BEN.
Poeta que considera el portal su segunda casa
Tú, que huiste como un criminal,
a altas horas de la noche, como una
calavera estrictamente desahuciada,
de aquella balaustrada infame, de aquella
ciudadela insomne, donde habitaban
más basuras por centímetro cuadrado
que personas, que personas también
rigurosamente dormidas o adormecidas,
casi instantáneamente fosilizadas por el
hueso de la brisa ante sus ojos, fogonazos
de idiotez, mágicamente, de derrumbe en
derrumbe, de esclavitud en esclavitud,
de femeninas bellezas, esquilmado, diezmado
tú, dando tumbos, por el agua encenizada de
las vigilias estériles, ahora, quieres recuperar
tu fe? Oh, sorpresa es tu vida ahora; recuerdo
cuando transitabas los palacios de invierno con luz
siempre en las ventanas y en los iluminados terraplenes,
buscando la enésima carbonización de tus pulmones:
recuerdo cuando armonizabas detalles con las aves
de tu infancia- dos, tres, cuatro arbustos, el boj sucinto,
espacios llenos de lluvia apelmazada, tu boca,
un abismo de silencio-, o cuando desteñías
las banderas con sigilo de ateo desvestido hasta
las entrañas: mirabas, sí, de reojo, los labios robustos
de las muchachas, sus cintas sobre el agua, el hielo
que cubría el cadáver de tu hermetismo: oh, profesión,
cuerpo carbonizado, atestado de muerte.
Entonces, vienes, aquí, con tus ronchas y tus lapidarios
versos, y pretendes, tras tanto, retomar
la virtud de tus brazos, la esencia de tu mineral
inútilmente desperdigado?
Poco queda del que fuiste; hiérete
la saliva, procrea tu fuego inútil, destruye:
las alimañas saben mejor que tú.
©
a altas horas de la noche, como una
calavera estrictamente desahuciada,
de aquella balaustrada infame, de aquella
ciudadela insomne, donde habitaban
más basuras por centímetro cuadrado
que personas, que personas también
rigurosamente dormidas o adormecidas,
casi instantáneamente fosilizadas por el
hueso de la brisa ante sus ojos, fogonazos
de idiotez, mágicamente, de derrumbe en
derrumbe, de esclavitud en esclavitud,
de femeninas bellezas, esquilmado, diezmado
tú, dando tumbos, por el agua encenizada de
las vigilias estériles, ahora, quieres recuperar
tu fe? Oh, sorpresa es tu vida ahora; recuerdo
cuando transitabas los palacios de invierno con luz
siempre en las ventanas y en los iluminados terraplenes,
buscando la enésima carbonización de tus pulmones:
recuerdo cuando armonizabas detalles con las aves
de tu infancia- dos, tres, cuatro arbustos, el boj sucinto,
espacios llenos de lluvia apelmazada, tu boca,
un abismo de silencio-, o cuando desteñías
las banderas con sigilo de ateo desvestido hasta
las entrañas: mirabas, sí, de reojo, los labios robustos
de las muchachas, sus cintas sobre el agua, el hielo
que cubría el cadáver de tu hermetismo: oh, profesión,
cuerpo carbonizado, atestado de muerte.
Entonces, vienes, aquí, con tus ronchas y tus lapidarios
versos, y pretendes, tras tanto, retomar
la virtud de tus brazos, la esencia de tu mineral
inútilmente desperdigado?
Poco queda del que fuiste; hiérete
la saliva, procrea tu fuego inútil, destruye:
las alimañas saben mejor que tú.
©