Chrix
Poeta que considera el portal su segunda casa
Me di cuenta que era de barro,
me deshice en la cascada de ternura,
desprendida inmadura del vástago de sus pestañas.
Yo no lloré sus lágrimas, pero dolieron
esos dulces domos de caramelo,
la tersura de su rostro jaspeado en chocolate.
Yo no fui piel de su invierno pero sentí el témpano
que lo abrazaba desprovisto de un abrigo.
Me mostró sus alas en su palma arrancadas de juguetes,
sembradas de inalcanzables sueños,
acaricio las cuerdas de mi respiración,
y mareó la saliva en la represa de mi garganta,
soltó su voz como un hacha filosa de infancia,
y yo que era río, enjugue la voz para callar.
-¿Amigo, le limpio el vidrio?
En el momento que vació su voz, yo ya lo estaba queriendo,
abracé su pequeño cuerpo con tanta fuerza que me hice
cartílago entre sus hueso,
mareado en su revuelto cabello, un segundo fue eterno.
En el desnivel brusco de mis años,
no tuve retorno sobre el cauce de inocencia
y caí estrepitoso hacia los descalzos pies pequeños.
-¡No hijo, ya me limpiaste el alma!.
Extendí mi mano sosteniendo el arma
que los mata a cada hora,
pero él dibujó su transparente sonrisa,
un billete en un mundo de monedas en migajas acuñadas,
el mismo que todos los días le da cachetadas...
y el dio su otra mejilla
para curar esta odiosa cuidad devastada.
Un semáforo sangra niños y todos cruzamos en rojo sus miradas.
me deshice en la cascada de ternura,
desprendida inmadura del vástago de sus pestañas.
Yo no lloré sus lágrimas, pero dolieron
esos dulces domos de caramelo,
la tersura de su rostro jaspeado en chocolate.
Yo no fui piel de su invierno pero sentí el témpano
que lo abrazaba desprovisto de un abrigo.
Me mostró sus alas en su palma arrancadas de juguetes,
sembradas de inalcanzables sueños,
acaricio las cuerdas de mi respiración,
y mareó la saliva en la represa de mi garganta,
soltó su voz como un hacha filosa de infancia,
y yo que era río, enjugue la voz para callar.
-¿Amigo, le limpio el vidrio?
En el momento que vació su voz, yo ya lo estaba queriendo,
abracé su pequeño cuerpo con tanta fuerza que me hice
cartílago entre sus hueso,
mareado en su revuelto cabello, un segundo fue eterno.
En el desnivel brusco de mis años,
no tuve retorno sobre el cauce de inocencia
y caí estrepitoso hacia los descalzos pies pequeños.
-¡No hijo, ya me limpiaste el alma!.
Extendí mi mano sosteniendo el arma
que los mata a cada hora,
pero él dibujó su transparente sonrisa,
un billete en un mundo de monedas en migajas acuñadas,
el mismo que todos los días le da cachetadas...
y el dio su otra mejilla
para curar esta odiosa cuidad devastada.
Un semáforo sangra niños y todos cruzamos en rojo sus miradas.
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