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Luis Miguel Rubio Domingo
La ciudad en la que nací ha venido sufriendo, desde finales de los años 90 del siglo pasado, una serie de transformaciones tan radicales que es imposible no reconocer los resultados. Como ya no vivo en ella y en todos estos años la he frecuentado muy poco, en cada visita vivo personalmente la sorpresa que tal mejora suele provocar en los viajeros ocasionales.
La Historia de la ciudad ha proporcionado, desde los primeros asentamientos romanos, una lista de recursos que solo en las cercanías del S. XXI se han transformado en productos turísticos. Vivimos en la civilización del simulacro y nada de lo que es “es” nada si no lo parece.
Las autoridades emprendieron en esa época una serie de actuaciones destinadas a crear polos de atracción turística de primera magnitud y a mejorar el acceso a polos de atracción secundaria. Idearon un plan muy ambicioso en el que no dejaron ningún lugar de la ciudad sin planes de intervención destinados a mejorar la imagen. La financiación para tan grandes proyectos se obtenía a través de la colaboración de las cajas de ahorros en cuyos consejos de administración se hallaban presentes con sus mayorías políticas. También, a través de facilitar la especulación urbanística. Eso que, para resumir, se ha llamado la burbuja inmobiliaria.
La ciudad cambió. Los monumentos se restauraron, se embellecieron, se tematizaron. La ciudad se museizó. Luego, le llegó la hora a los grandes eventos: la 32ª Copa de América, que modificó la fachada marítima, en cuyo trazado pudo ubicarse el circuito para la Fórmula Uno. O la visita del Papa, de cuya organización se beneficiaron ilegalmente entes privados y partidos políticos. Simultáneamente, aparecían nuevos barrios residenciales, como el de la avenida de Alfahuir, situado entre barrios secularmente deprimidos, en los que no era necesario intervenir, porque la proximidad de esas nuevas construcciones, a menudo enmarcadas en recintos de seguridad, añadía valor a sus viejas viviendas. La gente es feliz contemplando la bonanza de los demás. Adam Smith decía eso en La riqueza de las naciones.
Otros barrios históricos, antiguas anexiones de pueblos de la huerta, vivieron su propio esplendor. Las casas de su entramado urbano original fueron compradas por funcionarios públicos, por nuevas clases medias comprometidas con las bellezas de la ciudad. Así se explica la espectacular recuperación de barrios y pueblos enteros cercanos a la urbe, como por ejemplo Benimaclet, Benicalap ,Rocafort o Godella. Esos lugares han conservado sus casas antiguas a través de hipotecas que han suscrito ciudadanos particulares, muchos de ellos en riesgo de engrosar hoy las filas del paro.
El lecho del río Turia, el mayor jardín urbano de España, formado por un arco de ocho kilómetros de longitud que va desde el nuevo parque zoológico hasta el barrio de Nazaret, ha visto crecer su vegetación y ha mejorado sus equipamientos deportivos, culturales y lúdicos. La ciudad de las Artes y las Ciencias, un complejo científico y artístico enclavado en dicho lecho verde, es la admiración de los turistas, con todos esos edificios de perfiles orgánicos y esos jardines que han costado algo más de 1.300 millones de €. La capacidad, por ejemplo, de las salas destinadas a ópera es tal, que si se celebrara un festival que la aprovechara al cien por cien, sería capaz de albergar toda la oferta operística que se produce en España en un mismo año, incluyendo la que se realiza en Bilbao, Barcelona, Madrid, Sevilla y las Palmas de Gran Canaria. Es un lugar claramente sobredimensionado.
La oferta complementaria ha sido cuidada con mimo. Edificios renacentistas, ruinas romas, iglesias barrocas, conventos, iglesias, claustros. Todo ese esplendor hace exclamar al viajero: ¡Qué bonita está Valencia! ¿Cuál es el precio que hemos tenido que pagar para conseguirlo?
Tras un siglo de poder financiero local, las cajas de ahorros valencianas han desaparecido o han sido nacionalizadas. Ayer mismo, el gobierno valenciano pidió al gobierno central el rescate, provocando una respuesta de los mercados muy negativa. La prima de riesgo superó los 600 puntos básicos y el bono a diez años el 7, 25%, unos intereses insostenibles. Eso sí, Valencia está preciosa. Están todos ustedes invitados.
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