Al calor del líquido

Ricardo López Castro

*Deuteronómico*
La humedad no vive en las paredes.
El hombre es un escalón para el hombre.
El hombre no tiene parecidos.
Dentro de sí no cabe de gozo.
Para entrar en sí mismo, su sed debe ser igual que la de un pozo.
Profunda, oscura, estrecha, única.
El pozo no observa la luna.
La luna es el reflejo del hombre.
La noche se lleva el día a otra noche que son las estrellas más lejanas.
El agua rebota en la garganta.
La cascada bucea y sumerge la aventura.
El propio agua sale a bocanadas.
El aliento del río en los peces, llega hasta la boca del hombre.
En un vaso de agua, apenas unas pocas burbujas, al caer el agua sobre sí misma.
El agua es irrompible.
Respeta cualquier recipiente.
Pero la humedad no vive en las paredes.
El hombre es el recorrido del agua.
El agua solo rompe en sí misma.
Extingue el fuego.
Humedece la tierra.
Alienta y se alienta del aire.
El hombre es como el agua, o como la tinta.
El poeta sabe que su sed siempre es distinta.
La humedad no vive en las paredes.
Se la lleva un beso para darle color a lo que ven los ojos, encima de una boca saciada y rendida.
El punto romántico del agua entra por las costillas.
Como una fortaleza, el hombre abre sus puertas a los víveres.
Víveres del espíritu.
El hombre es el beso que no tiene escapatoria.
El poeta es el verso que se lleva toda la gloria.
 
¿ Qué decir ? Este poema es como el agua mineral embotellada. Es fresco y elegante.
Y prometedor. Como ese aguador del signo de Acuario.
¿ Qué será todo ese mejunje ? Ese líquido que vierte, sobre los vasos.
 

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