Ha pasado el tiempo
ausente y gris,
enredado entre los libros.
Aparentemente serenos
pasan los días
pero se mezclan con torbellinos de sentimientos,
de ideas
que los avivan
como los soplillos a las pavesas,
a las ascuas
que negras en el vientre de la hornilla
con el aire enrojecen y queman.
Me acerco a la calle
para andarla sin destino,
y las ideas se apagan
dulce y sabiamente,
para dar tregua
a la cabeza incesante,
hacedora incansable
de pensamientos.
Y absorber por mis ventanas negras
el vaivén de las gentes
que ajenas a mí,
desfilan con sus pequeños mundos a cuestas,
y como círculos entrelazados
notamos a veces
un trocito de sus vidas
meterse en la nuestra.
Es una soledad compartida,
en entrar y salir a tientas
de las vidas ajenas
que nos conforma,
nos moldea la nuestra.
La noche llegó
a la luz de las farolas amarillea.
Dulcemente
los niños desaparecen de la calle
y los perros los sustituyen
con sus ladridos menos estridentes
que los gritos de los chiquillos,
más pacíficos,
con menos vida entre sus airados dientes.
ausente y gris,
enredado entre los libros.
Aparentemente serenos
pasan los días
pero se mezclan con torbellinos de sentimientos,
de ideas
que los avivan
como los soplillos a las pavesas,
a las ascuas
que negras en el vientre de la hornilla
con el aire enrojecen y queman.
Me acerco a la calle
para andarla sin destino,
y las ideas se apagan
dulce y sabiamente,
para dar tregua
a la cabeza incesante,
hacedora incansable
de pensamientos.
Y absorber por mis ventanas negras
el vaivén de las gentes
que ajenas a mí,
desfilan con sus pequeños mundos a cuestas,
y como círculos entrelazados
notamos a veces
un trocito de sus vidas
meterse en la nuestra.
Es una soledad compartida,
en entrar y salir a tientas
de las vidas ajenas
que nos conforma,
nos moldea la nuestra.
La noche llegó
a la luz de las farolas amarillea.
Dulcemente
los niños desaparecen de la calle
y los perros los sustituyen
con sus ladridos menos estridentes
que los gritos de los chiquillos,
más pacíficos,
con menos vida entre sus airados dientes.