Es como una batalla...,
dijo el poeta, el que amaba a los caballos,
al vino y a Brahms.
Una pelea con la angustia,
con la incertidumbre cierta de la muerte.
Frente a frente dos voces
dos historias, dos caras de una moneda.
Sin cuartel rompen almas y cuerpos,
almas efímeras, falsas, truchas.
Vas contra viento y marea, al timonel
que no da tregua, ni siquiera con el tiempo
ni con el más mínimo respeto por nada ni por nadie.
Y es que nada ni nadie se lo merece.
¿Acaso vender una mentira durante dos mil años no es triste?
Y si no lo es, pues ¿qué puede causarte tristeza?
Nada, ni nadie lo puede.
La batalla del poeta, del viejo maestro Bukovski,
es contra él mismo
contra un muro que se acorta y deja sin espacio para
volar, ni para rodar, solo para clavar en tu cerebro
el instante final de la muerte,
de la tuya y de la mía, por supuesto.
dijo el poeta, el que amaba a los caballos,
al vino y a Brahms.
Una pelea con la angustia,
con la incertidumbre cierta de la muerte.
Frente a frente dos voces
dos historias, dos caras de una moneda.
Sin cuartel rompen almas y cuerpos,
almas efímeras, falsas, truchas.
Vas contra viento y marea, al timonel
que no da tregua, ni siquiera con el tiempo
ni con el más mínimo respeto por nada ni por nadie.
Y es que nada ni nadie se lo merece.
¿Acaso vender una mentira durante dos mil años no es triste?
Y si no lo es, pues ¿qué puede causarte tristeza?
Nada, ni nadie lo puede.
La batalla del poeta, del viejo maestro Bukovski,
es contra él mismo
contra un muro que se acorta y deja sin espacio para
volar, ni para rodar, solo para clavar en tu cerebro
el instante final de la muerte,
de la tuya y de la mía, por supuesto.