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Al sonero mayor

hank

Poeta recién llegado
Hoy vi unos ojos alegres
que ni la fama ni la soledad
pudieron acribillar.
Las palabras cantadas,
la improvisación de sonidos frescos,
de resignaciones del tormento.
Cantos desde lo más abajo del mundo
donde se cosen a punta de fuego y de hierro
las vidas de los hombres, de los hombres pobres.
Donde la calle pesa más que la escuela,
donde la jerga de la voz del asfalto
se concreta en nuevas proporciones
y se sobrepone a la melodía acartonada
de los dueños del buen gusto y el caché.
Así vino Maelo desde las profundidades
del Caribe, de las olas del mar turquesa,
de las gaviotas que agitan con sus alas
el vuelo de los hijos de la tierra mojada.
Surcó con su voz por océanos de plenas y de bombas
dejando en cada esquina y sobre el tablado
de una playa caliente en una isla encantada
la indomable brisa de su canto espontáneo:
el wawancó y los tambores ancestrales
en sublime conjunción con los metales.
Su aparición era una danza del placer
la soltura de los huesos en plena cadencia
con la garganta atormentada por las palabras,
las venas hinchadas por la sangre
por el líquido vital que se arma con las notas
una sinfonía de olas besando la arena.
Improvisó Maelo en las tablas y en la vida real
descifró entre las noches de palmeras ebrias
las taimadas maravillas del amor y la riqueza,
de la grandeza que el poder sobre los demás
obnubila la razón y la conciencia en los hombres.
Vivió en carne propia la pena de los zapatos rotos,
la congoja de la camisa prestada para la fiesta
y para la primera presentación en el barrio.
Conoció de cerca el olor de la muerte
y la rancia soledad de una libertad perdida.
Temblaban las palmeras cuando la voz de Maelo
traspasaba las barreras de una sociedad segregada,
mutilada por la miserable opulencia de unos cuantos
en la propia cara de la miseria de muchedumbres
que hipnotizadas por su canto olvidaban
a punta de tardes de sol y de bailes ardientes
la pesada carga de la decadencia humana.
Con su voz armaron espacios propios de deleite
emergieron alegremente con naturalidad
con la fuerza genética del llamado de los tambores
el rucutuflá cuflá del cuero y la piel juntas
retumbando en la negra noche africana.
Inmortalizó el canto de Maelo a la isla
el sello de sus hijos bañados por cálidas
mareas verdes y azules y blancas también
quedó plasmado en el horizonte rojo
de un sol antillano que forjó el son boricua.
Un canto de felicidad que se esparció
por las galaxias selváticas y los montes cósmicos
mil lenguas cantaron su canto y mil voces
repitieron la potencia inquebrantable de su voz,
coros planetarios vertieron al unísono
una cascada de murmullos y de suspiros
un sinfín de alentadoras y frenéticas risas.
Réplicas de “componte” de “ecuajey”
de “recoge, ya te dije que te vas”
de “suelta” de “quema -juega”
de “avemaría títere ¡qué breique!”
de “aprieta el cuero” de “suena-sonero”
de “echa caldo ahí” de “wuepa-negra”
de “bituquila-quilimbin” de “jaja-jaja”
de “nomedestorturachina”.
La memoria guarda en el fondo de la playa
una fusión de hombre-dios-demonio
con las tumbas, con los nazarenos,
con las bembas gigantes y las caras lindas
con el Combo de Cortijo y las Estrellas Fania,
con las rosas olorosas y unos ojos alegres
cuyas pupilas brillaban al cantar.
 
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