Las putas han venido a abrirme las venas en un día de otoño en la ciudad abierta y sin lamento. Lo que más echo en falta es que alguien con el nombre de Platero camine junto a mí. No importa el nombre de Platero en realidad, pero esas mismas señoras de saldo y esquina son las que me convencen de que mi tristeza no tiene un precio.

Necesito un compañero más que a mi bebida y mi lápiz a las cuatro de la mañana que sepa decirme ‘no’ en un arrebato jadeante. No a las bocas que siembran las avenidas de la muerte; no a escribir poemas a los labios que habitan sin llave en el hostal; no a la callada inocencia que espero que rescate la mujer que se mete en el vagón de metro. Es tu parada, te bajas en el centro. Y no eres puta.


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