Littera
Poeta asiduo al portal
No bastó la aguda hoja
de la poderosa espada
que cintila como un rayo
en la faz de la batalla
a obliterar de mi pecho
y desgajar de mi alma
el deseo de tus curvas
y de tu piel nacarada.
No el insidioso beleño
que más que la guerra daña
y tanto como la muerte
a fieras y hombres iguala
al propósito maligno
de apartar tu boca amada
de mis nocturninos sueños
y mis fantasías altas.
No la lluvia infatigable
que la dura piedra horada
y por campos y llanuras
tristes murmullos propala
a enlodar y consumir
aquella luciente llama
que prendiste en mis pupilas
una indeleble mañana.
No, de la misma manera,
la oceánica muralla
que entre nuestro par de manos
en esta hora se alza
bastará a teñir de negro
mi vehemente esperanza
de volver a respirar
tu mirífica fragancia.
Con el corazón ardiente
y la sangre desbocada,
desafïaré a los hados
por abreviar la distancia.
Una escuna dispondré
tan esbelta como rauda,
y, con tu femíneo nombre (*)
coloreando sus jarcias,
henderé por soledades
y mil mesetas de agua
rumbo al edén de tus hebras
y al azul de tu mirada.
Ni los broncos aquilones
ni las violentas borrascas
podrán detener mi avance
más que conjuren su saña;
ni, como el astro solar
al correr de la jornada,
declinarán mi pasión
y mi energía gallarda.
Al ver, al fin, el indicio
de un fulgor en lontananza,
sabré que rozan mis dedos
la latitud que te guarda.
Dirigiré con presteza
a tus umbrales las plantas
y, tras caer en tus brazos,
te diré con voz ufana:
“¡Qué pobre quien en riquezas
continuamente se baña
y cree todo tenerlo
sin tener tu frente blanca!”
(*): Sinéresis en la voz femíneo.
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