R0ME0
Poeta recién llegado
Anoche me desperte abruptamente,
ma ardía bajo los calzones, nunca sentí un ardor semejante.
Fui corriendo hasta el baño y encendí la luz,
bajé los calzones, descubriendo mi piel al rojo vivo.
Entre los alambres de mis huevos surgieron dos insectos,
como dos exploradores de un nuevo mundo,
molestos por la luz a media noche,
reclamando sus derechos.
En mi cabeza el corazón del sueño daba vueltas intentando recordar
cómo llegaron mis nuevos inquilinos casi sin avisar.
Recordé las risas, el vino y la habitación de luces rojas.
Seguramente vivían felices en aquel colchón de muelles
hasta que yo les importuné con mi traqueteo,
entonces treparon por mis piernas y buscaron aquí cobijo.
Aquellos dos diminutos seres que mordían mis partes nobles,
que absorbían sin agravio el nectar rojo de mis venas,
eran a todas luces seres de bien,
más civilizados que cualquier sociedad moderna,
eran honestos y más trabajadores que mi abogado,
más cordiales y dispuestos al dialogo que cualquier asamblea de trabajadores,
más humildes y serviciales que un funcionario de la administración en horario de atención al público.
Sentado sobre el bidé pensé en lo afortunado que era de compartir
aquel momento con mis pequeños colonizadores
que se habían hecho fuertes aquella noche entre mis muslos.
Sacaron de mi cabeza retales de recuerdos bonitos con los que había cosido mi coraza
que hoy blandía vieja, oxidada y torcida por el transcurrir del tiempo
como el reflejo incómodo en el espejo del que comienza su lento vagar hacia la decrepitud.
Sentí y pensé adentro en la alegría de vivir cuando estabas cerca de mi,
busqué pero nunca logré volver a encontrar la manera de sentir,
sentí y pensé adentro qué es lo que había dentro de mí.
Dos rosas rosas rojas colgaban boca abajo sobre mi alcoba vacía,
Marchitas y lánguidas como las piernas de un ahorcado.
Mis dos amigos saltaron y se perdieron para siempre entre los pétalos.
Ahora siento y pienso adentro
alegría de vivir.
ma ardía bajo los calzones, nunca sentí un ardor semejante.
Fui corriendo hasta el baño y encendí la luz,
bajé los calzones, descubriendo mi piel al rojo vivo.
Entre los alambres de mis huevos surgieron dos insectos,
como dos exploradores de un nuevo mundo,
molestos por la luz a media noche,
reclamando sus derechos.
En mi cabeza el corazón del sueño daba vueltas intentando recordar
cómo llegaron mis nuevos inquilinos casi sin avisar.
Recordé las risas, el vino y la habitación de luces rojas.
Seguramente vivían felices en aquel colchón de muelles
hasta que yo les importuné con mi traqueteo,
entonces treparon por mis piernas y buscaron aquí cobijo.
Aquellos dos diminutos seres que mordían mis partes nobles,
que absorbían sin agravio el nectar rojo de mis venas,
eran a todas luces seres de bien,
más civilizados que cualquier sociedad moderna,
eran honestos y más trabajadores que mi abogado,
más cordiales y dispuestos al dialogo que cualquier asamblea de trabajadores,
más humildes y serviciales que un funcionario de la administración en horario de atención al público.
Sentado sobre el bidé pensé en lo afortunado que era de compartir
aquel momento con mis pequeños colonizadores
que se habían hecho fuertes aquella noche entre mis muslos.
Sacaron de mi cabeza retales de recuerdos bonitos con los que había cosido mi coraza
que hoy blandía vieja, oxidada y torcida por el transcurrir del tiempo
como el reflejo incómodo en el espejo del que comienza su lento vagar hacia la decrepitud.
Sentí y pensé adentro en la alegría de vivir cuando estabas cerca de mi,
busqué pero nunca logré volver a encontrar la manera de sentir,
sentí y pensé adentro qué es lo que había dentro de mí.
Dos rosas rosas rojas colgaban boca abajo sobre mi alcoba vacía,
Marchitas y lánguidas como las piernas de un ahorcado.
Mis dos amigos saltaron y se perdieron para siempre entre los pétalos.
Ahora siento y pienso adentro
alegría de vivir.
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