La impudicia me vistió blanco,
como quiso, para ser olvidado,
y fui extrañamente por todos visto,
espiga que se volvió quebradiza
bajo un sol de días quemados.
Clama dolor, no parará
hasta dejarlo todo arrasado,
mira si podrás cortar sin comparar
las dos palomas negras de mis manos
que jubiladas ya, dormitan en verano.
Soy como quisiste que fuera
una sombra, y por ti me encuentro
ahora, como perro viejo, siempre a
la voz del amo, en tu centro,
con cadena, bozal y encadenado.
Me tienes por olvido
como del que nunca se habla
olvidado, como castigo escrito
a fuego frío, vivir estando muerto
viviendo entre los vivos.
Despertaré en el eco repetido
con risa cínica y sorda,
cal viva que llega al hueso,
en el mandamiento torcido
de un Dios autista, rendido
en la hora invisible del final
de tu hoja caída, seca.
Ya es hora que mi sombra
se ciña junto a ti y embutaba
la hora fría, estrella que amanece
sola, ¡mirame! Soy tu muerte
y vengo a cobrarte la vida...no estas sola.
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