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A-poca-lypsis

Sierva de Maria

Poeta recién llegado
Los tiempos han llegado: el Reino de Dios está cerca,
cambien el rumbo de su vidas...
Jesús, revestido con el poder del Espíritu Santo,
volvió a Galilea, se dirigó a Nazareth
y fue a la sinagoga en sábado...
Abrió el libro de Isaías y leyó:
"libertad para los encadenados y luz para los ciegos,
libertad para los explotados...."
Todos los ojos estaban fijos en él...
Comenzaba a triunfar el Reino de Dios,
Cristo era asumido en la tierra,
multitudes ingentes, rumorosas y entusiastas
afluían hacia él...
Cantos de júbilo se alzaban, los timables partían el ritmo,
las trompetas hacían rulos de oro en el aire,
la voz de Jesús resonaba por doquier:
"Bienaventurados los pobres, porque vuestro
es el reino de Dios..."
Yo me sentía realmente emocionada,
después de tantas luchas, todos avanzaban hacia
Cristo y sus apóstoles.
Los soldados del flamante reino
irrumpieron iridiscentes,
los ciegos, los cojos, los leprosos, los famélicos,
los sucios, los desnudos, se abalanzaron
con la histeria impresa en sus rostros...
Llegaron los príncipes en suntuosos camellos,
como los Reyes de la Epifanía,
otros vinieron en doradas carrozas
que provocaron estupor y deslumbramiento,
el pueblo se apartaba para darles paso,
los nobles vestían sus mejores trajes,
los banqueros lucían jaquet
y los gordos industriales alfileres de corbata
como símbolo de poderosa situación...
El universo celebraba agitadamente el triunfo de Jesús,
quien allá lejos, muy lejos, desde un regio escenario
instalado al final de una majestuosa escalinata,
presidía la manifestación y su voz se difundía
por un vasto sistema de parlantes.
Con humilde y gozosa disciplina los obreros dejaron
los primeros sitios a los directivos de sus fábricas
y los harapientos campesinos a los elegantes terratenientes...
Contribuían al orden y la justa jerarquía
que se había determinado en el programa de festejos...
"No aglomerarse! No empujar!"... decían los representantes
de las compañías de turismo,
mientras los soldados desfilaban luciendo sus brillantes uniformes de gala
y yo ya quería llegar hasta el escenario, me dolían los pies,
mas continuaba avanzando y por fin,
alcancé a divisar la cabeza de Cristo...
... mi corazón brincó, por fin veo a Cristo y comencé a empujar a los demás
para seguir acercándome, recibiendo escupitajos y patadas...
El escenario tenía alrededor de cincuenta metros,
construído con maderas de ébano y en su interior,
sobre aterciopelados sillones que poseían acoplados
sistemas de refrigeración regulable e individual,
estaban instalados los representantes del Gobierno,
del comercio y de la industria,
los diplomáticos acreditados ante la Santa Sede
y grandes científicos que habían llegado
en sus poderosos jets para honrar al Señor...
En el centro del escenario,
tras una imponente cruz de oro engarzada con diamantes,
asomaban los cabellos de Cristo
y a su derecha estaba San Juan Bautista con sus pieles de profeta...
Yo me desesperaba por acercarme más,
no podía permanecer quieta, mis extremidades se movían
como segmentos de una loca marioneta
en esa prisión de cuerpos compactados...
Inspiré hondo, tomé impulso y salté con todas mis fuerzas,
conteniendo la respiración y logrando sobrepasar
la gran cantidad de custodios y alcancé una baranda del escenario...
Sólo me separaban de Cristo algunos metros y escuché voces de horror,
mientras varios hombres vestidos de frac y con guantes blancos
me tiraron sobre el asfalto... pero estaba cerca...
Giré mi cabeza y reconocí a la Virgen María, quien parecía
una esbelta torre de marfil, con brillantes, perlas y esmeraldas,
que repartía estampas con sponsor...
Me levanté, seguí avanzando con esfuerzo,
porque los ricos de la primera fila no me dejaban pasar,
pues mi vestido no era oscuro, mi escote era pronunciado
y mi cabellera era rubia, además de no tener tarjeta de invitación...
Ellos me insultaban y yo continuaba caminando,
mientras las señoras se lamentaban porque yo pisaba
sus zapatos exclusivos de la última colección de Prada...
Me acerqué más, mientras San Juan Bautista seguía en actitud marcial,
los apóstoles repartian gacetillas de prensa, San Pedro estrechaba manos,
Jesús continuaba hablando por los micrófonos
y mi corazón latía más y más...
Mis vestidos estaban empapados, yo temblaba... dónde está Cristo?
María Magdalena pasó corriendo con su cabello revuelto
y las ropas desgarradas, bajo una lluvia de piedras.
Ella huía hacia el pantano de la pestilente escoria dorada
de la vieja sociedad, donde flotaban aún una cruz y una bota...
Yo quería ver a Cristo, no me interesaba su corte celestial ni terrena,
me afirmé con las dos manos de una baranda y subí al escenario,
cayendo sobre la blanda alfombra...
Ahí estaba! Ahí estaba él! Es él! Es Cristo!
mientras levantaba mi mano con la pistola y cruzaba los aires
el resplandeciente plomo que se incrustó en su corazón,
brotando la sangre, mi gran amiga, la sangre más roja
que se haya visto jamás...


Liv K.
 
Los tiempos han llegado: el Reino de Dios está cerca,
cambien el rumbo de su vidas...
Jesús, revestido con el poder del Espíritu Santo,
volvió a Galilea, se dirigó a Nazareth
y fue a la sinagoga en sábado...
Abrió el libro de Isaías y leyó:
"libertad para los encadenados y luz para los ciegos,
libertad para los explotados...."
Todos los ojos estaban fijos en él...
Comenzaba a triunfar el Reino de Dios,
Cristo era asumido en la tierra,
multitudes ingentes, rumorosas y entusiastas
afluían hacia él...
Cantos de júbilo se alzaban, los timables partían el ritmo,
las trompetas hacían rulos de oro en el aire,
la voz de Jesús resonaba por doquier:
"Bienaventurados los pobres, porque vuestro
es el reino de Dios..."
Yo me sentía realmente emocionada,
después de tantas luchas, todos avanzaban hacia
Cristo y sus apóstoles.
Los soldados del flamante reino
irrumpieron iridiscentes,
los ciegos, los cojos, los leprosos, los famélicos,
los sucios, los desnudos, se abalanzaron
con la histeria impresa en sus rostros...
Llegaron los príncipes en suntuosos camellos,
como los Reyes de la Epifanía,
otros vinieron en doradas carrozas
que provocaron estupor y deslumbramiento,
el pueblo se apartaba para darles paso,
los nobles vestían sus mejores trajes,
los banqueros lucían jaquet
y los gordos industriales alfileres de corbata
como símbolo de poderosa situación...
El universo celebraba agitadamente el triunfo de Jesús,
quien allá lejos, muy lejos, desde un regio escenario
instalado al final de una majestuosa escalinata,
presidía la manifestación y su voz se difundía
por un vasto sistema de parlantes.
Con humilde y gozosa disciplina los obreros dejaron
los primeros sitios a los directivos de sus fábricas
y los harapientos campesinos a los elegantes terratenientes...
Contribuían al orden y la justa jerarquía
que se había determinado en el programa de festejos...
"No aglomerarse! No empujar!"... decían los representantes
de las compañías de turismo,
mientras los soldados desfilaban luciendo sus brillantes uniformes de gala
y yo ya quería llegar hasta el escenario, me dolían los pies,
mas continuaba avanzando y por fin,
alcancé a divisar la cabeza de Cristo...
... mi corazón brincó, por fin veo a Cristo y comencé a empujar a los demás
para seguir acercándome, recibiendo escupitajos y patadas...
El escenario tenía alrededor de cincuenta metros,
construído con maderas de ébano y en su interior,
sobre aterciopelados sillones que poseían acoplados
sistemas de refrigeración regulable e individual,
estaban instalados los representantes del Gobierno,
del comercio y de la industria,
los diplomáticos acreditados ante la Santa Sede
y grandes científicos que habían llegado
en sus poderosos jets para honrar al Señor...
En el centro del escenario,
tras una imponente cruz de oro engarzada con diamantes,
asomaban los cabellos de Cristo
y a su derecha estaba San Juan Bautista con sus pieles de profeta...
Yo me desesperaba por acercarme más,
no podía permanecer quieta, mis extremidades se movían
como segmentos de una loca marioneta
en esa prisión de cuerpos compactados...
Inspiré hondo, tomé impulso y salté con todas mis fuerzas,
conteniendo la respiración y logrando sobrepasar
la gran cantidad de custodios y alcancé una baranda del escenario...
Sólo me separaban de Cristo algunos metros y escuché voces de horror,
mientras varios hombres vestidos de frac y con guantes blancos
me tiraron sobre el asfalto... pero estaba cerca...
Giré mi cabeza y reconocí a la Virgen María, quien parecía
una esbelta torre de marfil, con brillantes, perlas y esmeraldas,
que repartía estampas con sponsor...
Me levanté, seguí avanzando con esfuerzo,
porque los ricos de la primera fila no me dejaban pasar,
pues mi vestido no era oscuro, mi escote era pronunciado
y mi cabellera era rubia, además de no tener tarjeta de invitación...
Ellos me insultaban y yo continuaba caminando,
mientras las señoras se lamentaban porque yo pisaba
sus zapatos exclusivos de la última colección de Prada...
Me acerqué más, mientras San Juan Bautista seguía en actitud marcial,
los apóstoles repartian gacetillas de prensa, San Pedro estrechaba manos,
Jesús continuaba hablando por los micrófonos
y mi corazón latía más y más...
Mis vestidos estaban empapados, yo temblaba... dónde está Cristo?
María Magdalena pasó corriendo con su cabello revuelto
y las ropas desgarradas, bajo una lluvia de piedras.
Ella huía hacia el pantano de la pestilente escoria dorada
de la vieja sociedad, donde flotaban aún una cruz y una bota...
Yo quería ver a Cristo, no me interesaba su corte celestial ni terrena,
me afirmé con las dos manos de una baranda y subí al escenario,
cayendo sobre la blanda alfombra...
Ahí estaba! Ahí estaba él! Es él! Es Cristo!
mientras levantaba mi mano con la pistola y cruzaba los aires
el resplandeciente plomo que se incrustó en su corazón,
brotando la sangre, mi gran amiga, la sangre más roja
que se haya visto jamás...


Liv K.

Un escrito buenísmo y muy completo, que nos invita a reflexionar, sobre todo en esta próxima temporada navideña.

Saludos.
 
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