A flor de agua

novelo avogadro

Poeta recién llegado
Recuerdo a Walter, su aire tranquilo y desprejuiciado, y sus decisiones rápidas.
Al ver manchas de aceite que flotan en el agua marrón, atrapan al sol, y lo reflejan en mil destellos, me acuerdo de esos días.
Un pescador acaba de atracar, y entre pequeñas olas las botas se sumergen, mientras saca formas que brillan y luchan por la vida. No sé por qué lo imagino con un fin parecido, aunque quizás esté mirando desde el mástil de un velero, pronto a volar con otras gaviotas.
“ Animate, no tengas miedo, con la vela tensa, el timón firme, mirando hacia adelante, verás pasar todo rápido”, me decía.
El snipe era veloz con su única vela; había que tener ojo a la hora de volver o cuando se pretendiera zigzaguear, porque la botavara golpeaba muchas cabezas. Un día, tentado, acepté.
- Dale Cacho - repetía y ofrecía cosas como si carecieran de valor. Con el windsurf maniobraba, y daba vueltas prendido a la tabla como si fueran uno. Yo apreciaba su deslizar sobre las olas, su ir y venir silencioso, buscando algo, como la gaviota.
Aunque no había una relación directa en el estudio, teníamos la misma profesora de inglés. Recuerdo su insistencia con “¿To..... be or not to be?”, “ I AM, I AM, I AM...”, dudaba, y terminaba diciendo: “un pez volador, un barrilete, una gaviota”. Lo miraba desconcertado y contestaba “no digás burradas, Walter”. Era un tipo macanudo, siempre dispuesto a plegarse a la idea del otro.
Esos años fueron lindos, cada uno estudiaba en lo suyo, y por la tarde íbamos al río a remar.
Nos venían a la memoria expresiones aprendidas en la secundaria, pero pensábamos en París, la Place Pigalls, el Montparnasse, la rue Lombard y el Pont Michelle. Envidiábamos el carisma de Alain Delon y Gerard Depardieux Imaginábamos toparnos con Melanie Laurent, Marion Cotillard, Melanie Bernier, y porqué no, Daniel Artaud . Los sueños se amontonaban entre familiares de queso y cerveza en el bar del Club Alemán, o tomando café en algún boliche de bulevar Rondeau.
“Nos recibimos, juntamos unos mangos, tramitamos una beca y nos vamos a Francia, viejo. "Veremos la Torre Eiffel, el Louvre; charlaremos con Descartes, Cortázar; en una de esas desfila Bonaparte, cruza María Antonieta y Richelieu, y desde un carruaje nos saluda madame Bovary”.
Seguimos navegando juntos. A veces al buscarlo, no veía más que alguna gaviota curiosa sobre la estela. Me preguntaba por qué esa manía de esconderse. Lo seguí por la costa de enfrente, pero se escurría, entre sauces o embarcaciones.
Recuerdo haber navegado lejos para no darle ventajas en ese juego. Infaltable, una gaviota me acompañaba. Él se reía de mis tontas ideas.
Al fin de esos años nuestro sueño se hizo realidad, desde la borda del barco vimos que El Havre se acercaba.
Al cabo de un tiempo Walter dejó de ser el pachorriento rubio de ojos azules, se veía ágil e inquieto. Las horas pasadas bajo el sol cambiaron el color de su piel y su pelo, los ojos se le oscurecieron, su perfil se volvió aquilino.
Fue entonces cuando nos embarcamos. Emocionado con la proximidad de Francia, caminaba a lo largo de cubierta, se paraba trepando a la baranda y abría los brazos al aire de mar.
- Nunca supiste como fueron mis desapariciones en el agua - dijo sonriendo ese día - Acordate que cualquier cosa que pase será porque yo quiero.
Su ausencia sobre cubierta fue inesperada. Ya entrábamos en el Havre, y por toda respuesta una gaviota nos seguía a ras de las olas.

nova
 

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