Cafla
Poeta recién llegado
Jugábamos hasta el atardecer,
entraba a mi casa sin sillones,
únicamente habían sillas.
Mi mamá nos mandaba a bañarnos
antes de dormir.
No quería hacerlo,
no había agua caliente,
aunque ella nos ayudaba,
nos colocaba en un recipiente de plástico rojo
y nos tiraba agua tibia,
sin embargo, nosotras tiritábamos de frío
a la espera del siguiente chorro.
Me acordaba de amigas que tenían agua caliente y
las recordaba siempre en ese momento.
Nos secaba y nos acostábamos,
y yo con mi nictofobia.
Trataba de cambiar las imágenes de mi cabeza
Para conciliar el sueño.
Despertaba con pesadillas a mitad de la noche,
con gritos de sueños horríficos que no recuerdo ninguno.
Mis protectores me iban a buscar y me llevaban en brazos,
dejando a mi hermana sola,
con todas las memorias de mis gritos y palabras,
permaneciendo sus ojos abiertos toda la noche,
porque nadie pensó en protegerla a ella.
Nuestra época era más simple,
no había más opción que salir a jugar o leer.
La televisión era limitada y
había que cambiar de canal en forma manual.
Pareciese que todo eso fuese más real.
Agradezco haber vivido entre épocas muy distintas.
Nosotros valoramos muchas cosas
que los de ahora no,
porque no lo vivieron.
Agradezco haber jugado hasta tener
los pies demasiado sucios,
que mis sandalias se resbalaban por la tierra.
Agradezco haberme juntado con alguien,
confiando en que iba a llegar,
sin tener que asegurarme o monitorizar
el proceso de llegada.
Agradezco que se esforzaban más que antes.
Recuerdo cuando se arriesgaban en visitarme
y si no estaba se tenían que devolver,
el riesgo estaba solo por las ganas de verme.
Y cuando venía alguien a verme, sin aviso,
porque no había como hacerlo,
verdaderamente era una sorpresa.
Alcancé a recibir y mandar cartas, pocas postales.
Una noche estaba muy deprimida,
tengo estancado ese momento.
Me sentía muy sola,
encerrada en mi tremenda pseudo habitación,
escribiendo poemas,
sobre la soledad que invadía en esos días.
Acostumbraba a planificar el deprimirme.
Para luego llegaron mis amigas,
sacándome de ese hoyo momentáneo y plañidero.
Sin previo aviso, fue lo mejor.
Valoro paseos sin mirar pantallas,
únicamente se llenaban los silencios incómodos,
mirándonos las caras o diciendo algún chiste.
Teníamos que entretenernos con juegos,
canciones, fogatas, bailes.
Una verdadera desconexión.
No existían citas o cenas
hermetizados en su mundo digital.
Esa ausencia de red social,
nos acercaba aún más.
¡Qué tiempos tan simples!
entraba a mi casa sin sillones,
únicamente habían sillas.
Mi mamá nos mandaba a bañarnos
antes de dormir.
No quería hacerlo,
no había agua caliente,
aunque ella nos ayudaba,
nos colocaba en un recipiente de plástico rojo
y nos tiraba agua tibia,
sin embargo, nosotras tiritábamos de frío
a la espera del siguiente chorro.
Me acordaba de amigas que tenían agua caliente y
las recordaba siempre en ese momento.
Nos secaba y nos acostábamos,
y yo con mi nictofobia.
Trataba de cambiar las imágenes de mi cabeza
Para conciliar el sueño.
Despertaba con pesadillas a mitad de la noche,
con gritos de sueños horríficos que no recuerdo ninguno.
Mis protectores me iban a buscar y me llevaban en brazos,
dejando a mi hermana sola,
con todas las memorias de mis gritos y palabras,
permaneciendo sus ojos abiertos toda la noche,
porque nadie pensó en protegerla a ella.
Nuestra época era más simple,
no había más opción que salir a jugar o leer.
La televisión era limitada y
había que cambiar de canal en forma manual.
Pareciese que todo eso fuese más real.
Agradezco haber vivido entre épocas muy distintas.
Nosotros valoramos muchas cosas
que los de ahora no,
porque no lo vivieron.
Agradezco haber jugado hasta tener
los pies demasiado sucios,
que mis sandalias se resbalaban por la tierra.
Agradezco haberme juntado con alguien,
confiando en que iba a llegar,
sin tener que asegurarme o monitorizar
el proceso de llegada.
Agradezco que se esforzaban más que antes.
Recuerdo cuando se arriesgaban en visitarme
y si no estaba se tenían que devolver,
el riesgo estaba solo por las ganas de verme.
Y cuando venía alguien a verme, sin aviso,
porque no había como hacerlo,
verdaderamente era una sorpresa.
Alcancé a recibir y mandar cartas, pocas postales.
Una noche estaba muy deprimida,
tengo estancado ese momento.
Me sentía muy sola,
encerrada en mi tremenda pseudo habitación,
escribiendo poemas,
sobre la soledad que invadía en esos días.
Acostumbraba a planificar el deprimirme.
Para luego llegaron mis amigas,
sacándome de ese hoyo momentáneo y plañidero.
Sin previo aviso, fue lo mejor.
Valoro paseos sin mirar pantallas,
únicamente se llenaban los silencios incómodos,
mirándonos las caras o diciendo algún chiste.
Teníamos que entretenernos con juegos,
canciones, fogatas, bailes.
Una verdadera desconexión.
No existían citas o cenas
hermetizados en su mundo digital.
Esa ausencia de red social,
nos acercaba aún más.
¡Qué tiempos tan simples!