prisionero inocente
Poeta que considera el portal su segunda casa
Dime, Pedro, desde que te has movido a la ciudad,
¿sigues teniendo las mismas pesadillas
de arboles que te crecen por dentro
y te rompen el hígado?
Te veo afilando tus hachas
pero no es una sombra del pasado,
es lo que somos, Pedro.
Te quedaste sorprendido que ayer empezó a nevar
sobre ciertas estatuas
y un sinfín de ardillas electrocutadas quedó dibujado sobre la acera.
Te moviste a la ciudad
para alcanzar los robles que han huido
pero el abandono es, también, un monólogo de la materia.
¿A quién extrañas, Pedro,
ya que una sombra no extraña a otra sombra más débil?
¿Encontraste los cajones que nunca has abierto,
el nido de algún pájaro te pesa en la memoria?
Si supieras que apenas colgamos de la deformación de las cosas
como una expectativa más, Pedro.
Pero tu andas en pijamas por la casa,
y ese modelo de flores silvestres
te queda de maravilla
y esa barra de pan, quemada, al desayuno,
te recuerda de los crematorios que hay en cada esquina.
¿Por qué no hablas, Pedro,
por qué imploras a los inviernos
congelar el fugitivo resplandor de tu mirada?
La urbe es un hormiguero de hombres cómo tú,
que no saben si ahorcarse o volverse poetas.
¿sigues teniendo las mismas pesadillas
de arboles que te crecen por dentro
y te rompen el hígado?
Te veo afilando tus hachas
pero no es una sombra del pasado,
es lo que somos, Pedro.
Te quedaste sorprendido que ayer empezó a nevar
sobre ciertas estatuas
y un sinfín de ardillas electrocutadas quedó dibujado sobre la acera.
Te moviste a la ciudad
para alcanzar los robles que han huido
pero el abandono es, también, un monólogo de la materia.
¿A quién extrañas, Pedro,
ya que una sombra no extraña a otra sombra más débil?
¿Encontraste los cajones que nunca has abierto,
el nido de algún pájaro te pesa en la memoria?
Si supieras que apenas colgamos de la deformación de las cosas
como una expectativa más, Pedro.
Pero tu andas en pijamas por la casa,
y ese modelo de flores silvestres
te queda de maravilla
y esa barra de pan, quemada, al desayuno,
te recuerda de los crematorios que hay en cada esquina.
¿Por qué no hablas, Pedro,
por qué imploras a los inviernos
congelar el fugitivo resplandor de tu mirada?
La urbe es un hormiguero de hombres cómo tú,
que no saben si ahorcarse o volverse poetas.
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