Bajo unos dulces acordes de violín,
se apagó la luz de la señora de la canción.
Último puerto, un estadio: El Campín,
en una Colombia cómplice de su función.
Bajo unos eternos acordes de violín,
con el corazón detenido en señal de duelo,
un ir y venir, entre llanto y terciopelo, un sin fin
de rosas para emprender su último vuelo.
Bajo unos tristes acordes de violín
y un gran cielo azul, un adiós roto,
manchado de cenizas, polvo y hollín.
En una inmensa pared, tu insinuante foto.
Bajo unos hirientes acordes de violín,
entre mariachis, con tu traje de charro añil
y el lirio blanco que cortaste en tu jardín,
con tus soberanos ojos en mar en calma de marfil.
Bajo unos incesantes acordes de violín…,
dejaste tu voz en el horizonte del mar
y aunque el mundo ruede en su festín,
enseñaste que hoy, se puede eternamente amar.
Bajo unos lluviosos acordes de violín,
hoy que lloran las rosas y México te canta,
duerme tranquila, hechizo de carmín,
que en pie se quedó tu garganta
bajo aquellos acordes de violín.
Los violines tocan con pulso de súplica sagaz
que eres más bonita que ninguna.
El recuerdo del olvido en una estrella fugaz
y la vida mirando cómo se esconde la luna.
Por eso, mañana, cuando el sol atraviese tu rocío,
el día, a la intemperie y entre lágrimas, llegará a su fin,
pues sin ti, el mundo no tiene más que quedarse vacío.
Y un día, cuando desde ahí arriba nos cantes
y sonrías dando brincos entre el mar y el suelo,
rimaremos dibujando tus sonrisas - como antes -
y aprenderemos, por fin, a morir. A morir mirando al cielo.