Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
Ámame como al principio,
cuando el temblor de tu voz era un relámpago en mi carne,
cuando tus dedos buscaban mi espalda
como quien aprende el abecedario de un mundo nuevo.
Ámame sin mapas, sin relojes,
como si no supiéramos todavía que el amor se desgasta,
como si el tiempo no tuviera la mala costumbre
de oxidar los besos.
Ámame como si aún no supieras mi nombre completo,
como si cada letra fuera un misterio que se desnuda
en el centro de tu boca.
Ámame con la torpeza hermosa del que empieza a querer,
como se quiere por primera vez,
con miedo, con vértigo, con fe ciega en lo imposible.
Mírame como antes,
cuando bastaba que respiraras para que yo creyera en Dios,
cuando tus silencios eran promesas
y no paredes.
No me ames con la costumbre del que ya se sabe el final,
ámame como se aman los incendios,
con la urgencia del que arde aunque sepa que va a doler.
Ámame con la melancolía que gotea desde los huesos,
y con la ternura rabiosa que grita desde el pecho.
Ámame como se ama el último sorbo de vino,
como se ama un recuerdo que no quiere marcharse.
Ámame así,
como al principio,
cuando el amor aún era milagro
y no rutina.
Cuando yo era promesa
y tú, el milagro.
cuando el temblor de tu voz era un relámpago en mi carne,
cuando tus dedos buscaban mi espalda
como quien aprende el abecedario de un mundo nuevo.
Ámame sin mapas, sin relojes,
como si no supiéramos todavía que el amor se desgasta,
como si el tiempo no tuviera la mala costumbre
de oxidar los besos.
Ámame como si aún no supieras mi nombre completo,
como si cada letra fuera un misterio que se desnuda
en el centro de tu boca.
Ámame con la torpeza hermosa del que empieza a querer,
como se quiere por primera vez,
con miedo, con vértigo, con fe ciega en lo imposible.
Mírame como antes,
cuando bastaba que respiraras para que yo creyera en Dios,
cuando tus silencios eran promesas
y no paredes.
No me ames con la costumbre del que ya se sabe el final,
ámame como se aman los incendios,
con la urgencia del que arde aunque sepa que va a doler.
Ámame con la melancolía que gotea desde los huesos,
y con la ternura rabiosa que grita desde el pecho.
Ámame como se ama el último sorbo de vino,
como se ama un recuerdo que no quiere marcharse.
Ámame así,
como al principio,
cuando el amor aún era milagro
y no rutina.
Cuando yo era promesa
y tú, el milagro.