scfranklin
Poeta recién llegado
AGONÍA PERPETUA
Siento que mi efímera existencia se degrada
desde el entresijo más sombrío de mi desconsuelo.
Mi pobre alma apacible huye al verse mutilada
disimulando en la maleza y sollozando al frio suelo.
Mendigo el albor desde la lejanía de mi penumbra,
torturado tal vez por la máscara que trasteo.
¡Esperen, veo puertas!, pero no hay quien las abra
¿Cómo sobrevivir entonces? Donde ni llantos balbuceo.
El hedor a nostalgia siento hasta en mi almohada,
correr es inútil cuando me asfixian los pensamientos.
El frio que abrigo es ¡infernal! Y de encrucijada,
que siento expirar a cada momento y en muchos lamentos.
Arraigado llevo el dolor en mis temores y repudios,
y en mi más lúcido juicio solo me queda verme a un espejo.
Mi ser se resigna desesperadamente solo a emular gerundios,
lucho para sortear barullos pero suelo quedar perplejo.
Las memorias me persiguen pisándome los talones,
¿huir? ¡Cómo!, si yacen en el alma desgarrándome la carne.
Percibo de poco en poco que mi vida se ve entre telones,
solo el instintivo acto de respirar hace que me encamine.
Lo inmaterial pasa a ser espeluznantemente materia,
ocasionando cauces en el rostro y presión en el pecho.
Tengo la sangre agria y melancólica por tanta histeria,
la cacería es incesante y no existe la razón solo el hecho.
Temo perder mi ser y esta a su vez teme dejar su alma,
¡Que me quedaría entonces! Sino la vacuidad absoluta.
Frustrante son mis ojos al no ser ventanas de amalgama,
originando zozobra y confusión que solo me insulta.
Siento que mi realidad se desvanece como concepto,
donde mi inconsciente suplica una cuerda pero no acentúa.
Caigo en una leve pausa que dura un siglo de desconcierto,
¡anhelo el éxodo!, porque salir quiero de esta agonía perpetua.
Siento que mi efímera existencia se degrada
desde el entresijo más sombrío de mi desconsuelo.
Mi pobre alma apacible huye al verse mutilada
disimulando en la maleza y sollozando al frio suelo.
Mendigo el albor desde la lejanía de mi penumbra,
torturado tal vez por la máscara que trasteo.
¡Esperen, veo puertas!, pero no hay quien las abra
¿Cómo sobrevivir entonces? Donde ni llantos balbuceo.
El hedor a nostalgia siento hasta en mi almohada,
correr es inútil cuando me asfixian los pensamientos.
El frio que abrigo es ¡infernal! Y de encrucijada,
que siento expirar a cada momento y en muchos lamentos.
Arraigado llevo el dolor en mis temores y repudios,
y en mi más lúcido juicio solo me queda verme a un espejo.
Mi ser se resigna desesperadamente solo a emular gerundios,
lucho para sortear barullos pero suelo quedar perplejo.
Las memorias me persiguen pisándome los talones,
¿huir? ¡Cómo!, si yacen en el alma desgarrándome la carne.
Percibo de poco en poco que mi vida se ve entre telones,
solo el instintivo acto de respirar hace que me encamine.
Lo inmaterial pasa a ser espeluznantemente materia,
ocasionando cauces en el rostro y presión en el pecho.
Tengo la sangre agria y melancólica por tanta histeria,
la cacería es incesante y no existe la razón solo el hecho.
Temo perder mi ser y esta a su vez teme dejar su alma,
¡Que me quedaría entonces! Sino la vacuidad absoluta.
Frustrante son mis ojos al no ser ventanas de amalgama,
originando zozobra y confusión que solo me insulta.
Siento que mi realidad se desvanece como concepto,
donde mi inconsciente suplica una cuerda pero no acentúa.
Caigo en una leve pausa que dura un siglo de desconcierto,
¡anhelo el éxodo!, porque salir quiero de esta agonía perpetua.
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