Mi vientre salta
de amor preñado,
tanto
como mi corazón
en el pecho
solo y asustado.
La vida y el amor
se me confunden a veces
y se agitan
hasta encontrar un camino
que les resulte apacible.
Mi corazón se deslíe
en su sangre salada,
a veces de alegría,
de monotonía plácida
envuelta en aromas
que yo me procuro,
de fuerza callada,
de luces con un paño tapadas
para que haga más tenues
las noches más cálidas,
y saltan enteros mi cuerpo y mi alma
con el cálido ardor
de tus besos teñidos de palabras,
y en la lejanía tu corazón se agranda,
de brillo entero como las ascuas
de hace veinte años.
Añoro sus recuerdos
dulcemente idealizados.
Otras, el pecho se me encoge,
está prisionero en un pensamiento férreo,
en una tumba,
frío y parando el aliento,
porque teme perder lo perdido,
y con pocas fuerzas
para ganar
todas las batallas
que le arroja la vida.
No tiene arrestos
para vivir día a día
sin miedo, sin sueños,
beber sorbo a sorbo
lento, pero hasta el fondo,
todo el vino que te entregan
las frescas parras,
plantadas” cara al sol”,
mirar la profunda agua
y no asustarse,
disfrutarla.
Dejarme arrullar por el tiempo
como por la canción más recordada
y bailar a su son
sin buscar otro ritmo
que no sea el que me marca
el zumbido del deseo
que siempre acallas.
Oír para siempre
el sonido de mi interior
que calma
hasta la más fuerte de mis furias cuando batalla.
Mirarte de frente
dualidad perenne
y aceptarte como a una.
No dividir al río de la fuente.
de amor preñado,
tanto
como mi corazón
en el pecho
solo y asustado.
La vida y el amor
se me confunden a veces
y se agitan
hasta encontrar un camino
que les resulte apacible.
Mi corazón se deslíe
en su sangre salada,
a veces de alegría,
de monotonía plácida
envuelta en aromas
que yo me procuro,
de fuerza callada,
de luces con un paño tapadas
para que haga más tenues
las noches más cálidas,
y saltan enteros mi cuerpo y mi alma
con el cálido ardor
de tus besos teñidos de palabras,
y en la lejanía tu corazón se agranda,
de brillo entero como las ascuas
de hace veinte años.
Añoro sus recuerdos
dulcemente idealizados.
Otras, el pecho se me encoge,
está prisionero en un pensamiento férreo,
en una tumba,
frío y parando el aliento,
porque teme perder lo perdido,
y con pocas fuerzas
para ganar
todas las batallas
que le arroja la vida.
No tiene arrestos
para vivir día a día
sin miedo, sin sueños,
beber sorbo a sorbo
lento, pero hasta el fondo,
todo el vino que te entregan
las frescas parras,
plantadas” cara al sol”,
mirar la profunda agua
y no asustarse,
disfrutarla.
Dejarme arrullar por el tiempo
como por la canción más recordada
y bailar a su son
sin buscar otro ritmo
que no sea el que me marca
el zumbido del deseo
que siempre acallas.
Oír para siempre
el sonido de mi interior
que calma
hasta la más fuerte de mis furias cuando batalla.
Mirarte de frente
dualidad perenne
y aceptarte como a una.
No dividir al río de la fuente.