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A punta de espada

Tema en 'Prosa: Obra maestra' comenzado por Nat Guttlein, 8 de Septiembre de 2019. Respuestas: 1 | Visitas: 73

  1. Nat Guttlein

    Nat Guttlein Aku Cinta Kamu

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    Una ciudad ubicada entre el cielo y el infierno, en aquel punto en donde el ojo humano no mira, una masa de tierra deformada por el paso del tiempo y sumido en un ocaso constante que consta de unos pocos habitantes, en su mayoría exiliados de otros mundos u tierras lejanas. Casas en su mayoría teñidas de negro y torcidas por las tantas tormentas que azotan las noches de invierno. Capital en donde se encuentran rocas preciosas, de las cuales magnificas espadas se crean a partir de los mágicos minerales que de estas salen.

    Si nos adentramos en la razón por la cual, de entre dos descomunales universos se concibió algo tan simple como A punta de espada, son muchas las leyendas que se cuentan. Pero una en principal es la que más protagonismo fue adquiriendo al paso del tiempo.

    Existió un fantástico guerrero celestial llamado Lucero, majestuoso de presencia imponente y mirada atroz. Se dice era la mano derecha del creador, su más leal compañero y principal jefe de los ejércitos que combatían contra los demonios del infierno. Una noche gélida batallando contra Amon el demonio de la ira, débil y con el torso derramando sangre cayó dentro de aquella ranura que dividía su hogar del Averno. Estaba agotado, y sus intentos por trepar las altas montañas incrustadas de diamantes extraños fueron en vano. Decidió crear una herramienta que lo ayudase a escalar. Extraños destellos plateados, que emanaban de una piedra imponente le iluminaron el rostro, al tocarla pudo sentir una fuerza extraña que lo llamo a destruirla, desquebrajarla. No entendía muy bien el porqué, solo el enorme placer que le provocaba darla una y otra vez contra el suelo. Paso casi tres días enteros y parte de sus noches intentando desintegrar la capa de tierra que parecía empeñada en no dejar ver su interior. Al cuarto día y ya agotado, el calor que contenían sus manos llamaba al metal deformado que se encontraban en ellas. Estas fueron amoldando su empuñadura y puliendo su recta, cortante y punzante de dos filos. El brillo que lanzaba cortaba todo el aire, la tierra bajo sus pies vibraba y las cumbres se quejaban a medida que cedían, el agua comenzaba a formar ríos y la naturaleza al igual que el cielo se poblaba de un rojo carmesí. El poder arraso el cuerpo de Lucero instalando en su interior la fuerza suficiente como para trepar los inmensos árboles y volar fugazmente por los cielos y vencer a su enemigo. Ese día todos se regocijaban ante la vuelta de su protector. Sin embargo, al pasar los meses, el oficial no paraba de pensar y recordar aquel extraño lugar que le había concedido su poderosa arma. Decidió volver junto con su mujer y fundar esa ciudad, protegiéndola de todos aquellos que intentaran saquear sus cumbres y montañas pobladas de aquel misterioso mineral brillante. La llamo A punta de espada, haciéndole honor a su aventura vivida y enseñándole a la gente que fue llegando a lo largo de los años, a aprender a moldear ese metal precioso. Abrió sus puertas a todos los que necesitaran un hogar, naciendo así un pueblo que hasta hoy en día cuenta en las noches a sus hijos la enorme hazaña vivida por aquel valiente general.
     
    #1
    Última modificación: 8 de Septiembre de 2019
  2. Maramin

    Maramin Moderador Global Miembro del Equipo Moderador Global Corrector/a

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    Hombre
    Interesante relato nos compartes con buena imaginación.

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    #2
    A Nat Guttlein le gusta esto.

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