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Labrando la lobreguez estática,
silente,
eclesiástica solitud,
senectud omnipresente,
el fuego regurgita nuestro presente,
para crepitar como carbón,
como cenizas blanquecinas,
petrificadas,
como nubes que brillan,
admirando al entorno consumirse,
danza necrótica de luz y vaho...