La violación de Lucrecia
William Shakespeare

Versión lírica de Ramón García González



La violación de Lucrecia






Primera parte

De la sitiada Ardea, apresuradamente,
impulsado por alas de un infame deseo,
abandona Tarquino su ejército romano
y lleva hacia Colatio, el mal fuego sin lumbre,
que oculto entre cenizas, acecha ese momento 5
de lanzarse y ceñir con llamas la cintura
de la casta Lucrecia, amor de Colatino.


Quizá aguzó el deseo el nombre de la casta
su embotado filo despertó su lujuria,
cuando el buen Colatino, quizá imprudentemente, 10
no dejó de alabar la mezcla rosa y blanco
que fulgía triunfal en su felicidad,
donde luces mortales, igual a las del cielo
a él sólo se le daban en peculiar encanto.


Pues la noche anterior, hablando con Tarquino, 15
le había descubierto su tesoro de dicha,
esa inmensa riqueza donada por el cielo,
al poseer por siempre a su bella consorte,
cotizando su dicha a tan alto valor,
que podían los reyes casarse con más glorias, 20
pero ni rey ni par con dama parecida.


¡Oh, clamorosa dicha, gozada por tan pocos
y que apenas se obtiene se esfuma y se termina,
cual plateado rocío fundido en la mañana
con los primeros rayos del resplandor del sol! 25
¡Oh, plazo que ya expira antes de su comienzo!
La honra y la belleza en los brazos del dueño
son débiles defensas para el pérfido mundo.


La belleza, por serlo, resalta sin ayudas
a los ojos del hombre sin pregonar su fama: 30
¿para qué es necesario hacer su apología,
de una cosa por rara, siempre tan singular?
¿por qué Colatino, el público orador
del valor de su joya, que debió proteger
de oídos de raptores por ser su bien preciado? 35


Tal vez hacer alarde de la bella Lucrecia,
sugestionó a este infame, primer hijo de rey,
que por nuestros sentidos, se tienta al corazón.
O tal vez fue la envidia de prenda tan valiosa,
que sin igual retaba toda ponderación, 40
la que picó en su mente y un súbdito gozara
de un lote tan dorado, que para sí quisiera.


Mas sea lo que fuere, su osado pensamiento,
le instigó con la prisa y sin mediar razones
de honor o de linaje, de asuntos o amistad, 45
olvidándolo todo, se alejó raudamente,
para apagar la brasa que en hígado ardía.
¡Oh falso arder envuelto en helado pesar,
primavera marchita que no envejece nunca!


Cuando llegó a Colatio, este pérfido noble, 50
Fue muy bien recibido por la dama romana,
en cuya faz luchaban, virtudes y belleza
¿cuál de las dos tendría mejor reputación?
Al loar la virtud la otra enrojecía
y si esta se jactaba del rubor, por despecho, 55
la virtud lo borraba con palidez de luna.


Mas sabe la belleza, que recibe su albura
de palomas de Venus y acepta el bello reto;
la virtud le reclama su carmín a la otra,
pues fue un préstamo dado a las edades de oro, 60
para servir de escudo a rostros plateados,
enseñando su uso al rubor que defiende
de todas las vergüenzas, la dulce palidez.


Este blasón tenía el rostro de Lucrecia
el rojo de belleza y el blanco de virtud; 65
respectivos colores de su real poder,
probando su derecho desde el Génesis mismo,
mas su ambición le instiga a proseguir la lucha
y son tan soberanas estas dos combatientes
que intercambian sus tronos en cada nueva lid. 70


Esta silente guerra de lirios y de rosas,
Tarquino contemplaba en la faz de Lucrecia.
Entre las castas filas sus ojos se aposentan
y entre estas combatientes teme verse morir.
Ya vencido y cautivo el cobarde se entrega, 75
ante los dos ejércitos. Mas le dejan partir
antes que ver su triunfo, sobre un falso enemigo.


Ahora piensa que el verbo del elocuente esposo,
el pródigo avariento, que tanto la ensalzó,
a pesar de su esfuerzo, no explicó la hermosura, 80
pues esta, excede en mucho la estéril narración.
Así a las alabanzas de aquel fiel Colatino,
hechizado Tarquino, responde con su mente,
sin dejar de mirar con asombrados ojos.


Esta santa terrestre por Satán adorada, 85
sospecha poco o nada del falaz orador
que el noble pensamiento rara vez sueña el mal.
Las aves no apresadas no temen a las sombras,
por eso confiada le da la bienvenida
y acoge con respeto al príncipe de huésped, 90
cuya interior maldad, no refleja su aspecto.


Amparado se encubre en su elevada estirpe
ocultando sus fines entre pliegues reales.
Nada en él revelaba su lujuria y desorden,
si acaso la excesiva mirada de sus ojos 95
que abrazándola toda no le satisfacía,
pues, pobre en su riqueza, carece de abundancia
y hastiado de lo mucho aspira siempre a más.


Y ella que no compite con miradas extrañas,
no puede hallar malicia en la osada mirada, 100
ni leer sus secretos, aun siendo transparentes,
escrito en el cristal de semejante libro
y al no usar tentaciones no temía el anzuelo,
ni presentir siquiera en su falsa mirada,
ya que sólo veía unos ojos mirándola. 105


El le cuenta al oído, la fama de su esposo,
adquirida en los llanos de la fértil Italia
y cubre de alabanzas la gloria de su nombre,
ilustrando el valor del alto caballero,
de sus melladas armas y coronas de triunfo. 110
Ella expresa su gozo, elevando sus manos
y agradece en silencio los triunfos del marido.


Con fingidos pretextos que ocultan sus motives
se excusa el vil Tarquino de su impronta llegada.
Ninguna nube indica un tiempo de tormenta 115
en su divino cielo, ni ella presiente nada.
Pero al llegar la noche madre de los terrores-
derrama sobre el mundo sus oscuras tinieblas
y esconde en su cubil el luminoso día.


Para entonces Tarquino, reclamará un buen lecho, 120
simulando cansancio y fatigado espíritu,
pues después de la cena, alarga sus historias
a la casta Lucrecia, mientras la noche llega.
Lucha el sueño de plomo con las aladas fuerzas.
Es hora del reposo, excepto los ladrones 125
y mentes turbulentas en permanente insomnio.


Igual que estos, Tarquino, medita más que yace,
los peligros que encierra obtener su deseo.
Su voluntad resuelve conseguir su capricho,
débiles fundamentos le aconsejan ser cauto. 130
Desesperado insiste para lograr el éxito,
que el premio que le espera aunque la muerte implique,
bien merece el intento, sin reparar en nada.


Los que mucho codician se muestran tan ansiosos
por adquirir sus logros, que por lo que no tienen, 135
disipan y derrochan sus propias pertenencias.
Y en espera del más, obtiene siempre el menos,
o si en algo mejoran, el fruto de su esfuerzo
es tan escaso y pobre, tan lleno de inquietudes,
que arruinan su riqueza, pagando el interés. 140


La esperanza de todos es mantener la vida
con honor y con dicha en la edad del descenso
y es preciso lograrlo, salvando los obstáculos,
al exponer los bienes en falsas mutaciones.
Por el honor, la vida, en las crueles batallas, 145
o el honor por el oro y más cuando este entraña,
la muerte de los seres y todo lo perdemos.


Así, nos exponemos y siempre abandonamos,
aquello que tenemos por lo que ya esperamos
y hay en la odiosa fiebre de la vil ambición, 150
un oculto tormento: El de la mezquindad
de lo que poseemos, de suerte que olvidarnos
nuestro bien personal y faltos de razón,
reducimos las cosas por querer agrandarlas.


Una suerte gemela, padecerá Tarquino, 155
al pignorar su honor por su sed de lujuria,
para satisfacerse, necesaria es su ruina.
¿Dónde hallar la verdad si uno no cree en sí mismo?
¿Cómo espera encontrar justicia en un extraño,
cuando él mismo se pierde y sin razón se entrega, 160
a las lenguas infames y a los días más tristes?


Ahora el tiempo ha robado la vacilante noche,
donde un sueño pesado hace entornar los ojos.
Ninguna luz de estrella le presta claridad.
Sólo se escucha al lobo y el grito de los buhos, 165
Ha llegado el momento de poder sorprender
al cordero inocente. Duerme la mente en paz
mientras el ladrón vela sus armas de matar.


Tarquino, lujurioso, abandona su lecho,
sobre su brazo lanza bruscamente su manto 170
y se agita febril de deseo y temor.
El deseo le halaga y el temor le recela,
pero el honesto miedo, al conjuro del otro,
no le instiga ni apremia para que se retire,
batido en la violencia del más loco deseo. 175


Golpea con su espada un duro pedernal,
para hacer salir lumbre de la gélida piedra.
De esta manera enciende una antorcha de tea,
cual estrella polar de sus lascivos ojos.
Deliberadamente le dice a sí a la llama: 180
«Como he logrado el fuego en esta fría piedra,
forzare a que Lucrecia se rinda ante mi fuerza.»


Pálido de temores medita en ese instante
los peligros que encierra, su detestable empresa
y en su interior discute los males venideros, 185
que pueden por desgracia acarrear sus actos.
Mas arroja temores y sus ojos desprecian
la indefensa armadura de su voraz lujuria
y censura en justicia su injusto pensamiento.


¡Oh, mi brillante antorcha, no le preste la luz 190
al rostro de Lucrecia, cuya luz te supera!
¡Y, morid pensamientos sacrílegos que manchan
con vuestras impurezas, aquello que es divino!
¡Ofreced puro incienso, en su sagrada ermita
y dejad que los hombres aborrezcan la acción, 195
que empaña la modesta túnica del amor!


¡Oh, vergüenza del arma y de los caballeros!
¡Oh, deshonor innoble del familiar sepulcro!
¡Impiedad que encarcela a sus horribles daños!
¡Un hombre tan marcial, esclavo de este amor! 200
El valor verdadero debiera ser respeto.
Mas mi acto es tan vil, mi condición tan baja,
que quedará grabada para siempre en mi rostro.


¡Moriré y el escándalo ha de sobrevivirme,
hiriendo la mirada que vea mi armadura! 205
Inventará el heraldo la barra degradante,
que atestigüe el exceso de mi propio delirio
y mis hijos y nietos, también avergonzados,
maldecirán mis huesos para salvar su alma,
al desear que el padre nunca hubiera existido. 210


¿Mas qué gano si obtengo aquello que deseo?
Soñar, un soplo, espuma de un mal furtivo gozo.
¿Por gozar un minuto, llorar una semana?
¿Vender la eternidad por lograr un juguete?
Por un dulce racimo ¿quién a ruina una viña? 215
¿Qué loco pordiosero, por tocar la corona,
se expondría a morir por el peso del cetro?


Si viera Colatino en sueños mi intención
¿no se despertará y en una rabia loca,
correrá a este lugar a prevenir mis actos, 220
este asedio constante de su buen matrimonio,
este borrón de imberbe, percance de cordura,
virtud agonizante, superviviente mancha,
cuyo crimen arrastra una deshonra eterna?


¡Oh! ¿Qué excusa podrá imaginar mi falta, 225
cuando en justicia acuses de tan oscura acción?
¿Será muda mi lengua? ¿Mis piernas temblaran?
¿Se quedará al fin ciego mi falso corazón?
Cuando la culpa es grande, el temor es mayor
y llevado a ese extremo ni lucha ni se esconde, 230
sino que de terror muere, como un cobarde.


Si Colatino mata a mi padre o mi hijo
o tiende una emboscada para buscar mi muerte,
si no fuera mi amigo, quizás este deseo
de ultrajar a su esposa, tendría alguna excusa; 235
quizás en la vergüenza o lavar las ofensas.
Pero como es pariente y mi preciado amigo
la vergüenza y la falta no encontrarán excusas.


Que vergüenza si el hecho llegara a conocerse,
es vil, pero no existe, el odio si se ama. 240
Imploraré su amor, sabiendo que es de otro,
mas lo peor sería que ella me rechazara.
Mi voluntad es fuerte, mas mi razón es débil.
Quien teme una sentencia o el refrán de un anciano,
se deja intimidar por un cuadro pintado. 245


Irreprensiblemente, mantiene la disputa,
con la fría conciencia y al ardiente pasión,
hasta que al fin despide los buenos pensamientos
y estimula en su uso lo peor de su mente,
la cual en un instante, confunde y aniquila, 250
los impulsos honestos y van tan en vanguardia
que hasta lo vil parece una acción virtuosa.


Y se dice a sí mismo: «Ella fue afectuosa
y ha mirado en mis ojos buscando las noticias,
de algún nuevo desastre de la facción guerrera, 255
en la que bravamente luchaba Colotino.
¡Oh, cómo su terror la hizo ruborizarse!
Primero, como rosas, volcadas sobre lino
y luego como el blanco del lino sin las rosas.


Y ¡cómo fue su mano en la mía encerrada, 260
que me obligó a temblar como temblaba ella!
Esto la entristeció y se aferró más fuerte,
hasta que se enteró del bien del buen esposo.
Entonces. sonreía, tan dulce y tan alegre,
que si el propio Narciso así la hubiera visto, 265
nunca se hubiera ahogado por amor así mismo.


¿Por qué voy a la caza de pretextos o excusas?
El orador es mudo si litiga belleza
y al pobre desgraciado le remuerden sus faltas.
El amor no prospera si el alma tiene sombras. 270
La pasión me conduce por ser mi capitán
y si está desplegado el alegre estandarte,
el más cobarde lucha sin rendirse jamás.


¡Fuera, pues, pueril miedo! ¡Muere vacilación!
¡La razón y el respeto escoltan a los viejos! 275
Mi corazón, jamás, irá contra mis ojos.
Meditar lo pensado es trabajo de sabios,
mi papel es del joven que en escena los tira.
El deseo es mi guía. La belleza mi premio.
¿Quién teme, pues, hundirse, mirando su tesoro?» 280


Como el trigo se ahoga entre las malas hierbas,
la quietud se sofoca si media la lujuria.
Se desliza este príncipe con el oído atento,
con su esperanza infama y recelo febril.
Ambos son servidores de la vil injusticia, 285
que le turban con tantas, contrarias persuasiones,
que ora proyecta un pacto y luego una invasión.


Mas dentro de su mente, sólo existe Lucrecia
y en aquel mismo trono, se sienta Colatino.
Con uno de sus ojos adora a la más bella 290
y con el otro admira la fuerza del guerrero,
mas este no se inclina por atender razones
y trata de atraer al noble corazón,
el cual ya corrompido toma el peor partido.


Y entonces estimula sus serviles poderes, 295
los cuales halagados por su jocundo jefe,
le llenan de lujuria, como el reloj de horas
y creen en la audacia que el capitán le inspira,
pagando un homenaje más servil del que deben.
Locamente guiado por su infame deseo 300
va el príncipe romano al lecho de Lucrecia.


Los cerrojos que existen, entre alcoba y deseo,
forzados por su ira, retiran sus escudos,
pero al dejarle paso critican su maldad
con su rechinamiento. Apenas reflexiona: 305
Los cerrojos chirrían advirtiendo mi paso,
nocturnas comadrejas, chillan cuando me ven,
me asustan, mas no sabe, que doy pavor al miedo.


Cada vez que una puerta le franquea la entrada,
a través de rendijas, de puertas y balcones, 310
quiere el viento apagar su antorcha y detenerle
y le sopla en los ojos el humo que despide
tratando de que muera la claridad que guía.
Su ardiente corazón, abrasado en deseos,
aviva con un soplo la luz de aquella antorcha. 315


Con la luz reanimada, acierta a descubrir,
un guante de Lucrecia, donde prende una aguja,
lo coge de la estera en que está abandonado
y al tomarlo, la aguja, le aguijonea un dedo,
como para decirle: «Este guante no usa 320
de juegos tan lascivos, vuelve atrás raudamente
ya ves que somos castos, por ser de la señora.»


Los frágiles obstáculos no logran detenerle,
e interpreta el reproche en el peor sentido:
Puertas, vientos y guantes apenas le retardan 325
y tal como accidentes que le prueban, los toma.
O el resorte que impulsa la hora del cuadrante
y retardan el tiempo que miden con su marcha,
porque cada minuto quede en paz con su hora.


¡Bah! dice, estos obstáculos son para mi aventura, 330
como fugaz helada en primavera,
para añadir encanto a los hermosos días
y ofrecer a las aves la razón de su canto.
Paga con interés, la fatiga, sus prendas.
Las rocas, vendavales, piratas y mal tiempo, 335
son terror del que merca, su tesoro a su patria


Llega en este momento, al umbral de la alcoba,
que cierra a cal y canto el cielo de su mente.
Mas sólo hay un cerrojo que le impide la entrada
y separa en su busca el deseado objeto. 340
La impiedad le enajena a tal punto su alma,
que por lograr su infamia, incluso reza al cielo,
como si el cielo fuera cómplice de su crimen.


Mas en medio de aquella, plegaria infructuosa,
después de haber pedido la mediación divina, 345
que le otorgue a Lucrecia para gozar su infamia
y que en este momento los hados le consuelen,
se detiene y exclama: «¡Difícil es mi empresa!
los poderes que invoco, me repudian el hecho.
¿cómo podrán estar a mi lado en el acto? 350


Sean, pues, mis estrellas, mi amor y mi fortuna.
Mi voluntad se apoya en mi resolución.
El pensamiento es sueño, si no prueba su efecto.
El pecado más negro, la absolución lo limpia.
El hielo del temor el amor lo derrite. 355
Ciego se encuentra el cielo, la noche tenebrosa
cubrirá la vergüenza, tras el dulce deleite.»


Con su mano culpable, salta el leve pestillo
y abre con su rodilla de par en par la puerta.
La paloma ante el búho, duerme profundamente. 360
La traición, así obra, cuando no es descubierta.
Quien descubre la sierpe se aparta de su lado,
mas ella nada teme en su dormir profundo,
yaciendo a la merced de la mortal punzada.


Ya dentro de la alcoba el vil se precipita 365
y contempla aquel lecho, puro e inmaculado.
Corridas las cortinas, ronda a su alrededor,
sus insaciables ojos en sus órbitas giran.
Su alma se alucina por su enorme traición,
que da en seguida orden a la traidora mano, 370
para apartar la nube que esconde al bello sol.


Igual que el reluciente sol de rayos de fuego,
que supera las nubes y ciega nuestros ojos,
corridas las cortinas, los ojos de Tarquino,
parpadean cegados por una luz mayor. 375
Quizás el resplandor que emana ella dormida,
ofusca su mirada o un resto de pudor,
mas están tan cerrados que al abrirlos se nublan.


¡Si se quedaran ciegos en su oscura prisión!
Quizás hubiera visto el fin de su maldad 380
y hubiera Colatino, reposado a su lado
tranquilo y confiado en su honorable lecho.
Pero es preciso abrirlos y matar esta unión
y que la santa esposa abandone su dicha,
su alegría, su vida y su goce del mundo. 385


En su mano de lirio, descansa su mejilla,
como impidiendo el beso de la legal almohada,
que airada ante el desprecio, se divide en dos partes,
buscando en las orillas la gloria que le falta.
Entre las dos colinas sepulta su cabeza 390
y tal así se ofrece, cual virtuosa estatua,
al libertino ojo del profano Tarquino.


Su otra mano se posa, fuera del dulce lecho,
sobre la colcha verde y su albura perfecta
es una margarita de Abril sobre la hierba, 395
con el sudor perlado, cual rocío nocturno.
Son sus ojos, caléndulas, cerradas a la luz
y engastados en sombras, confiados reposan,
hasta que en su abertura se adorne el nuevo día.


Sus dorados cabellos, jugaban con su aliento. 400
¡Oh, castidad lasciva! ¿Apasionada casta!
Tal lucía la vida sobre el mapa mortal
y la sombría muerte, sobre el último aliento.
En su tranquilo sueño, las dos eran hermosas,
como si no existiera rivalidad alguna 405
y la vida y la muerte, vivieran hermanadas.


Sus senos como globos de marfil azulados,
inmaculados mundos, aun sin conquistar,
no saben de otro yugo, que el de su buen señor
y bajo juramento, le eran fidelísimos. 410
Estos mundos engendran la ambición de Tarquino
y usurpador se acerca su instinto criminal
a derrocar del trono a su fiel propietario.


¿Qué podía mirar, que mitigue el deseo?
¿Cómo amainar su anhelo, sin codiciar el mal? 415
Todo cuanto contempla le produce delirio
y su voraz mirada se ceba con sus ansias.
Hay más que admiración en aquello que admira:
Las azuladas venas, el cutis de alabastro,
sus hoyuelos de nieve y el coral en sus labios. 420


Como el león furioso que juega con su presa,
cuando el hambre se calma con la fácil conquista,
así, Tarquino, goza, ante el alma dormida
y su feroz deseo se calma con la vista
aunque no se contiene, porque estando a su lado, 425
sus ojos que demoran su propia rebelión,
excitan a su sangre a un tumulto mayor.


Estímulos esclavos del mísero pillaje,
cual vasallos curtidos por brutales proezas.
Asesinos que gozan con toda violación, 430
sin respetar el llanto de niños ni de madres,
se inflaman con su orgullo esperando el ataque:
Su corazón latiendo, da la señal de alarma,
advirtiendo cautelas en la fogosa carga.


El latir de su pecho ilumina sus ojos 435
y su ardiente mirada es guía de su mano.
Orgullosos los dedos de tanta dignidad,
humeantes de orgullo, toman sus puesto armado,
en el desnudo pecho del dulce territorio.
La mano va escalando las venas hacia el seno, 440
que pálidas se esfuman por las erguidas torres.


Las venas se dirigen al tranquilo aposento,
donde duerme y reposa su dueña y soberana,
advirtiéndole al punto del inminente asedio.
Asustada la dama por los confusos gritos, 445
bruscamente despierta con asombrados ojos
y al tratar de mirar el confuso tumulto
se sienten deslumbrados por la humeante antorcha.


Figurarse a Lucrecia en la profunda noche,
arrancada del sueño por la horrible visión, 450
de un lúgubre fantasma sin saber si es real,
cuyo horroroso aspecto le hace temblar el alma.
¡Qué terror! Pero ella aun siente más terror,
pues, salida del sueño, claramente distingue,
la aparición que vuelve su sueño realidad. 455


Confundida y envuelta por miles de temores,
como un pájaro herido por la certera muerte,
no se atreve a mirar mas ve en su parpadeo,
los terribles espectros que raudamente pasan.
Piensa que estas visiones, son sueños del cerebro, 460
furioso al ver que el ojo se oculta de la luz,
castigando su sombra con visiones peores.


La mano de él, que aun yace, sobre el pálido seno.
¡Rudo ariete que arroya, semejante muralla!
Nota su corazón. ¡Pobre esclavo asustado! 465
Que herido ya de muerte, se levanta y derrumba,
golpeando la mano que saquea su cielo.
Tarquino hierve en rabia sin la menor piedad,
tratando de abrir brecha en la dulce ciudad.


Primero a trompetazos, comienza con su lengua, 470
a hablar en son de paz a su tímida amiga,
la cual bajo la sábana, asoma su mentón
de albura y se pregunta la razón de este ataque.
El le explica las causas, con gestos, sin palabras,
mas ella le suplica que no existe razón, 475
ni motivo que albergue el color de su daño.


Tarquino le replica: «El color de tu cara,
que aun colérico hace palidecer al lirio
y enrojecer la rosa púrpura de vergüenza,
abogarán por mí y mi historia de amor. 480
Bajo ese colorido he venido a escalar
tu inconquistable torre; tuya, pues, es la culpa,
ya que han sido tus ojos los que a mí te entregaron.


Y quiero anticiparme si quieres engañarme:
Tu belleza es la trampa que ha tendido este lazo, 485
en la que tú, paciente, debes ceder al acto,
te eligió mi deseo a este gozo terrestre,
al que con mi gran fuerza, traté de dominar,
pero cuando el reproche y la razón lo matan,
la luz de tu belleza, le daba nueva vida. 490


También veo los males que ha de causar mi empresa
y sé que las espinas defienden a las rosas.
Un aguijón defiende el robo de la miel
y esto bien lo comprende la voz de mi prudencia.
Pero el deseo es sordo y no escucha el consejo, 495
pues sólo tiene ojos para ver tu hermosura
y al ver tanta belleza, va contra toda ley.


Aun en mi propia alma, esto lo he debatido
y el daño y la vergüenza y el dolor que ello engendra;
pero nada controla mi curso de pasión, 500
ni ha de parar la furia de su ciega salida.
Lágrimas de pesar, seguirán a este acto,
mil reproches, desdenes y enemistad mortal,
sin embargo, yo insisto en abrazar mi infamia.»


Dicho esto, va y blande, su romano jastial, 505
como un halcón que extiende en el aire sus alas,
cubriendo así a la presa con la sombra del vuelo.
Su pico la amenaza si trata de elevarse
y ella bajo el insulto de su espada romana,
oyendo lo que dice, se siente inofensiva, 510
como cuando las aves son presa del azor.


«¡Lucrecia!» exclama, loco, «te gozaré esta noche
y si tú me rechazas, me abrirá ese camino,
mi fuerza, que en tu lecho, trata de destruirte,
tras lo cual, mataré a tu mísero esclavo, 515
para quitarte vida y honra al mismo tiempo.
Después, le dejaré, en tus brazos inertes,
jurando darle muerte, cuando le vi abrazarte.


De esta forma tu esposo, si es que aun sobrevive,
será objeto de mofa de todo ser viviente. 520
Tus deudos, de vergüenza, no mirarán de frente
y todo tu linaje tendrá un nombre bastardo,
mientras que tú, la autora, de tu propia deshonra,
verás que tu delito será citado en rimas
y cantado por siempre por los niños a coro. 525


Mas si cedes, te juro, ser tu amante secreto
y una falta ocultada es sólo un pensamiento
y si un pequeño daño, alcanza un buen final,
es en cualquier política un empeño legal.
Cuántas veces, la hierba venenosa, se mezcla 530
con un compuesto puro, y una vez aplicada
la ponzoña en su efecto, por el se purifica.


Así, pues, por el bien, de tu esposo y tus hijos,
escúchame este ruego: no legues a tu dote,
la vergüenza que ellos, jamás podrán borrar, 535
la mancilla que nunca podrá ser olvidada,
cual marca del esclavo o cruz de nacimiento,
pues la señal del hombre, si la lleva al nacer,
son faltas de Natura, no de su propia infamia.»






Segunda parte

A este punto, sus ojos, son los del basilisco. 540
Se yergue vacilante y hace una breve pausa,
en tanto, ella, retrato de la piedad más pura,
como una corza, presa, en las garras de un grifo,
implora en un desierto, donde no existen leyes,
al infame que ignora la piadosa clemencia 545
y no obedece más que su voz traicionera.


Mas si una nube negra amenaza este mundo
y oculta entre su sombras los picos de las cumbres,
surge una suave brisa del vientre de la tierra
que arroja de las cimas el tenebroso humo, 550
e impide al dividirlos su eminente caída.
Así, su nerviosismo, retrasa sus palabras,
mientras Orfeo toca y Plutón parpadea.


Mas el gato nocturno en esto se entretiene
con el débil ratón debajo de su pata. 555
La insoportable escena calma su sed de buitre,
sima voraz que queda vacía en la abundancia.
Oye dulces plegarias que el corazón no admite
el permisible acceso a la más leve súplica.
La lujuria es impía y el llanto la endurece. 560


Los implorantes ojos de Lucrecia se fijan,
en los pliegues austeros del rostro de Tarquino.
Su modesta elocuencia se mezcla con suspiros,
la cual da más encanto a su breve oratoria.
Confunde con frecuencia los tiempos y el lugar 565
y en medio de una frase, se interrumpe su voz
y vuelve a repetir de nuevo su oratoria.


La mujer le conjura al poderoso Júpiter,
al linaje, al honor y al voto de amistad,
al repentino llanto y al amor de su esposo 570
a las leyes humanas y a la fe más común.
Por el Cielo y la Tierra, por el poder de ambos,
que por Dios se retire a su prestado lecho
y que pueda su honor calmar este delirio.


Aun le dice Lucrecia: «No pagues tu hospedaje, 575
con un acto tan negro como el que te has propuesto,
ni embarres a la fuente que te dio de beber,
ni rompas lo que nunca tendrá restauración.
Renuncia a tu propósito, antes de usar tu flecha,
que no es buen cazador, aquel que tiende el arco 580
para herir una gama si está el coto cerrado.


Si mi esposo es tu amigo, abstente de tocarme,
tu fuerza hará tu bien si logras dominarte:
Yo soy frágil y débil, no me tiendas tu lazo;
que tu rostro es sincero, por Dios, no me defraudes. 585
A torrentes mi aliento se esfuerza por huir.
Si alguna vez un hombre, se conmovió ante el llanto,
yo lo haré con mis lágrimas, suspiros y lamentos.


Reunidos todos ellos en turbulento océano,
baten tu corazón que te advierte el naufragio 590
y trata de ablandarlo con sus olas continuas,
pues, las piedras dispersas, se convierten en agua.
¡Oh, si no eres más duro que el mismo pedernal,
fúndete ante mis lágrimas y sé caritativo!
Que la piedad traspasa cualquier puerta de hierro. 595


Te creía Tarquino y en mi hogar te hospedé.
¿Usurpaste sus formas para así deshonrarlo?
Me quejo ante la corte celestial y su Dios,
de que dañas su honor y principesco nombre.
No eres lo que aparentas y si tú eres el mismo, 600
no aparentas quien eres, un dios, un soberano,
pues los reyes y dioses, gobiernan sobre todo.


¡Cómo se extenderá tu infamia en la vejez,
si florecen tus vicios antes de ser maduro!
Si por un mal capricho cometes un ultraje, 605
¿cuál será tu osadía cuando al fin te coronen?
Recuerda que ninguna acción si es deshonrosa,
si la hace un mal vasallo, jamás podrá borrarse
y el mal que hacen los reyes no se puede enterrar.


Te amaré en este acto, tan sólo por temor 610
y un monarca feliz, por amor se respeta,
has de ser transigente con el vil ofensor,
cuando te culpen reo de parecido ultraje.
Sólo por este miedo te debes retirar,
que un príncipe es espejo, escuela y el buen libro 615
donde el súbdito aprende a leer y ser hombre.


¿Y has de ser tú la escuela que enseñe la lujuria
y permitas lecturas de tus infames actos?
¿Has de ser el espejo que al verte nos descubra
la fuerza del pecado y el aval de la culpa 620
y que en tu nombre tenga el de honor disculpa?
Prefieres el desprecio al inmortal elogio
y hacer de tu prestigio una vieja alcahueta.


¿Tienes poder? En nombre del Dios que te lo ha dado,
guía a tu corazón por senderos de paz, 625
no desvaines tu espada en pro de la ignominia,
que te ha sido prestado para otros menesteres.
¿Cómo podrás cumplir tus deberes reales,
si el pecado te acusa de haber sido modelo
donde aprendió a pecar y tú fuiste su guía? 630


Medita solamente que circo vil sería,
contemplar tu presente en otro ser humano.
Las faltas de los hombres rara vez se les muestran;
que ahogan parcialmente su propios atropellos
y esta falta sería en tu juicio, sentencia 635
mortal para tu hermano. ¡Arropados de infamias
están los que desvían sus ojos de sus yerros!


A ti, claman mis manos, al cielo levantadas,
no a tu voraz lujuria confidente y osada:
Imploro el llamamiento de tu real destierro. 640
Déjale que regrese y olvida tus infamias,
que tu honor verdadero aplastará el deseo
y limpiando la niebla que te cubre los ojos,
al ver tu situación, te apiadarás de mí.»


«¡Termina!» exclama él, «mi indomable marea 645
se crece en los obstáculos y nunca retrocede.
La luz débil se extingue, mas la hoguera persiste
y hasta el cielo se encarga de acrecentar su llama:
Los arroyos le pagan a su salado rey,
dándole el agua dulce, una deuda diaria. 650
Aumentan su caudal, mas no alteran su gusto.»


«¡Tú eres!» ella exclama, «un mar rey soberano.
Mira como descargan en tus olas sin límites,
lujuria, deshonor, vergüenza y mal gobierno,
intentando manchar tu océano de sangre. 655
Si estos males menores trastornan tu virtud,
se encerrará tu mar en un seno de lodo
y ya jamás el lodo podrá en ti disiparse.


Reinarán tus esclavos y tú serás su siervo,
hundirán tu nobleza dignificando al vil, 660
tú infundirás su vida y ellos serán tu tumba.
Tú serás su vergüenza y ellos tu propio orgullo.
Las cosas más pueriles no ocultan la grandeza.
El cedro no se comba ante el pequeño arbusto,
que este se seca y muere en la raíz del cedro. 665


Deja pues, que tu mente, sierva de tu poder...»
«¡Basta ya!» grita él, ciego, «por Dios que no te escucho,
cede ante mi deseo o mi odio brutal
de pasión revestido, desgarrará tus carnes
y una vez que lo haga, te llevaré en mis brazos 670
al miserable lecho de tu humilde lacayo,
para hacerlo tu amante en tu infame destino.»


Después, pone su pie sobre la roja antorcha,
que la luz y el obsceno son eternos rivales,
y el crimen si se oculta en la cegada noche, 675
suele ser más tiránico cuando es menos visible.
Toma el lobo a su presa. La fiel cordera grita,
hasta que con su lana ahoga sus lamentos,
sepultando sus gritos entre sus dulces labios.


La sábana camera con su albura la cubre. 680
El trata de afisiar sus piadosos lamentos,
refrescando su rostro en las lágrimas castas
de tan púdicos ojos, rojos por el dolor.
¡Qué la lujuria infame manche lecho tan puro!
Si con llanto pudiera limpiar aquellas manchas, 685
Lucrecia, eternamente, estaría llorando.


Ella perdió una cosa más rica que la vida
y él quisiera perder la infamia que ha ganado
y este pacto forzado, engendra nueva lucha
y a este fugaz placer, meses de gran dolor 690
y el deseo se torna en un frío desdén
al quedar la pureza, despojada de todo.
La ladrona lujuria es más pobre que nunca.


Como el saciado galgo o el halcón satisfecho,
incapaz por su olfato o inútil para el vuelo, 695
persiguen lentamente o dejan escapar,
la presa que a su instinto le parece un deleite,
así, está el mal talante, del saciado Tarquino.
El manjar delicioso se le está indigestando
y su torpe vivencia devora su deseo. 700


¡Oh, crimen repugnante de cavernosa mente,
que sumerge y ahoga el apacible sueño!
El apetito ebrio vomita lo ingerido,
antes que considere su propia repugnancia.
Mientras lujuria impera, ninguna exclamación, 705
dominará su ardor ni reprime el deseo,
hasta que su insistencia caiga como un rocín.


Con lacias y con flacas y pálidas mejillas,
ojos y ceño grave y el paso quebradizo,
agotado el deseo, contenido y humilde, 710
como un pobre mendigo se queja de su estado.
Mientras se jacta el cuerpo, la virtud y el deseo,
luchan y se rebelan, mas si el vil se derrumba
el rebelde culpable suplica su perdón.


Esto es lo que sucede a este noble romano, 715
que gastó con su ardor el logro de su intento,
porque ahora pronuncia, contra sí esta sentencia:
De aquí a la eternidad me hallo deshonrado
y el templo de mi alma se haya profanado
y en sus ruinas congrega legiones de inquietudes, 720
que inquieren ¿cómo está? la ultrajada princesa.


Ella dice: «Mis súbditos en mala insurrección
han echado por tierra el curso sacrosanto
y por su mortal falta, reducido a servicio
a su inmortalidad, haciendo de ella esclava 725
de una muerte viviente y una pena perpetua;
a quien con su presencia, siempre tuvo ganados,
su voluntad imponen antes que su mandato.»


Con estos pensamientos a través de la noche,
es cautiva vendida que perdió en la ganancia, 730
arrastrando la herida que nunca sanará,
la cicatriz eterna que ya no admite cura,
que a su víctima deja vencida en el dolor.
Ella soporta el peso, que él, dejó a sus espaldas
y la carga por siempre de un alma pecadora. 735


Como un perro ladrón abandona la estancia
y ella como una oveja, queda allí palpitante,
él refunfuña y odia el acto y su pecado
y ella loca desgarra con su uñas sus carnes.
El huye horrorizado con un sudor culpable, 740
ella está maldiciendo tan horrorosa noche,
él corre y se reprocha tras el fugaz deleite.


El parte de la alcoba cual reo penitente
y ella se queda aislada, náufraga y sin consuelo,
él en su prisa anhela la luz de la mañana 745
y ella ruega no ver, jamás, la luz y dice:
«Porqué el día descubre las faltas de la noche
y mis ojos sinceros, no han aprendido nunca,
a encubrir las afrentas con su astuta mirada.


Ellos creen que otros ojos, no verán otra cosa, 750
que la misma desgracia que ellos mismos contemplan
y quieren siempre estar yaciendo entre tinieblas
y así guardar oculto su secreto pecado.
Por que si están llorando revelan su ultraje
y como el agua roe el acero, en mi cara, 755
grabarán sin remedio la vergüenza que siento.»


Así se queda ella contra la paz y el sueño
y condena sus ojos a una eterna ceguera.
Llama a su corazón, golpeándose el pecho,
para que salga a fuera, donde pueda encontrar, 760
algún seno más puro donde guardar su alma.
Frenética de pena, exhala así su mal
contra la indiscreción de la invisible noche.


«¡Oh, noche criminal, imagen del infierno!
¡Sombrío protocolo, notario de vergüenza! 765
¡Escena de tragedias y crímenes horribles!
¡Encubridor del caos y aya del pecado!
¡Ciega y turbia alcahueta! ¡Albergue de la furia!
¡Vil socavón de muerte! ¡Silente delatora
con la muda traición y el raptor de virtudes! 770


¡Odiada y negra noche, vaporosa y brumosa!
Ya que eres la culpable de mi incurable crimen,
reúne tus tinieblas y busca el nuevo alba
y haz guerra contra el curso del ordenado tiempo
y si tienes poder, para que el sol escale 775
hasta su mediodía antes de que aparezca,
teje con negras nubes el oro de su testa.


Corrompe la humedad el aire matutino
y sus inhalaciones hace ponerse enfermo
a la pureza viva y al soberano sol, 780
antes que alcance el astro su meridiana cúspide
y ponga en sus vapores las brumas más espesas,
y en sus filas veladas se ahogue la luz del sol,
y en vez de mediodía sea una noche eterna.


Fuera Tarquino, Noche, en lugar de su hijo, 785
mancharía a la reina de plateadas luces,
sus lucidas doncellas, también por él violadas,
no osarían mostrarse al seno de la Noche.
De este modo tendría mi dolor compañero
y un amigo en la pena, comparte los dolores, 790
que orando el peregrino hace breve el camino.-


Ahora no tengo a nadie que se azore conmigo,
que se cruce de brazos e incline al cabeza,
que se tape la cara y oculte su vergüenza;
sino que debo sola sentarme a padecer, 795
sazonando la tierra con mis salados llantos,
mezclando mis palabras con lágrimas y penas.
Sepulcral monumento de mi eterno lamento.


¡Oh, noche horno del odio y de espesos vapores,
que este celoso día no contemple mi cara 800
y que tu negro manto que todo lo oscurece
oculte el impudor que me ha desfigurado!
¡Conserva firme el acto de tu poder sombrío,
porque todas las faltas hechas en tu reinado,
puedan quedar a un tiempo en tu sombra enterradas! 805


¡Que el día no me tome con sus resoluciones!
Que la luz en mi frente me mostrará grabada,
la historia de mi dulce castidad derrotada,
el roto juramento del sacro matrimonio
y hasta el torpe iletrado, incapaz de leer 810
lo escrito en esos libros para su aprendizaje,
descubrirá mi sucia violación en mis ojos.


El aya al dulce niño le contará mi historia
y espantará su llanto nombrándole a Tarquino.
El orador corriente, para ataviar su verbo, 815
asociará mi oprobio con el vil de Tarquino.
Y el juglar en las fiestas cantando mi infortunio,
cautivará al oyente con mágica palabra:
Como el vil me ultrajó y yo al fiel Colatino.


Deja que mi buen nombre, mi impalpable prestigio, 820
quede sin mancha en nombre de mi amor, Colatino:
Si mi honor se convierte en tema de disputa,
llegará lo podrido a otro tronco distinto
y un injusto reproche le asignarán a él,
siendo tan inocente de este pecado mío, 825
como yo era de pura, para el fiel Colatino.


¡Oh, mi oculta esperanza! ¡Invisible desgracia!
¡Llaga que no se siente! ¡Intima cicatriz!
La vergüenza en la frente, mi Colatino lleva,
y Tarquino podrá leer desde bien lejos, 830
que fue herido en la paz y no lo fue en la guerra.
¡Cuántos seres soportan los vergonzosos golpes
que sólo saben ellos y el vil que los ha dado!


Si tu honor, Colatine, radicaba en mi honra
de mí, en violento asalto, ha sido arrebatado. 835
Mi miel está perdida y yo abeja holgazana
en mi panal no guardo el fruto del verano,
robado y saqueado por injuriante hurto.
En tu frágil colmena se ha metido una avispa,
consumiendo la miel que par ti guardaba. 840


Aun así soy culpable de tu honor naufragando,
sin embargo, en tu honor, agasajé a Tarquino
-viniendo de tu parte no podía negarme-
pues desdeñarlo fuera de mala educación.
Además se quejaba del cansado viaje 845
y hablaba de virtud. ¡Oh, maldad imprevista,
cuando ella es profanada por semejante diablo!


¿Por qué invade el gusano el virginal capullo?
¿O incuban los cuclillos en nido de gorrión?
¿O envenenan con fango los sapos a las fuentes? 850
¿O el dictador se oculta en el pecho más noble?
¿Por qué violan los reyes sus propias ordenanzas?
Será que lo perfecto nunca es tan absoluto,
que no admita impurezas o algo lo contamine.


El anciano que guarda en su cofre su oro, 855
plagado de calambres, de gota y de dolores
y apenas tiene ojos para ver su tesoro,
que semejante a Tántalo siempre está desmayado
y es inútil granero su ambiciosa cosecha,
no alcanzará otro gozo con su inmensa ganancia 860
que saber que no hay oro que cure sus dolencias


Así pues, la riqueza, ya de nada le sirve
y la deja al cuidado del ojo de sus hijos,
los cuales, abusando, piensan rápidamente
que su padre era débil y ellos mucho más fuertes, 865
para guardar sin prisa su bendita fortuna.
El deseado dulce, en ácido se torna,
desde el mismo momento que lo llamamos nuestro.


Impetuosas ráfagas van con la primavera,
hierbas malignas, mezclan, sus raíces con flores, 870
suele silbar la víbora donde cantan los pájaros,
lo que engendra virtud, la iniquidad devora.
No poseemos bienes que al fin nos pertenezcan,
pues el fatal azar o la oportunidad
acaba con su vida o altera sus valores. 875


¡Oportunidad! ¡Oh! ¡Enorme es tu pecado!
Tú eres la que ejecuta la traición del traidor,
tú guías a los lobos que atrapan los corderos
y al que piensa el delito le das hora y lugar,
tú maltratas la ley, la razón y el derecho 880
y en tu soberbia celda, donde nadie lo ve,
escondes el pecado que atrapa al alma incauta.


Haces a la vestal violar su juramento,
avivando la llama de su temperatura,
ahogas la honradez y matas la verdad. 885
¡Provocadora indigna! ¡Conocida alcahueta!
Tú siembras el escándalo y rompes el elogio.
¡Corruptora traidora, ladrona desleal,
tu miel se vuelve hiel y tu risa dolencia!


Tus secretos placeres conviertes en venganza, 890
tus festines privados en públicos ayunos,
tus lisonjeros títulos en despreciables nombres,
tu azucarada lengua en amargo sabor,
tu vanidad violenta no puede persistir.
¿Cómo puede ocurrir, vil Oportunidad, 895
que siendo tan nociva tanta gente te busque?


¿Cuándo serás amiga del suplicante humilde
y le lleve tu mano donde está lo que pide?
¿Cuándo darás la hora del fin de las penurias?
¿O liberas el alma del pobre encadenado? 900
¿O dará al enfermo el bálsamo que sane?
El pobre, el impedido, están clamando
tu ayuda, mas no encuentran esa Oportunidad.


El paciente se muere mientras duerme el doctor,
el huérfano desmaya y el opresor se sacia, 905
la lujuria está en fiesta mientras llora la viuda,
la prudencia se goza mientras la pus se extiende.
No concedes tu tiempo a la filantropía,
la cólera, la envidia, el rapto, el asesino,
escoltan como pajes tus horas más atroces. 910


Si virtud y verdad necesitan de ti,
siempre existen mil peros para obtener tu apoyo:
Te compran los favores mas no paga el pecado,
que se lleva de balde hasta tu complacencia,
de oírle y concederle aquello que te pida. 915
Mi pobre Colatino, pudiera haber llegado
en vez de ser Tarquino, mas tú le retuviste.


Por eso eres culpable de asesinato y robo,
culpable de perjurio, culpable de soborno,
culpable de traición, falsedad e impostura, 920
culpable de ese odio llamado vil incesto
y culpable, también, tu propia inclinación
de todo asesinato pasado o venidero,
desde la Creación hasta el Juicio Final.


Tiempo desfigurado, compinche de la Noche, 925
ágil sutil correo del horrible cuidado,
devorador de imberbes, doble falso del gozo,
vil asno del pecado, la trampa y la virtud,
que proteges la muerte y matas lo que existe.
¡Oh, vil Tiempo, escúchame, injurioso y traidor! 930
Sé reo de mi muerte por serlo de mi crimen.


¿Por qué. Oportunidad, esclava, has traicionado,
las horas que me diste para el feliz descanso
y destrozas mi dicha y me has encadenado
a una fecha sin tiempo y a este dolor perpetuo? 935
Debe el Tiempo inmolar los odios enemigos,
destruir los errores que engendra la opinión
y no gastar la dote de mi lecho legítimo.


Es la gloria del Tiempo calmar enemistades,
revelar falsedades y a la verdad dar brillo, 940
dar el sello del Tiempo a las cosas más viejas,
ser celador de día y de noche guardián,
maltratar al injusto hasta que entre en razón,
arruinar los palacios reales con sus horas
y cubrir con su polvo las torres más doradas. 945


Llenar los monumentos de carcoma y de ruina,
alimentar olvidos con todos los ocasos,
borrar antiguos textos y variar su lectura,
desplumar a los cuervos de sus alas más viejas,
secar al viejo roble y nutrir sus raíces, 950
llenar de orín el hierro forjado más antiguo
y hacer girar la rueda de la veloz Fortuna.


Mostrar a las abuelas las hijas de sus hijas,
hacer del niño un hombre y hacer del hombre un niño,
matar al fiero tigre que vive de la muerte, 955
domar al unicornio y al salvaje león,
mofarse del astuto y dejarlo timado,
gozar al labrador con la buena cosecha,
y destruir las piedras con la lluvia más fina.


¿Por qué causas el mal en tu peregrinaje, 960
si no puedes volver atrás y repararlo?
Ceder sólo un minuto en el tiempo de un siglo,
te donaría miles y miles de amistades,
dando prudencia al banco que presta al mal deudor.
¡Vuelve atrás una hora de esta terrible noche, 965
para en esta tormenta, evitar el naufragio!


Tú, lacayo inmortal de la perennidad
a Tarquino en su fuga, detén con un percance;
inventa más allá de cualquier duda oculta,
algo por lo que jure contra esta noche infame, 970
deja que espectros cieguen sus impúdicos ojos
y que el cruel pensamiento de su villana acción
transforme cada árbol en un demonio informe.


Atiende su descanso con agobios constantes,
aflígele en su cama con postrados gemidos, 975
abrúmale las horas con accidentes graves
y cuando gima y clame no escuches sus lamentos,
lapídale hasta el alma con las piedras más duras
y las tiernas mujeres le pierdan con su amor
y le traten lo mismo que al tigre más salvaje. 980


Haz que el mismo se arranque sus rizados cabellos,
haz que sus ojos odien al mirarse a sí mismo,
haz que se desespere del alivio del tiempo,
haz que como un esclavo viva con su miseria,
haz que pida y que implore las sobras del mendigo 985
haz que vea al más pobre que vive de limosnas,
negarle con desdén los mendrugos que tira.


Haz que sus más amigos sean sus enemigos
y a los alegres locos mofarse cuando pasa.
Haz que note que es lento el paso de las horas, 990
cuando el dolor aprieta y que ágiles y cortos
sus tiempos de locura, sus horas de placer
y así que tenga siempre, su crimen innombrable,
tiempo para el lamento de haberlo derrochado.


¡Oh, Tiempo, eres tutor, de lo bueno y lo malo, 995
enséñame a insultar a tu alumno del crimen!
¡Deja que ante su sombra pierda el juicio el ladrón
y él busque a cada instante la hora del suicidio!
Sus manos miserables deben ser su verdugo,
porque, ¿quién es tan vil que quiera hacerse cargo 1000
de ser ejecutor de tan infame esclavo?


Él es tan miserable que aun viniendo de un rey,
mancha sus esperanzas con sus viciosos actos:
Cuanto más en el hombre, más poder tiene aquello,
que conquista su odio o su veneración. 1005
Cuanto más jerarquía, mayor es el escándalo,
si el cielo está nublado la luna no se ve,
mas la estrella pequeña se oculta donde quiere.


Puede bañar el cuervo sus alas en el fango
y al volar con su lodo, pasar sin ser notado, 1010
mas si el cisne en su albura deseara lo mismo,
la mancha quedaría en sus alas de plata.
Ciega noche es el paje y el rey glorioso día,
cuando vuela el mosquito no se nota su vuelo,
pero todos los ojos se fijan en las águilas. 1015


¡Fuera inútil palabra, servidoras de tontos!
¡Sones defectuosos, debilitados árbitros!
Ocupad vuestro tiempo en aulas y senados,
discutid donde estúpidos se divierten hablando.
Al temor del cliente servir de mediadoras. 1020
Para mí estas razones, me son polvo de paja,
pues mi caso está fuera del amparo legal.


En vano insulto a coro a la Oportunidad,
al Tiempo, al vil Tarquino, a la lúgubre Noche,
en vano armo estos pleitos contra mi propia infamia, 1025
en vano he rechazado mi confirmada pena,
este humo de palabras, no me hace ningún bien
y el único remedio que puede darme cura,
es derramar mi sangre odiosa y corrompida.


¡Oh, mano! ¿Por qué tiemblas oyendo este decreto? 1030
Hónrate con librarte de esta infame vergüenza,
pues, si muero, mi orgullo, contigo vivirá,
mas si a esto sobrevivo, vivirás en mi infamia.
Puesto que no pudiste defender a tu dueña
temiendo desgarrar al criminal rival, 1035
mátate y mátala, por así haber cedido.»