Orfelunio
Poeta veterano en el portal
Al caer la tarde
Los trenes, señalando las distancias, se adoptaron como sueños del tiempo a la incomprensible voluntad que figura en la dulce almohada de las escamas perdidas. Despertando, acompaña el silencio, las fresas que devuelve la noche son retorno de frescas mejillas. Cubre el campo de un desierto el itinerario de un reloj sin encender la cerilla. Dentro de un libro se levanta la esperanza, y la rayita de luz que sufre el remedio de la existencia, ínfima saborea los instantes de la alcoba para dormirse nuevamente a la sensibilidad del esfuerzo. La borrosa y primitiva madeja, que la medianoche dejó figurada, desnuda, civilizada y pendiente, la certidumbre inmóvil que despierta al pensamiento. Los años y la memoria, que en imágenes abrigan, dan nombre a la morada que, lentamente y sin paredes perpetuas, cambian el escenario que vacila en el umbral de los tiempos. El lado del cristal se apoya en la orientación de una llama que refleja los corazones de mármol. La exactitud es figura puntual de un momento completo, lejano, que huye a la oscuridad dejando rastros de claros destinos. Se prolonga la cuenta de un paseo que, a los muchos años, regresa transcurridas las épocas de las vidrieras rojizas y los azules deseos. La luz de la luna, faro único de antaño, distingue los segundos olvidados que permutan en mañanas sucesivas. Los rinconcitos se acurrucan en largos resplandores que enfrían la noche tibia separando los cuartos estivales. Convencido del veneno hostil, desconocido para mí por la moral que chirría, la indiferencia del péndulo oscila extraño a la cruel ilusión de la plenitud del espejo. Disminuye la costumbre, habitada en las moradas de esclavitud, y la propia fuerza del alma se reduce al señorío que, disimulando la instalación precaria, logra, del ánimo acostado, sobreponerse a la ventana por donde entraron las tinieblas. En vano se abrió la puerta, y la presencia de la calle no hizo posible ni al bostezo. Me conocí sin avisarme y, lo que ellos me contaron, fueron mágicos intentos instalando lámparas al cuarto apagadas al caer la tarde.
Los trenes, señalando las distancias, se adoptaron como sueños del tiempo a la incomprensible voluntad que figura en la dulce almohada de las escamas perdidas. Despertando, acompaña el silencio, las fresas que devuelve la noche son retorno de frescas mejillas. Cubre el campo de un desierto el itinerario de un reloj sin encender la cerilla. Dentro de un libro se levanta la esperanza, y la rayita de luz que sufre el remedio de la existencia, ínfima saborea los instantes de la alcoba para dormirse nuevamente a la sensibilidad del esfuerzo. La borrosa y primitiva madeja, que la medianoche dejó figurada, desnuda, civilizada y pendiente, la certidumbre inmóvil que despierta al pensamiento. Los años y la memoria, que en imágenes abrigan, dan nombre a la morada que, lentamente y sin paredes perpetuas, cambian el escenario que vacila en el umbral de los tiempos. El lado del cristal se apoya en la orientación de una llama que refleja los corazones de mármol. La exactitud es figura puntual de un momento completo, lejano, que huye a la oscuridad dejando rastros de claros destinos. Se prolonga la cuenta de un paseo que, a los muchos años, regresa transcurridas las épocas de las vidrieras rojizas y los azules deseos. La luz de la luna, faro único de antaño, distingue los segundos olvidados que permutan en mañanas sucesivas. Los rinconcitos se acurrucan en largos resplandores que enfrían la noche tibia separando los cuartos estivales. Convencido del veneno hostil, desconocido para mí por la moral que chirría, la indiferencia del péndulo oscila extraño a la cruel ilusión de la plenitud del espejo. Disminuye la costumbre, habitada en las moradas de esclavitud, y la propia fuerza del alma se reduce al señorío que, disimulando la instalación precaria, logra, del ánimo acostado, sobreponerse a la ventana por donde entraron las tinieblas. En vano se abrió la puerta, y la presencia de la calle no hizo posible ni al bostezo. Me conocí sin avisarme y, lo que ellos me contaron, fueron mágicos intentos instalando lámparas al cuarto apagadas al caer la tarde.
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