Todavía discurre clara
el agua que baja
por la vieja acequia
para regar los surcos
que cuidadosamente
labraba el campesino.
Nada queda de la algarabía
de chiquillos corriendo
alrededor de los manzanos,
ni de los tordos negros
volando, de rama en rama,
entre los cerezos.
Por aquellos huertos...