Ricardo R. Ruiz
Poeta que considera el portal su segunda casa
Invócame tu espíritu, samir,
en la triste noche en que se sume
mi recuerdo, ebrio en su perfume,
que es lágrima que aviva mi sufrir.
Azul bohemia y ansias de morir
clamando en mi locura su nombre,
que tiembla en los labios de otro hombre:
furtiva sombra que en nuestro lecho
de besos hirió su hermoso pecho...
seno que es montaña de alta cumbre.
Aquí estás amigo y no comprendo
el calor de tu mano en mi hombro;
la intensa mirada que en mi asombro
apacigua este dolor horrendo...
dolor de su olvido que hoy te ofrendo
en esta copa de versos llena;
que flores son de esta inmensa pena,
que sofoca la luz de la razón...
que es puñal que desangra al corazón,
que suspira por quien le condena.
Hijo fuiste de la casa de awad,
y honra a mi sentido el dulce acento
de tu voz, que es eco de un lamento;
amada luz que habló una gran verdad:
ángel que me guía en la adversidad
de evocarla bella en mi memoria;
cual hado venido de la gloria
a escuchar las notas de mi lira;
serafe que en su locura inspira,
cantos que se pierden en la noria!
Ayúdame a arrancarla de mi ser,
porque a ser mía nunca volverá;
porque el tiempo mis besos matará,
en el pérfido cirio del querer:
fuego que ardió en sus labios de mujer...
ayúdame en el nombre del adiós
que separó el camino de los dos...
sálvame, que en mí ya nada queda
que su corazón ganarme pueda...
lléveme la muerte, alfanje de Dios!
en la triste noche en que se sume
mi recuerdo, ebrio en su perfume,
que es lágrima que aviva mi sufrir.
Azul bohemia y ansias de morir
clamando en mi locura su nombre,
que tiembla en los labios de otro hombre:
furtiva sombra que en nuestro lecho
de besos hirió su hermoso pecho...
seno que es montaña de alta cumbre.
Aquí estás amigo y no comprendo
el calor de tu mano en mi hombro;
la intensa mirada que en mi asombro
apacigua este dolor horrendo...
dolor de su olvido que hoy te ofrendo
en esta copa de versos llena;
que flores son de esta inmensa pena,
que sofoca la luz de la razón...
que es puñal que desangra al corazón,
que suspira por quien le condena.
Hijo fuiste de la casa de awad,
y honra a mi sentido el dulce acento
de tu voz, que es eco de un lamento;
amada luz que habló una gran verdad:
ángel que me guía en la adversidad
de evocarla bella en mi memoria;
cual hado venido de la gloria
a escuchar las notas de mi lira;
serafe que en su locura inspira,
cantos que se pierden en la noria!
Ayúdame a arrancarla de mi ser,
porque a ser mía nunca volverá;
porque el tiempo mis besos matará,
en el pérfido cirio del querer:
fuego que ardió en sus labios de mujer...
ayúdame en el nombre del adiós
que separó el camino de los dos...
sálvame, que en mí ya nada queda
que su corazón ganarme pueda...
lléveme la muerte, alfanje de Dios!