Leonardo Velecela
Poeta que considera el portal su segunda casa
Adiós Guayaquil,
Cuidad del sol más brillante.
Bañada de aguas dulces y saladas.
Siempre sonríes, aun cuando de gris se vista tu cielo
aunque lloren los recuerdos en tu historia.
Voy a llevarme tu sonrisa anclada en mi alma,
también tus avenidas llenas de sueños, y de corazones rebeldes.
Dejare en las riveras del salado mis lágrimas,
y en sus aguas arrojare mis tragedias, y cantare.
Caminare en el malecón, junto a la nostalgia,
mirando las aguas correr como mis lágrimas.
En los jardines contare los pájaros alegres,
y las iguanas que me miran calladas.
Subiré las escalinatas del cerro Santa Ana
y beberé una ultima cerveza al llegar a su cumbre,
cuando arrebol pinta el cielo, y las nubes se vuelven sangre.
Raya ya, las cinco de la tarde, del adiós.
Gracias por abrir tus brazos cuando busque refugio.
Por besarme con tu brisa tantas veces.
Por amarme sin ser tu hijo, aunque para mí eras madre.
Gracias mi querida ciudad, por secar mi llanto,
por cantar junto a mi, en mis tardes, y en mis noches de bohemia.
Hoy te digo adiós, y dejo mi corazón en tus rincones.
Dejo mis sueños entre tus ríos, para que canten
canciones escondidas, cuando la negra noche te haga suya,
y mi historia, se vuelva un murmullo silencioso.
Leonardo V.
Cuidad del sol más brillante.
Bañada de aguas dulces y saladas.
Siempre sonríes, aun cuando de gris se vista tu cielo
aunque lloren los recuerdos en tu historia.
Voy a llevarme tu sonrisa anclada en mi alma,
también tus avenidas llenas de sueños, y de corazones rebeldes.
Dejare en las riveras del salado mis lágrimas,
y en sus aguas arrojare mis tragedias, y cantare.
Caminare en el malecón, junto a la nostalgia,
mirando las aguas correr como mis lágrimas.
En los jardines contare los pájaros alegres,
y las iguanas que me miran calladas.
Subiré las escalinatas del cerro Santa Ana
y beberé una ultima cerveza al llegar a su cumbre,
cuando arrebol pinta el cielo, y las nubes se vuelven sangre.
Raya ya, las cinco de la tarde, del adiós.
Gracias por abrir tus brazos cuando busque refugio.
Por besarme con tu brisa tantas veces.
Por amarme sin ser tu hijo, aunque para mí eras madre.
Gracias mi querida ciudad, por secar mi llanto,
por cantar junto a mi, en mis tardes, y en mis noches de bohemia.
Hoy te digo adiós, y dejo mi corazón en tus rincones.
Dejo mis sueños entre tus ríos, para que canten
canciones escondidas, cuando la negra noche te haga suya,
y mi historia, se vuelva un murmullo silencioso.
Leonardo V.
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