Asklepios
Incinerando envidias
Escuchó a los gansos salvajes en el bosque de bambú. Son éstas, aves que, según dicen, perdonan todo lo que uno, siempre creyó era así. Lo cierto es que, tras regresar a casa, sintió ser invadido por una especial tranquilidad; sintió como que fuera liberado de una pesada carga. Los siguientes días, se convirtieron en una etapa de sosiego y paz, que todavía hoy recuerda.
Lo triste fue que, como humano que es, volvió a equivocarse, a tener comportamientos erráticos y erróneos, cayendo de nuevo, sobre él, aquella carga de la que, ciertamente, fue liberado. Así, decidió regresar al bosque para volver a encontrarse con aquellos pájaros que, una vez, fueron tan benévolos con él. Tras mucho buscar, tras mucha paciencia y espera, se dio cuenta de que no los volvería a ver. La sensación de pecado, regresó con todo su peso. De nada sirvió que recordara a aquella pequeña manada que, en su día, decidieron ayudarlo. Por mucho que visualizó aquel mágico suceso, sus plumajes, sus tonalidades, el color de sus patas y picos hasta, incluso, su reflejo sobre el agua, no consiguió lo que quería: volver a verlos de nuevo.
Regresó a casa, sin poder desembarazarse de la carga que le estaba ahogando. Pasado un tiempo, entendió todo. Son seres que sólo dan una oportunidad y, aquellos que la desperdician, no pueden volver a ser ayudados. Desde entonces no ha podido volver a ser el mismo. Es, otra vez, el pecador de siempre que, desde aquel día, soporta las consecuencias de sus errores. Es un pecador al que ya no le sirven de nada sus arrepentimientos.
Lo triste fue que, como humano que es, volvió a equivocarse, a tener comportamientos erráticos y erróneos, cayendo de nuevo, sobre él, aquella carga de la que, ciertamente, fue liberado. Así, decidió regresar al bosque para volver a encontrarse con aquellos pájaros que, una vez, fueron tan benévolos con él. Tras mucho buscar, tras mucha paciencia y espera, se dio cuenta de que no los volvería a ver. La sensación de pecado, regresó con todo su peso. De nada sirvió que recordara a aquella pequeña manada que, en su día, decidieron ayudarlo. Por mucho que visualizó aquel mágico suceso, sus plumajes, sus tonalidades, el color de sus patas y picos hasta, incluso, su reflejo sobre el agua, no consiguió lo que quería: volver a verlos de nuevo.
Regresó a casa, sin poder desembarazarse de la carga que le estaba ahogando. Pasado un tiempo, entendió todo. Son seres que sólo dan una oportunidad y, aquellos que la desperdician, no pueden volver a ser ayudados. Desde entonces no ha podido volver a ser el mismo. Es, otra vez, el pecador de siempre que, desde aquel día, soporta las consecuencias de sus errores. Es un pecador al que ya no le sirven de nada sus arrepentimientos.