Yo amarro mis demonios,
como bien puedo.
Les pongo bozal, collar,
correa
y los encierro.
Cada vez más hondo,
cada vez más dentro.
Pues mis demonios
son inmensos,
y es que se alimentan
de la maldad ajena,
en silencio.
Y siempre me mienten,
y a veces les creo,
diciéndome que es justicia
infundirles miedo,
destrozar sus caras,
destrozar sus cuerpos,
entrar en sus casas
y torturar sus cerebros.
Y de repente me veo
cerrando mis puños,
gritando por dentro,
imaginando muerte,
rabioso, ciego.
Y es en ese momento
que mis demonios
tratan de escaparse,
pero yo no los dejo.
Por lo que me atacan a mí,
con verdades y el miedo,
me recuerdan heridas,
me recuerdan secretos
de los que a nadie he hablado
porque no puedo.
Pero yo lucho
contra ellos,
a base de golpes
los sujeto.
Les coloco los bozales,
los collares,
las correas
y los encierro.
Y es cuando siento
algo de paz
hasta mi próxima guerra,
hasta mi siguiente lamento,
hasta que pueda,
hasta ese momento
que traten,
ya cebados,
de escaparse de nuevo.