Se te cayó el sombrero
y el palomo de tu frente desplegó la escasa plata
de su fidedigna estrella
para trazar un rayo fugaz en el tiempo.
Empezabas a no estar tus pupilas:
te disolvías en tu mirada
que te miraba a los ojos desde ningún espejo.
Era Ella porque no había nadie.
Ella, la del...