sara0305
Poeta fiel al portal
Preguntaste de qué color era el cielo cuando se echaba a llorar, fijando tus párpados en las gotas de lluvia lascivas de tu pecho. No me animé a contestarte, temí romper el encanto de colores serpenteantes, brillantes o con cara de muerto que seguramente en tu mente como arcoíris se formaron.
Luego, nos tomamos de la mano, la tuya encima de la mía, y sin decir más nos fuimos caminando por la ladera de rosas muertas a nuestros pasos. El viento movía tu cabellera de ondas infinitas, a ratos los mechones te caían en el rostro, aumentando la tristeza que ese día ultrajaba tu pecho.
Nos acostamos junto al árbol que creías era tu madre muerta, en vida ella siempre había comentado que reencarnaría en la senectud de otra existencia. Te arrullaste en mi cuerpo, puse mi brazo debajo de tu cabeza, me apretaste con tu muslo dorado y de nuevo te perdiste entre las sombras.
Hueles a vainilla me dijiste, exhalando de mi cuello con gesto desganado. Me gustaba cambiar de perfume cada día, así era divertido verte adivinar que esencia disfrazaba mi aroma natural. Claro que para hacerlo, tenía que pedirles a todas mis amigas un poco de la suya.
Acaricié tus mejillas para amortiguar la pena que poco a poco se amontonaban en ellas, tarareé tu canción favorita y disgustada me pediste que callara. Comprendí que tu abatimiento era originada no por la falta de almendras en el helado ni por la negativa de tu padre a que tatúes tu tobillo con una mariposa. No, el motivo era otro, seguramente esos problemas que pensabas iban en contra de todo lo que considerabas certero e inacabable.
¿Qué te pasa? Te pregunte mientras acariciaba apenas con mis yemas a tu rodilla.
Tus labios temblaron conteniendo la eclosión de la amapola en tu garganta. Luego en una vuelta rápida te colocaste encima de mí, me viste directamente a los ojos y susurraste en mi oreja
No es el conflicto de Lolita lo que ahora me inquieta, ni sus caderas desfilando en las visiones trastornadas de Nabokov, es el amor de Safo de Lesbos que como infierno vislumbro en tu boca.
Una mariposa de alas turquesas pasó por nuestro lado, mientras en mi pecho sentía nacer una nueva adoración.
Luego, nos tomamos de la mano, la tuya encima de la mía, y sin decir más nos fuimos caminando por la ladera de rosas muertas a nuestros pasos. El viento movía tu cabellera de ondas infinitas, a ratos los mechones te caían en el rostro, aumentando la tristeza que ese día ultrajaba tu pecho.
Nos acostamos junto al árbol que creías era tu madre muerta, en vida ella siempre había comentado que reencarnaría en la senectud de otra existencia. Te arrullaste en mi cuerpo, puse mi brazo debajo de tu cabeza, me apretaste con tu muslo dorado y de nuevo te perdiste entre las sombras.
Hueles a vainilla me dijiste, exhalando de mi cuello con gesto desganado. Me gustaba cambiar de perfume cada día, así era divertido verte adivinar que esencia disfrazaba mi aroma natural. Claro que para hacerlo, tenía que pedirles a todas mis amigas un poco de la suya.
Acaricié tus mejillas para amortiguar la pena que poco a poco se amontonaban en ellas, tarareé tu canción favorita y disgustada me pediste que callara. Comprendí que tu abatimiento era originada no por la falta de almendras en el helado ni por la negativa de tu padre a que tatúes tu tobillo con una mariposa. No, el motivo era otro, seguramente esos problemas que pensabas iban en contra de todo lo que considerabas certero e inacabable.
¿Qué te pasa? Te pregunte mientras acariciaba apenas con mis yemas a tu rodilla.
Tus labios temblaron conteniendo la eclosión de la amapola en tu garganta. Luego en una vuelta rápida te colocaste encima de mí, me viste directamente a los ojos y susurraste en mi oreja
No es el conflicto de Lolita lo que ahora me inquieta, ni sus caderas desfilando en las visiones trastornadas de Nabokov, es el amor de Safo de Lesbos que como infierno vislumbro en tu boca.
Una mariposa de alas turquesas pasó por nuestro lado, mientras en mi pecho sentía nacer una nueva adoración.