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Sé cuál es la condena de mis textos borrados, donde comparten destinos no tan diferentes a los míos, yo mismo los he cruelmente censurado, abandonados solo por no poder estar contigo.
Me tocan la puerta varios invitados no deseados, como tristezas ya comprometidas con mi ser, muertos...
Apenas Eva recobraba la conciencia. Confusos episodios (¿previos al suceso?) le venían a la memoria. Cerca, un teléfono. Descolgó el auricular para pedir ayuda. Se dijo asimisma: «¿Atenderá el 911?». Pero era una línea muerta, como toda materia en aquel ámbito.