susodicho
Poeta recién llegado
Recibe a oscuras el golpe de un puño en pleno rostro, contundente como del un portón de hierro con el que chocara de frente. Perturbado y a ciegas cubre su cara con las manosal momento de sentir, en sus canillas, puntapiés que las desgarran hasta el hueso, con un dolor insoportable.
Desconcertado, no ve de quien proviene la agresión. Indefenso, atrapado en esa furia, su impresión es la de estar sacudido dentro de un tambor de lavarropas en marcha.
Hace un esfuerzo para recuperarse, sin saber a cual de los golpes prestarle mayor atención, si al de la cara o al que le duele en las piernas.
Endereza el cuerpo para quedar de pie, en recta posición vertical. De inmediato cae sobre su cabeza un pesado objeto al que supone arrojado con fuerza por una mano invisible que la presume dispuesta a continuar.
Lo comprueba en su brazo, sintiéndolo aferrado por cinco dedos como garfios. La opresión le dificulta la circulación sanguínea, según lo percibe con horror.
Así de sujeto, no atina a desprenderse del sujetador. Ni a pedir auxilio, ni a emitir quejidos, ni a proferir insultos.
Quien sabe su mente si lo ayuda para comprender el trance por el que atraviesa: de sumisión, de impotencia. Débil, no cree posible poder huir de ese peligro.
A pesar de la penumbra que ensombrece la habitación, su mujer percibe lo que ocurre con él, impotente también ella para intervenir. A menudo debe soportar situaciones de esa índole que le hacen temer por una acción violenta de su esposo contra su persona, sin que pueda evitarla a tiempo.
El consejo que recibió del médico la inmoviliza y obliga a ser cauta.
-“Déjelo, no lo despierte, puede provocarle un shock, a usted no le pasará nada, los sonámbulos son inofensivos” - le dijo más de una vez.
Rene Bacco
Desconcertado, no ve de quien proviene la agresión. Indefenso, atrapado en esa furia, su impresión es la de estar sacudido dentro de un tambor de lavarropas en marcha.
Hace un esfuerzo para recuperarse, sin saber a cual de los golpes prestarle mayor atención, si al de la cara o al que le duele en las piernas.
Endereza el cuerpo para quedar de pie, en recta posición vertical. De inmediato cae sobre su cabeza un pesado objeto al que supone arrojado con fuerza por una mano invisible que la presume dispuesta a continuar.
Lo comprueba en su brazo, sintiéndolo aferrado por cinco dedos como garfios. La opresión le dificulta la circulación sanguínea, según lo percibe con horror.
Así de sujeto, no atina a desprenderse del sujetador. Ni a pedir auxilio, ni a emitir quejidos, ni a proferir insultos.
Quien sabe su mente si lo ayuda para comprender el trance por el que atraviesa: de sumisión, de impotencia. Débil, no cree posible poder huir de ese peligro.
A pesar de la penumbra que ensombrece la habitación, su mujer percibe lo que ocurre con él, impotente también ella para intervenir. A menudo debe soportar situaciones de esa índole que le hacen temer por una acción violenta de su esposo contra su persona, sin que pueda evitarla a tiempo.
El consejo que recibió del médico la inmoviliza y obliga a ser cauta.
-“Déjelo, no lo despierte, puede provocarle un shock, a usted no le pasará nada, los sonámbulos son inofensivos” - le dijo más de una vez.
Rene Bacco
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