnos,
    Poco después te regresaron a la habitación y tu padre pudo saludarte, sostenerte en sus brazos y entrar en un éxtasis contemplativo sólo interrumpido por algún fotógrafo improvisado que no se quiso perder el momento.
    Más tarde tu padre regresó a sus obligaciones y algo después, casi en la tardecita volvimos a la casa con Olga, por lo que quedaron solitas disfrutándose.
    Al otro día volvimos a Tarragona para estar con ustedes y te diré que me volví a perder, no tan gravemente pero me perdí igual, pero eso a lo mejor será parte de otro relato, que éste terminó en el día de ayer.
    Besos, muchos besos para ti. Te quiere mucho,

    Tu abuelo

  2. #2
    Miembro del jurado. MODERADORA GLOBAL EN PROSA. Blogueros

    Avatar de ROSA
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    Predeterminado Re: Carta a mi nieta

    Preciosa y tierna narrativa,ese naciiento tan bello,me encanto leerlo me hiciste recordar algo mio.un abrazo

  3. #3
    Poeta recién llegado
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    Predeterminado Re: Carta a mi nieta

    Cita Iniciado por ROSA Ver mensaje
    Preciosa y tierna narrativa,ese naciiento tan bello,me encanto leerlo me hiciste recordar algo mio.un abrazo
    Gracias Rosa por tus expresiones. Recibe mi saludo fraterno.
    luis

  4. #4
    Las_damas_primero
    Invitado

    Predeterminado Respuesta: Carta a mi nieta

    Hermoso y con esa calidez que tienen los escritos que te conozco, espero leer más. Un beso

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