Engel
SOÑADOR TOCANDO CON LOS PIES EN TIERRA
Como siempre acariciando el devenir, como siempre acariciando el mar, como siempre acariciando el cielo que ciega el horizonte de azul, como siempre besando el polvo mientras el sol aplaude en las aceras de los parques, mientras el periódico llora las noticias, hermosas, tan llenas de nombres y de letras, llenas de un silencio exacto como sus labios, de unos ojos dictándole un segundo de felicidad. Nunca ha sabido si esa felicidad que sólo dura un instante, es parte de las cosas, vive en ellas, o esos momentos son como todos los sueños que llegan en la noche y escapan con el día.
Con fijeza la observa como si deseara en sus ojos ausentes apresar tantos años de miradas perdidas. Sórdida es la vida para quien anda a dos pasos de sí mismo, sin rumbo. Cree que nada tiene sentido ya y que el amor pertenece al pasado. Pretende no ser sólo una sombra que atraviesa la vida. Después va gastando los segundos, aprendiendo a sembrar cada palabra usada, a enmascarar los vértigos y las caricias que otro olvida. Entonces decide firmar todos esos besos con su nombre y olvidarse del mar y del pasado. Promete acostumbrarse a reír cuando sueña, a soñar cuando ríe. Promete acostumbrarse a sus manías y a ser dulce cuando llegue el momento. Promete desliar el deseo que se enreda en cobardía y dejar de contar hasta nueve una vez consumida toda la esperanza
Está la tarde tibia, en un rincón dos jóvenes se saben tras la penumbra y tras su amor ocultos. Su mirada los descubre y se sorprende. Hay angustia en su pecho y la piel se le estremece de aquel miedo admirativo. Después va gastando los minutos en la cafetería. A solas va envolviendo de nostalgia un miércoles de primavera. Mirarla, solo mirar, con las lentillas de mirar lento, mirarla por encima de la taza de café, con la mirada triste, anestesiada.
Ella también mira, solo mira, con la sonrisa puesta, con los ojos llenos de caricias y un sueño sin abrir como saludo. De pronto su imagen elegante le produce un raro escalofrío en la pupila. Qué poca piel de gallina provoca el periódico ya, qué raro sentirlo sin palabras. Al fin ha abierto los ojos como quien cierra un sueño. Lo que son las cosas; sintió el amor por un instante, registró el escalofrío y lo tradujo como complemento circunstancial de una vez para siempre.
Qué placidez de mar en calma. Qué tibieza de primavera, y los deseos más imposibles sólo a un paso de sí mismo.
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