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A veces siento que el pecho se agranda. Me siento feliz aunque sea por un momento. De repente me siento minúsculo, vacio, sin órganos que decoren el interior de mi cuerpo. A veces salgo a correr y creo que todo mejorará, aunque luego caigo rendido en una cama y no deseo levantarme. ¿No fuiste vos, acaso, la que dijo que el mal no perduraría? Pero perduró. Y al parecer no desea abandonarme. ¡Cuán importantes son las cosas, que ninguna desea abandonarme! Ni mis errores, ni mis miedos. Siempre están ahí asechando. Susurran en mi oreja y hablan desde patíbulos infernales donde la luz no se digna siquiera a brotar. Al parecer estoy solo desde que te fuiste.
Cuánta razón tenía el poeta maldito, que de tan maldito era un santo. No es el odio, ni la indiferencia el peor mal. ¡Hay un mal superior e infinitamente más destructivo y goloso de esencia humana!: El hastío. El maldito demonio perverso del hastío. Ese delicado monstruo que Baudelaire nos presenta formalmente antes de comenzar el camino de las flores malditas. Ese ser inhumano creado por nosotros, que nos aflige y nos hace retorcer en nuestra propia psiquis, ¡obnubilándolo todo sin una pizca de piedad! Se hace difícil pensar, incluso respirar cualquier bocanada de aire. Los músculos se vuelven blandengues y duelen. La cara se torna fría y los gestos antes hermosos y viriles se transforman en muecas horripilantes de goce. ¡El pensamiento yace anquilosado y se inclina servilmente ante este demonio!
A veces lloro sin siquiera conocer el motivo del llanto. A veces canto pensando que mi mente se liberará, pero nada logra salvarme de esta peste. La he visto surcar por el mundo, he visto como atrapa a todos: ricos, pobres, gordos, feos y hasta los mismos ángeles. ¿De qué sirve todo conocimiento y comprobación empírica, sí nada es posible para abatir semejante mal? Y por sobre todas las cosas, he visto como el tedio mastica mi razón, transformándola en incongruencias sin pies ni cabeza, a veces simplemente en datos atemporales que surcan en un océano de putrefacción razonante.
¡Cómo cuesta recordar! ¡Cómo cuesta recordarse! Como cuesta morir y no hacer nada desde que vos te fuiste.
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